La psicóloga Ángela Esteban alerta contra la cultura de las jornadas interminables y advierte que, cuando el trabajo lo ocupa todo, la salud es la que se resiente

La epidemia silenciosa del trabajo interminable

La cultura de ‘calentar silla’, asociada a interminables jornadas laborales, se ha convertido en España en una práctica cada vez más extendida que dificulta la necesaria desconexión del trabajo. Ángela Esteban, psicóloga especializada en bienestar laboral, advierte que “más horas no significan más rendimiento; sin descanso, el cuerpo y la mente se agotan”. Su último libro, No heredarás la empresa (ed. Bruguera), cuestiona el mito del sacrificio y propone una nueva mirada sobre el éxito profesional.

Por Rafael Olea

24/03/2026
Ilustración simbólica sobre la sobrecarga laboral.

Ángela Esteban, psicóloga especializada en bienestar laboral, acaba de publicar el libro No heredarás la empresa (ed. Bruguera), donde analiza cómo la cultura del presentismo y la hiperconexión nos empuja al agotamiento. “No se trata de falta de ambición”, afirma, “sino de entender que la vida no puede reducirse al rendimiento laboral. Necesitamos recuperar el equilibrio y aprender a poner límites antes de que la salud pague el precio”.

- Vivimos en una cultura donde “estar ocupado” parece sinónimo de éxito. ¿Por qué –en muchos casos– se normalizan jornadas interminables y correos fuera de horario?

Porque desde pequeños, y durante años, hemos aprendido que el valor personal se mide por cuánto hacemos y cómo aguantamos. Estar siempre produciendo se ha convertido en una especie de “premio”: cuanto más ocupados y cansados estemos, más “valorables” parecemos.

Si a esto sumamos que la tecnología nos mantiene conectados todo el tiempo y los teléfonos de empresa son un añadido cada vez más frecuente, ahora los correos y mensajes laborales pueden aparecer en cualquier momento. De esta manera, contestar los correos de noche o alargar jornadas deja de parecer algo “excepcional” y pasa a vivirse como “lo esperable”.

Además, el refuerzo positivo social es otro factor importante y muy presente a la hora de normalizar las jornadas interminables y los correos fuera del horario. Por lo general, cuando alguien alarga su jornada o sale más tarde, suele recibir comentarios halagadores (“No sé qué haríamos sin ti”, “Eres muy profesional”...), lo que refuerza y mantiene este tipo de conductas.

- ¿Por qué cuesta tanto desconectar del trabajo en España? ¿Qué impacto tiene eso en nuestra salud?

En España arrastramos una cultura muy marcada por el presentismo y por el miedo a parecer “poco implicados o capaces”. Muchas personas sienten que desconectar es “una pérdida de tiempo” o “una señal de vaguería”. Nos hemos acostumbrado a estar constantemente produciendo y haciendo y, de esta manera, la desconexión y el descanso pueden verse como nuestros mayores enemigos.

“Una de las primeras señales es la dificultad para desconectar, sobre todo cuando la jornada laboral ya ha terminado”

Así, la desconexión, en lugar de verse como algo sano y necesario, se vive muchas veces como un riesgo. Pero pasar más horas trabajando sin pausa, no implica necesariamente rendir mejor, puesto que la atención y el rendimiento decaen con el tiempo y necesitamos descansar. Porque, si no desconectamos, el cuerpo se mantiene en un estado de alerta constante y esto acaba pasando factura. Pueden aparecer: dificultades para dormir, una sensación de cansancio que no se va, desmotivación, irritabilidad, problemas de concentración, apatía, ansiedad... Pero no solo tiene consecuencias en nuestra salud mental, sino también en la física. Pueden aparecer, entre otros síntomas, dolores, tensión muscular o problemas digestivos.

Ángela Esteban con su libro 'No vas a heredar la empresa'

- Habla del burnout. ¿Qué es y cómo nos afecta?

El burnout es el resultado de un estrés laboral mantenido en el tiempo, sin cambios ni mejorías, que desgasta a un nivel de energía muy alto que no llega a reponerse. Pero no es únicamente “un cansancio”, es un agotamiento profundo que afecta a la mente y al cuerpo. De esta manera, acaba influyendo negativamente en nosotros y en nuestra relación con el trabajo: en el rendimiento, en la motivación, en la concentración, en las relaciones, en el sentido laboral...

