Un recorrido por el origen del virus, su impacto humano y social, la carrera científica por las vacunas y las secuelas que aún perduran

Cinco años del confinamiento por la pandemia de covid

El confinamiento por la pandemia de covid-19, decretado el 15 de marzo de 2020, continúa siendo uno de los mayores desafíos sanitarios, sociales y económicos de nuestro tiempo. Aquel brote surgido en Wuhan a finales de 2019 originó una crisis global que paralizó el mundo, reveló la fragilidad de los sistemas sanitarios, alteró la vida diaria de millones de personas y dejó casi siete millones de fallecidos en todo el planeta (120.000 en España, según la OMS).

Por Rafael Olea

13/03/2026
Covid-19: se cumplen cinco años desde el confinamiento.

Después de aquel 15 de marzo de 2020, España amaneció en un silencio que no se parecía a ningún otro. Las calles quedaron suspendidas, como si la ciudad hubiera dejado de respirar. Los colegios no abrieron, el tráfico desapareció y millones de personas escucharon, desde sus casas, un mensaje que ya intuían: España quedaba oficialmente confinada.

Aquel anuncio marcó un antes y un después, una grieta profunda que atravesó a toda una generación. Cinco años después, todavía cuesta abarcar la dimensión de lo que ocurrió y comprender cómo algo tan diminuto como un virus fue capaz de frenar al planeta.

La Gran Vía madrileña, durante el confinamiento.
La Gran Vía madrileña, durante el confinamiento.

La pandemia comenzó a finales de 2019, cuando en Wuhan —una ciudad de once millones de habitantes que hasta entonces apenas aparecía en el imaginario occidental— empezaron a detectarse casos de una neumonía extraña.

La mayoría estaban vinculados al mercado de animales vivos de Huanan, un enjambre de jaulas superpuestas donde murciélagos, pangolines, serpientes, perros mapaches y otras especies convivían hacinadas bajo luces frías y una humedad constante, y donde eran sacrificados y despiezados. Allí, entre un trasiego de compradores y vendedores, el virus encontró su primera autopista abierta para saltar, desde una especie todavía no identificada, a los humanos.

Según reconstruyó la revista Science, una vendedora de camarones de 57 años, Wei Guixian, comenzó a sentirse mal el 10 de diciembre de 2019. Seis días después ingresó en el hospital. Durante un tiempo se pensó que ella podía ser la primera contagiada, aunque más tarde quedó claro que el virus llevaba semanas circulando. Lo indiscutible es que diez de los primeros diecinueve casos confirmados estaban relacionados con aquel mercado, cuyo estado de insalubridad quedó documentado poco después.

Animales sacrificados en un mercado chino como el de Wuhan.
Animales sacrificados en un mercado chino como el de Wuhan.

El 30 de diciembre, las autoridades de Wuhan lanzaron avisos de emergencia a los hospitales ante la llegada de pacientes con neumonías sin causa conocida. Se sospechó inicialmente de un rebrote del SARS, pero la secuenciación genética confirmó que se trataba de un coronavirus distinto. El Comité Internacional de Taxonomía de Virus lo bautizó como SARS‑CoV‑2, y poco después la Organización Mundial de la Salud (OMS) le dio al mundo un nuevo término que no tardaríamos en aprender de memoria: covid‑19 (acrónimo de Coronavirus Disease, enfermedad por coronavirus, acompañado del año en que se detectó, 2019)

A finales de enero de 2020, China cerró por completo Wuhan. Carreteras cortadas, estaciones bloqueadas, aeropuertos clausurados. Las imágenes de ciudadanos intentando abandonar la ciudad mientras se levantaban barreras policiales recorrieron los informativos internacionales.

Serpientes y otros animales para consumo humano en un mercado asiático.
Serpientes y otros animales para consumo humano en un mercado asiático.

Era el prólogo silencioso de la primera gran pandemia del siglo XXI. Cinco años después, la OMS cifra en casi siete millones las muertes causadas en todo el mundo; 120.000 corresponden a España. A ello, hay que sumar el impacto que produjo, y las secuelas que dejó a muchos supervivientes.

