Diálogo Servimedia: 'Declara la guerra al hambre'
Voces de paz desde el hambre, la violencia y la esperanza
Bajo el lema ‘Paz en un mundo en conflicto’, voces procedentes de Siria, Sierra Leona, Colombia y África central se sentaron a conversar en la agencia de noticias Servimedia sobre aquello que rara vez ocupa el centro del debate público: cómo el hambre, la desigualdad y la violencia estructural sostienen conflictos que parecen lejanos, pero están profundamente conectados con las decisiones del norte global. La campaña de Manos unidas, ‘Declara la guerra al hambre’, sirvió como punto de partida, pero el verdadero eje del encuentro fue una idea común: sin desarrollo justo, la paz es solo una promesa vacía.
Por B. A. | Fotos: Servimedia/Jorge Villa
La sesión arrancó con datos que funcionaron como marco y advertencia. José Manuel González Huesa, director general de Servimedia, recordó que hoy 673 millones de personas pasan hambre en el mundo. A partir de ahí, presentó las conclusiones del estudio que acompaña la campaña ‘Declara la guerra al hambre’. El 91% de la sociedad española cree que la paz es responsabilidad de todos; el 75% identifica la corrupción como motor de violencia; casi nueve de cada diez ciudadanos consideran que la violencia estructural mata más que las guerras. Y, sin embargo, la mayoría reconoce no saber cuántos conflictos armados siguen activos en el planeta.
Ese contraste —conciencia moral y desconocimiento real— atravesó toda la conversación. Fidele Podga, coordinador de estudios y documentación de Manos Unidas, opinaba sobre este estudio y afirmaba: “El principal titular sería que el 94% de la sociedad española entiende que para que haya paz hay que defender un desarrollo justo”.
El ciudadano de a pie sabe que su manera de consumir también construye paz
Para Podga, la paz no puede reducirse a la ausencia de guerra. “El ciudadano de a pie sabe que su manera de consumir, de acercarse al otro, de no excluir, también construye paz”, explicó. “La paz no es solo parar la guerra. El desarrollo justo sería el nuevo nombre de la paz”.
Desde Siria, Georges Sabe, fundador de los Maristas Azules, asentía. Su experiencia le ha enseñado que la violencia no siempre llega con explosiones, sino con abandono. “La indiferencia crea violencia”, afirmó. “Cuando una persona siente que nadie tiene en cuenta lo que vive, nace una violencia interior muy fuerte”.
Esa indiferencia, apuntó Podga, es parte de una violencia menos visible pero más constante: la estructural. Hambre, pobreza, desigualdad. “Eso es lo que luego estalla como violencia directa”, dijo, recordando que también existe una violencia cultural —xenofobia, machismo, racismo— que legitima las demás.
Por su parte, desde Sierra Leona, la misionera clarisa del Santísimo Sacramento Sandra Ramos amplió ese concepto: “La pobreza aquí no es un accidente. Es una violencia que está en la columna vertebral de la sociedad y que brota cuando brota”.
Recursos, silencios y guerras que convienen
Uno de los hilos más inquietantes del diálogo fue la relación entre conflicto armado y explotación de recursos. Podga fue explícito: “Cuando hicimos el mapa de conflictos vimos que coinciden con zonas de sobreexplotación de recursos naturales”.
Puso ejemplos concretos: “En el Congo hay guerra, pero el coltán sigue saliendo. En Colombia pasa igual: hay conflicto, pero la droga sigue saliendo. Por eso interesa que la gente no sepa lo que ocurre. Que haya una manta de silencio”.
Desde Colombia, el sacerdote ganador del Premio Nacional a la Defensa de los DDHH Jesús Albeiro Parra completó la idea: “Gobiernos y empresarios quieren callar estos conflictos para seguir sacando recursos en medio de la guerra”.
En Colombia se juntan todas las violencias y el único camino que nos queda es la paz, pero con justicia social
“Yo vengo de Colombia, —explica— y podría decir que es un país desigual, con inequidades; ahorita hay un conflicto armado de más de 40 décadas, pero siempre hemos dicho que esta guerra, este conflicto de guerrillas que está matando a tanta gente, no es casual, es causal, es por unas causas de una violencia estructural; en Colombia se juntan todas las violencias y por eso el único camino que nos queda es la paz, pero una paz con justicia social”.