Sin embargo, aunque el burnout se origina en el ámbito laboral, este se acaba extendiendo más allá y también termina afectando al resto de nuestras áreas: podemos estar más irritables con el resto de nuestras relaciones, realizar menos ocio social, abandonar ciertas rutinas, actividades o aficiones, acumular más tareas u obligaciones sin realizar en nuestra vida diaria... En resumen, muchas personas sienten que “ya no son las mismas” y se sienten como robots que hacen las cosas más por inercia que por sentido.

- ¿Cuáles son las señales de alarma para prevenirlo antes de llegar al límite?

Las señales de alarma suelen aparecer mucho antes de que el cuerpo y la mente “se quemen”, pero el problema es que estamos muy acostumbrados a convivir con ellas o a ignorarlas. Al vivir en una cultura que normaliza el cansancio y el estrés, solemos ver esas señales como parte de nuestro día a día. Pero el burnout no llega de golpe, los síntomas van apareciendo poco a poco.

Una de las primeras señales es la dificultad para desconectar, sobre todo cuando la jornada laboral ya ha terminado. Podemos seguir pensando constantemente en tareas pendientes, revisando el correo fuera del horario o, simplemente, somos incapaces de descansar cuando lo intentamos.

“Trabajar más horas no implica rendir mejor: la hiperconexión y el presentismo empujan al agotamiento y al deterioro de la salud”

Cuando el descanso empieza a generar culpa o la idea de que “deberíamos estar haciendo algo más”, tenemos una clara señal de sobrecarga.

Otras señales importantes son las siguientes: un cansancio persistente que no se va ni durmiendo ni descansando, la pérdida de motivación en cosas que antes resultaban estimulantes, la sensación de estar emocionalmente “apagados”, la falta de conexión con lo que se hace o con quienes nos rodean, la sensación de vacío o de desánimo...

Escuchar estas señales a tiempo permite hacer ajustes antes de llegar al límite. Porque el burnout no se previene aguantando más, sino aprendiendo a parar, a poner límites y a cuidar los recursos internos antes de que estos se agoten.

- ¿Qué responsabilidad tienen las empresas en la salud mental de sus empleados?

Tienen una gran responsabilidad, ya que sus trabajadores no pueden cuidarse si el entorno no lo permite. Las empresas influyen en la carga de trabajo, los horarios, la cultura de la disponibilidad y el clima laboral, entre otros factores. Pero no basta con ofrecer charlas o recursos puntuales si luego el día a día empuja al agotamiento.

Ángela Estaban

Y, en este sentido, cuidar la salud mental de los trabajadores implica crear entornos sostenibles: respetar los tiempos de descanso, permitir la desconexión real, prevenir la sobrecarga, fomentar una comunicación clara y humana... Porque los trabajadores son personas, no recursos infinitos.

Cuando una empresa cuida estos aspectos, no solo protege a sus empleados, también reduce el absentismo, mejora el clima laboral, favorece un compromiso más sano y duradero y mejora el rendimiento a largo plazo.

- ¿Qué hábitos podemos incorporar en nuestro día a día para sobrevivir y evitar oír que ‘no vamos a heredar la empresa’?

Uno de los hábitos más importantes es aprender a poner límites, tanto externos como internos. Por ejemplo: respetar los horarios laborales al terminar, desconectar cuando acaba la jornada, invertir tiempo en el resto de nuestras áreas, revisar la manera en la que nos hablamos y nuestro nivel de exigencia, etc. Sin embargo, también es fundamental revisar nuestra relación con el descanso, pues no es un “premio” que hay que ganarse, sino una necesidad básica y la raíz de nuestro bienestar.

Otro hábito fundamental es escuchar las señales del cuerpo y de la mente antes de que estas se conviertan en alarma. Por ejemplo: parar cuando aparece el cansancio, permitirse bajar el ritmo, analizar y diferenciar entre tareas urgentes y no urgentes (las que se pueden posponer o aplazar), recuperar y dedicar tiempo a áreas personales fuera del trabajo para que no todo sea “rendimiento”, etc.

En general, saber identificar cuándo estamos con la batería en rojo es clave para tener claro que, en esos momentos, necesitamos hacer algo para recargarla: apoyo social, ocio, descanso, aficiones, gestión de la ansiedad o de los pensamientos, etc. Además, también es necesario empezar a cuestionar la idea de que siempre debemos poder con todo. Pues reconocer que somos humanos y que no todo depende del esfuerzo individual, alivia mucho la presión interna.

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