Europa se creía a salvo

Aun así, durante semanas mientras se informaba de que en China comenzaba esta pandemia, en buena parte de Europa se vivió con la sensación de que aquello era un problema ajeno. Desde España, Wuhan parecía tan lejana como una ciudad ficticia. Ni siquiera el estallido en Italia, que decretó el confinamiento nacional el 9 de marzo de 2020, bastó para activar todas las alarmas.

En enero y febrero en España se mantuvieron partidos de fútbol, mítines, congresos y manifestaciones multitudinarias. Incluso, miembros del Gobierno y del resto de fuerzas políticas participaban en masivas manifestaciones con motivo del 8-M. El virus avanzaba, pero se miraba para otro lado. Para la posteridad quedaron aquellas palabras del coordinador de Emergencias Sanidad, Fernando Simón, cuando dijo "España no va a tener, como mucho, mas allá de algún caso diagnosticado".

Los primeros casos confirmados en nuestro país tampoco lograron cambiar esa percepción de irrealidad: un turista alemán en La Gomera el 31 de enero, otro positivo en Mallorca el 9 de febrero… Pero el 26 de ese mismo mes apareció el primer contagio autóctono, en Sevilla: Miguel Ángel Benítez, el llamado paciente cero español.

A partir de ahí, la curva se volvió una pared. Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana empezaron a registrar un crecimiento explosivo de contagios. Las UCI comenzaron a saturarse, a colapsarse. Se acababan los materiales y . Y las residencias de mayores, invisibles durante años, se convirtieron en uno de los lugares más castigados.

El Gobierno confinó España

El sábado 14 de marzo, a las ocho de la tarde, todo el país contuvo la respiración frente a la televisión. Pedro Sánchez anunció el estado de alarma y el confinamiento domiciliario. Era el comienzo del encierro más estricto que había vivido la España democrática.

Lo que llegó entonces forma parte ya de nuestra memoria reciente: hospitales desbordados; sanitarios trabajando hasta la extenuación, improvisando equipos de protección con bolsas de basura y máscaras de buceo; pacientes esperando horas en pasillos abarrotados; familiares que no pudieron despedirse de sus seres queridos... A las ocho de la tarde, cada día, los balcones se llenaban de aplausos que eran un desahogo colectivo y, al mismo tiempo, una forma de sostener lo insostenible.

Cuatro años después, la doctora Ana Fernández‑Sesma, directora del Departamento de Microbiología de la Facultad de Medicina del Monte Sinaí en Nueva York, explicó a Perfiles cómo nos habíamos olvidado de la salud pública. Describía lo vivido como "una bofetada de realidad, al descubrir que somos más vulnerables de lo que pensábamos", pues "nos ha demostrado que estamos en un planeta donde no estamos solos, en el que convivimos con pequeños virus y bacterias de los cuales mucha gente parecía haberse olvidado.

La Puerta del Sol de Madrid, durante el confinamiento.
La Puerta del Sol de Madrid, durante el confinamiento.

"Los virólogos siempre decíamos que iba a haber otra pandemia", advertía la científica española. "No la habíamos vivido, pero sabíamos que era bastante probable que hubiera una durante nuestra vida. Lo que no percibíamos era que podría tener un impacto como el que ha tenido, por mucho que se advirtiera. La gente no se preparó lo suficiente porque no se creía que fuera tan seria. Parecía algo irreal. Esta fue una de las enseñanzas: cómo nos habíamos acomodado y cómo nos dimos cuenta de que realmente tendríamos que haber reaccionado antes y de una forma más igualitaria en todo el mundo", subrayó Fernández -Sesma. Advierte que no será la última pandemia que viva la humanidad.

