Capitolina Díaz, Premio Nacional de Sociología 2025

“Estamos en un momento de reacción en el cual los avances en igualdad alteran equilibrios tradicionales”

La sociología con perspectiva de género analiza cómo las relaciones sociales están estructuradas por sistemas de sexo/género, que distribuyen recursos, poder y reconocimiento. Capitolina Díaz Martínez, pionera en introducir este enfoque en España y Premio Nacional de Sociología 2026, alerta de que “estamos en un momento de reacción en el cual los avances en igualdad alteran equilibrios tradicionales”, y advierte de que “lo que parecía ‘neutral’ muchas veces estaba construido desde una experiencia parcial, la masculina”.

Por Sonia Gutiérrez Mencía

08/05/2026
Capitolina Díaz, Premio Nacional de Sociología 2025

Capitolina Díaz Martínez es licenciada en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y Doctora en Sociología por la Universidad de Londres. Actualmente es catedrática de Sociología en la Universidad de Valencia desde 2016. En febrero, recibió del Rey Felipe VI el Premio Nacional de Sociología por sus aportaciones a la sociología con perspectiva de género.

- ¿Cómo contaría a alguien ajeno a la sociología con perspectiva de género, de manera sencilla, sus campos de estudio y qué significado tiene para la sociología?

La sociología con perspectiva de género estudia cómo el hecho de ser mujer u hombre —o no encajar en esa dicotomía— influye en nuestras oportunidades, trayectorias y reconocimiento social. No se limita a analizar desigualdades laborales o de clases sociales; examina cómo se construyen los roles, cómo operan los sesgos en la ciencia, en la educación, en la economía o en la política. Esto es, la sociología con perspectiva de género analiza cómo las relaciones sociales están estructuradas por sistemas de sexo/género que distribuyen recursos, poder y reconocimiento. Para la sociología es crucial porque revela que lo que parecía ‘neutral’ muchas veces estaba construido desde una experiencia parcial, la masculina. Introducir el género no es añadir un tema; es mejorar la capacidad explicativa de la disciplina y hacerla más rigurosa y universal, en el sentido de que abandona a los hombres (un selecto tipo de hombres) como modelo de una sociedad y lo amplía estudiando a las mujeres en pie de igualdad con los hombres. Por ello, tiene una utilidad derivada, ya que la sociología del género visibiliza a las mujeres —y otros géneros no binarios— en su diversidad, crea un patrón y una metodología que favorece la visibilidad de las personas no estándar.

El llamado ‘techo de cristal’ sigue operando en los niveles de poder simbólico y decisorio

- ¿Cree que las jóvenes de hoy no ven necesario luchar por los derechos que quedan por conquistar?

Las jóvenes han crecido en un contexto con más derechos formales que generaciones anteriores, y eso puede generar la sensación de que “la igualdad ya está lograda”. Sin embargo, los datos muestran brechas salariales, techos de cristal y desigualdades en cuidados. Lo que cambia es el lenguaje y las prioridades, no la necesidad de vigilancia democrática. Como digo, los indicadores muestran avances formales, pero persistencia de brechas estructurales.

En España, la tasa de empleo femenino ha aumentado significativamente en las últimas décadas, pero la brecha salarial de género se sitúa todavía en torno al 8–9 % en términos de salario por hora en la UE, y es mayor si se considera salario anual debido a la parcialidad y las interrupciones de carrera.

En ciencia, las mujeres representan aproximadamente el 41–42 % del personal investigador en España, por encima de la media europea (alrededor del 34 %), pero su presencia disminuye conforme se asciende en la jerarquía académica y de toma de decisiones. Es comprensible que las jóvenes perciban mejoras; sin embargo, los datos muestran que la igualdad sustantiva no está completada. Pero no siempre es acertado comparar generaciones. Cada generación está colocada en un momento distinto. Cada generación redefine sus luchas. La cuestión no es si luchan o no, sino cómo y en qué escenarios. Esto indica que el propio concepto de lucha hay que ampliarlo porque hay prácticas cotidianas que tienen las jóvenes actuales y que, en buena medida, son lucha por mantener lo que ya se ha logrado y llevarlo un poco más lejos.

- España destaca en incorporación de mujeres a la ciencia, pero ¿qué ocurre con los puestos directivos?

España ha avanzado en la base del sistema científico y presenta una participación femenina relativamente alta en etapas iniciales y medias de la carrera investigadora: doctorandas, investigadoras predoctorales y muchas áreas biomédicas presentan paridad o incluso mayoría femenina. En la categoría de catedráticas de universidad el porcentaje se sitúa en torno al 25–27 %. En direcciones de institutos de investigación y órganos de gobierno universitarios, la proporción suele oscilar entre el 20 % y el 30 %. Este fenómeno responde a mecanismos acumulativos: evaluación basada en productividad lineal, penalización indirecta de interrupciones por cuidados y persistencia de redes informales de cooptación.