En su región del Pacífico colombiano, rica en minerales y agua, las comunidades afrodescendientes e indígenas viven sin servicios básicos. “Nuestra mayor desgracia es estar en un país tan rico”, ironizó. “Tenemos de todo, pero no tenemos agua potable”.
Además, señaló también a los países del norte con palabras claras como responsables de algunos problemas en su país: “A veces el narcotráfico no es un tema solamente de los países productores como Colombia, sino también de los países consumidores”.
La lógica se repite en otros territorios, como explica Ramos cuando habla de Sierra Leona, un país con hierro, bauxita y oro donde solo el 11% de la población tiene acceso a agua potable y la electricidad llega apenas tres horas al día. “¿Qué productividad puede haber así?”, se preguntó. “Todos los días necesitamos dos horas solo para ir a por agua. Tenemos que invertir en infraestructuras, en las carreteras... todas estas cuestiones que hacen que la pobreza sea una violencia estructural, porque está ahí, está latente”.
Mujeres y niñas: la violencia que empieza antes y termina después
Si hubo un consenso absoluto entre las voces presentes fue este: en todos los conflictos, las mujeres son las primeras en sufrir y las últimas en ser reparadas.
Podga recordó un dato demoledor: “Hay un informe del secretario general de Naciones Unidas sobre la violencia sexual en los conflictos en los últimos dos años, que ha crecido en un 87% y es un dato que tenemos ahí calladito y que vemos todos”. Y Sandra Ramos lo tradujo a la vida cotidiana: “En Sierra Leona, culturalmente, la mujer está relegada. Es una violencia cultural, porque desde que nace, desde que es niña, es consciente de cuál es su papel. Ella no está invitada a los foros donde se toman decisiones, ni siquiera en la escuela”.
El 90% de las mujeres que acuden a las misioneras son madres solteras que abandonaron la escuela en primaria. Muchas regresan años después para aprender un oficio y poder sobrevivir. Aunque desde 2018 existe una campaña con leyes durísimas contra la violación, la realidad es otra: “Nadie denuncia. La niña no se siente con derechos. La madre no le da importancia. Por eso la educación es fundamental”.
Hace falta mucha educación y mucho tiempo para revertir la violencia acumulada
Desde Siria, Georges Sabe insistió en que la reconstrucción sin mujeres es imposible: “No se las puede excluir de la construcción del país. Hace falta mucha educación y mucho tiempo para revertir la violencia acumulada”.
En Colombia, esa violencia adopta otra forma extrema: el reclutamiento infantil. Parra fue contundente: “En vez de estar en la escuela, a los niños y niñas les ponen una metralleta en las manos. Un arma puede costar 5.000 euros. Cuando no hay para comer, es una tentación”. El año pasado, recordó, 625 menores fueron reclutados, más de la mitad niñas.
La dignidad como punto de partida
Pese al diagnóstico duro, el encuentro no derivó en un discurso desesperanzado. Al contrario, las intervenciones regresaron una y otra vez a una palabra común: dignidad.
“No tratamos al otro porque necesite algo”, explicó Georges Sabe, “sino como una persona digna, con rostro, que quiere vivir dignamente. No es un número”.
Parra amplió esa idea más allá de religiones o ideologías: “La dignidad humana no es de nadie en exclusiva. Y eso es lo que está en juego”.
No son conflictos olvidados, son conflictos silenciados
El acto se cerró regresando a los datos iniciales y a los conflictos que no ocupan portadas. “No son conflictos olvidados”, había advertido Podga, “son conflictos silenciados. Se busca adrede que la ciudadanía no sepa que existen por un motivo sencillo, porque así en la ciudadanía está en paz y no se moviliza, no se levanta; si no se altera la ciudadanía, entonces seguimos vendiendo armas, sacando recursos naturales y haciendo negocio”.

González Huesa recordó entonces que Manos Unidas trabaja hoy en 575 proyectos en tres continentes, demostrando que el desarrollo no es un concepto abstracto, sino una práctica concreta. Y que la paz, como se repitió durante toda la mañana, no es un destino lejano, sino una responsabilidad compartida.
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