Tras décadas de éxitos en vacunación y una falsa sensación de invulnerabilidad sanitaria, la pandemia contribuyó a revelar debilidades profundas en nuestros sistemas sanitarios o asistenciales. Y no todas se han corregido. Un informe del Ministerio de Sanidad estima que España necesitaría 100.000 enfermeras adicionales para equipararse a la media europea. El Consejo Económico y Social añadió que persisten problemas de coordinación entre administraciones y desigualdades regionales en el acceso a servicios esenciales.

Carrera para encontrar una vacuna contra el covid

Mientras los hospitales libraban una batalla diaria para salvar vidas, en los laboratorios de medio mundo se desarrollaba otra carrera silenciosa, menos visible pero igual de decisiva. encontrar una cura y una vacuna contra el coronavirus. Equipos científicos de universidades, centros de investigación y farmacéuticas avanzaban a una velocidad sin precedentes. Nunca antes en la historia moderna se había logrado desarrollar una vacuna en menos de un año, pero la magnitud de la emergencia global aceleró procesos que, en tiempos normales, hubieran requerido una década. Las tecnologías de ARN mensajero —hasta entonces experimentales— dieron un salto súbito al primer plano y abrieron un camino que cambiaría para siempre la investigación biomédica.

Araceli Hidalgo, primera vacunada en España. Foto: Pool Moncloa.
Araceli Hidalgo, primera vacunada en España. Foto: Pool Moncloa.

El 8 de diciembre de 2020, una mujer británica de 90 años, Margaret Keenan, recibió la primera dosis administrada fuera de un ensayo clínico. Fue un momento histórico que marcó el principio del fin de la fase más mortífera de la pandemia. En España, la primera vacunada fue Araceli Hidalgo, una residente de 96 años de Guadalajara, el 27 de diciembre de ese mismo año. Aquella imagen —una anciana con ojos tranquilos, arremangando el jersey para recibir una aguja que simbolizaba la esperanza— se convirtió en un símbolo nacional. Con el inicio de la vacunación masiva, la curva empezó a doblegarse, la letalidad descendió y el país comenzó a ver, por primera vez en muchos meses, una salida real al túnel.

Residencias, salud mental y fatiga pandémica

Si hubo un escenario especialmente desprotegido fueron las residencias. Cinco años después, las organizaciones sanitarias advierten que todavía hacen falta mejoras: falta personal sanitario propio, vigilancia epidemiológica y protocolos eficaces para prevenir nuevos brotes. La Plataforma de Mayores y Pensionistas insistió en la urgencia de reforzar la atención primaria en las residencias y garantizar que la población más vulnerable no quede desamparada ante futuras crisis.

Al mismo tiempo, el impacto de la pandemia en la salud mental fue enorme. El confinamiento —más de 90 días en España— supuso una ruptura sin precedentes en la vida social. La ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño y las dificultades de concentración se dispararon.

Durante los primeros meses de la pandemia, casi la mitad de la población experimentó algún tipo de alteración emocional significativa, y el 10,8% llegó a tener pensamientos suicidas, una cifra que se multiplicó especialmente entre jóvenes. Como explicó la psicóloga Mercedes Bermejo, la pandemia dejó secuelas intensas en la infancia y la adolescencia, etapas fundamentales para adquirir habilidades sociales y herramientas emocionales.

Pero también surgieron destellos luminosos: redes de apoyo vecinal, solidaridad espontánea, nuevas formas de resiliencia. Muchas personas desarrollaron habilidades para manejar el estrés o aprendieron a valorar aspectos de la vida que antes pasaban desapercibidos. Aun así, el daño emocional continúa presente en consultas públicas y privadas.

En el plano social, la pandemia no solo reconfiguró hábitos, sino que profundizó desigualdades ya existentes. El teletrabajo —convertido en tabla de salvación durante los meses de encierro— dio posteriormente paso a modelos híbridos, pero también generó nuevas brechas entre quienes podían permitirse conciliar y quienes no. El proceso de digitalización acelerado supuso avances evidentes, pero dejó atrás a sectores vulnerables sin competencias tecnológicas. Además, la crisis sanitaria impulsó cambios en el mercado laboral: muchos jóvenes ya no aspiran a la estabilidad de décadas anteriores, sino a vivir el día a día; mientras la movilidad entre empleos ha aumentado.