“Lo que parecía neutral muchas veces estaba construido desde una experiencia parcial, la masculina”

Es lo que llamamos el Efecto Matilda que es la aplicación femenina del Efecto Mateo (se le da más a quien más tiene).

En el caso de las mujeres no sólo no se les reconoce el mérito o se minusvalora, sino que, con frecuencia, se les otorga a hombres lo que ha sido la creación y esfuerzo de una mujer. No se trata solo de mérito individual, sino de redes informales, criterios de disponibilidad total y culturas organizativas que penalizan trayectorias no lineales.

El llamado “techo de cristal” sigue operando en los niveles de poder simbólico y decisorio.

Capitolina Díaz, Premio Nacional de Sociología 2025

- ¿Qué pasa con las mujeres y las vocaciones STEM (acrónimo en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas)?

Es cierto que, en la UE, las mujeres representan aproximadamente el 41% de graduadas en STEM en conjunto, pero esta cifra es engañosa: en ingeniería, manufactura y construcción el porcentaje cae por debajo del 30 %, y en informática se sitúa en torno al 20 %. En cambio, en ciencias de la salud supera ampliamente el 60 %. En España el patrón es similar. Pero quizá la pregunta deba ampliarse. Es importante que más mujeres accedan a ingeniería o tecnologías donde siguen siendo minoría. También, llevar competencias tecnológicas avanzadas a las humanidades y ciencias sociales, donde hay muchas mujeres. En cuanto a factores de elección de estudios hay múltiples influencias que no animan a las niñas a entrar en ciertos ámbitos. Influyen las expectativas familiares, la autoeficacia percibida, los estereotipos tempranos, la orientación escolar y la presencia de referentes. No es una decisión aislada; es un proceso social acumulativo. Estudios muestran que la brecha en aspiraciones tecnológicas aparece en la adolescencia, incluso cuando el rendimiento es equivalente.

“Cada generación redefine sus luchas”

- ¿Qué papel tienen los profesores de instituto?

El profesorado es decisivo, pero no puede cargar en solitario con la responsabilidad estructural. Un buen docente puede despertar vocaciones, pero depender exclusivamente de esa “suerte” es aleatorio. Lo relevante es revisar currículos, metodologías y ejemplos utilizados en clase. Si la física o la informática se presentan como disciplinas abstractas, descontextualizadas y culturalmente masculinizadas, muchas alumnas se autoexcluyen. Incorporar aplicaciones sociales, referentes diversos y trabajo interdisciplinar puede reducir esa distancia percibida. La contextualización social de las ciencias y la visibilización de referentes diversos reducen la percepción de ajenidad. El problema no es la “dureza” intrínseca de la materia, sino su presentación cultural.

- ¿Por qué hay sobrerrepresentación femenina en ciencias sanitarias?

Las profesiones sanitarias se asocian culturalmente al cuidado, históricamente vinculado a lo femenino. Esto orienta expectativas tempranas. No implica falta de capacidad para otras áreas, sino que los imaginarios sociales siguen operando en la elección vocacional. La distribución de vocaciones refleja estructuras simbólicas tanto como intereses individuales. Y conviene pensar aquí sobre la dureza tanto de los estudios de medicina como de las propias profesiones médicas. Ello refuerza la certeza de que no es falta de talento o de compromiso con el empleo lo que aleja a las mujeres de otros ámbitos académicos distintos del sanitario.

- ¿Qué papel juega la tecnología en la reducción o ampliación de desigualdades y cómo acercarla a los ámbitos más feminizados?

La tecnología no es neutral. Puede ampliar desigualdades si reproduce sesgos en datos y algoritmos, o reducirlas si se diseña con criterios inclusivos. Acercarla a ámbitos feminizados implica formar en competencias digitales avanzadas en educación, trabajo social, salud o humanidades. Nos hemos referido antes a la conveniencia de hibridar las áreas académicas más feminizadas con competencias digitales. No se trata solo de consumo tecnológico, sino de capacidad de diseño y decisión.

- La inteligencia artificial, ¿qué impacto puede tener en ampliar o reducir desigualdades de género en la ciencia, la educación o el empleo? 

La inteligencia artificial puede amplificar sesgos si se entrena con datos históricos desiguales. Sistemas de selección automatizada han mostrado penalizaciones indirectas hacia trayectorias femeninas cuando los algoritmos aprenden de historiales masculinizados. También puede ser una herramienta poderosa para detectar discriminaciones, optimizar políticas públicas o mejorar diagnósticos médicos o descubrir sesgos en las evaluaciones. El impacto dependerá de quién la diseñe, con qué datos y bajo qué marcos regulatorios. La cuestión no es si la IA es buena o mala, sino qué gobernanza establecemos. ¿A quién sirve y con qué propósito?

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