Impacto económico

El impacto económico fue demoledor. El PIB español cayó un 10,8% en 2020, la mayor contracción en 80 años. Más de 100.000 empresas cerraron en los dos primeros años de pandemia, especialmente pequeñas y medianas, y alrededor del 30% de la hostelería no volvió a abrir. La recuperación posterior, sostenida en gran parte por los fondos europeos y el retorno del turismo, ha permitido remontar, pero no ha eliminado los problemas estructurales que la pandemia dejó al descubierto: precariedad, desigualdad y dificultades de acceso a la vivienda.

Una nueva enfermedad: covid persistente

Y aún queda la herida menos visible: el covid persistente. Miles de personas siguen viviendo con síntomas debilitantes —fatiga extrema, niebla mental, dolores musculares, problemas respiratorios— que les impiden llevar una vida normal.

La OMS ha identificado más de 200 síntomas asociados al covid persistente y reclama mayor investigación y atención ante esta enfermedad. Carina Escobar, presidenta de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes, advierte que muchos enfermos siguen sin diagnóstico claro, sin reconocimiento laboral y sin apoyo adecuado. Para ellos, la pandemia no ha terminado.

Muchos pacientes de covid persistente se quejan de la falta de comprensión ante esta nueva enfermedad. "Muchos médicos no entienden qué es, pues obviamente es algo nuevo y que muchos desconocen, creen que no existe porque no lo estudiaron en la universidad. Ven un conjunto de síntomas que pretenden tratar de forma independiente, pero que están interrelacionados porque han surgido como secuelas tras el covid, del que no nos hemos recuperado", afirma Carlos Rodríguez, persona con esta afección.

Un equipo internacional de 265 pacientes, médicos, investigadores y personal de la OMS desarrolló en diciembre de 2021 la definición para la Covid persistente: “Es la condición que ocurre en individuos con antecedentes de infección probable o confirmada por SARS-CoV-2, generalmente tres meses después del inicio, con síntomas que duran al menos dos meses y no pueden explicarse con un diagnóstico alternativo". 

"Los síntomas comunes incluyen, entre otros, fatiga, dificultad para respirar y disfunción cognitiva, y generalmente tienen un impacto en el funcionamiento diario. Los síntomas pueden ser de nueva aparición después de la recuperación inicial de un episodio agudo de covid-19 o persistir desde la enfermedad inicial. Los síntomas también pueden fluctuar o recaer con el tiempo”, precisó el equipo científico que hizo la definición de esta nueva enfermedad, que estaba encabezado por el epidemiólogo del Hospital de La Princesa e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Respiratoria (Ciberes), Joan B. Soriano.

El mundo tras el coronavirus

El quinto aniversario del confinamiento invita inevitablemente a preguntarse si estamos mejor preparados que en 2020. La respuesta de la OMS es inquietante: “Si llegara hoy, el mundo tendría las mismas vulnerabilidades que hace cinco años.” Pese a la creación de fondos globales de emergencia y algunos avances en vigilancia epidemiológica, los sistemas sanitarios siguen siendo frágiles y las desigualdades, profundas. La humanidad parece que no ha resuelto todos los problemas que la pandemia dejó al descubierto.

Cinco años después, España ha ido recuperando el bullicio de antes de la pandemia: las terrazas llenas, los abrazos, las calles vibrantes. Pero nada es exactamente igual, empezando por las 120.000 víctimas o los miles de afectados por covid persistente. Vivimos con una memoria nueva, una conciencia aguda de la fragilidad. La pandemia nos obligó a mirarnos en un espejo incómodo y a descubrir que, por muy modernos que nos creamos, seguimos siendo vulnerables en el planeta. Lo que está en juego ahora no es entender lo que ocurrió, sino evitar que volvamos a repetirlo.

 

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