Oliver Serrano León, director del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria y profesor de la Facultad de Ciencias de la Salud en la Universidad Europea

Cuando el algoritmo pone nombre a la adolescencia: una mirada serena al fenómeno ‘therian’

Hay palabras que nacen en internet y, de pronto, empiezan a sonar en la mesa del comedor. Therian es una de ellas. En pocos días ha pasado de ser un término de nicho a protagonizar titulares, conversaciones entre madres y padres, y debates a golpe de vídeo viral. Y como ocurre cada vez que una estética juvenil se vuelve visible, aparece el reflejo social de siempre: o lo reducimos a chiste o lo convertimos en amenaza. Ninguna de las dos miradas es útil.

Por Oliver Serrano León

06/04/2026
Oliver Serrano León, director del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria y profesor de la Facultad de Ciencias de la Salud en la Universidad Europea

Para entender lo que está pasando conviene hacer algo muy sencillo: separar etiqueta de diagnóstico. Una etiqueta identitaria describe, en el mejor de los casos, un modo de narrarse. Un diagnóstico describe un patrón de sufrimiento y deterioro. Son planos distintos. En el uso actual, therian suele aludir a personas –a menudo adolescentes– que expresan una identificación interna o simbólica con un animal. A veces se manifiesta en estética (máscaras, accesorios), en lenguaje de comunidad o en ciertas conductas imitativas. Lo que para un adulto puede parecer ‘extraño’, para un adolescente puede ser, simplemente, un código: una manera de pertenecer, de experimentar, de jugar con una imagen que le da sentido.

La adolescencia siempre ha sido un territorio de ‘ensayo’: de roles, de tribus, de estilos y de relatos. Lo nuevo no es que los jóvenes busquen identidad; lo nuevo es el escenario donde lo hacen. El vídeo corto ha cambiado la velocidad de todo. El algoritmo no solo muestra contenidos: construye rutas. Si un adolescente se detiene dos veces en un tipo de vídeo, el sistema le sirve veinte más. Y esa repetición produce un efecto muy poderoso: lo que parecía raro deja de ser raro; lo que parecía aislado se vuelve comunidad.

En ese punto, el fenómeno ya no es solo psicológico: es también cultural. Porque no se trata únicamente de ‘qué sienten’, sino de cómo se representa esa vivencia en un entorno donde el reconocimiento llega en forma de likes, comentarios y pertenencia inmediata. En redes, muchas identidades se vuelven performativas: se enseñan, se comparten, se afinan. Y cuando una práctica o estética funciona bien en pantalla –por lo visual, lo sorprendente o lo discutible– su expansión está casi garantizada.

“La pregunta que de verdad importa no es ¿qué es un therian?, sino ¿cómo está ese adolescente?”

El problema aparece cuando la conversación adulta se vuelve torpe. La burla suele ser la peor consejera. Ridiculizar a un menor no lo ‘corrige’: lo expulsa. Lo empuja al secretismo, a la distancia emocional, a buscar validación donde la encuentre. Y, además, lo convierte en una diana social. En estos días hemos visto cómo la exposición –quedadas grabadas, vídeos sacados de contexto, comentarios crueles– puede ser más dañina que la propia etiqueta. A veces el riesgo no está en lo que el adolescente hace, sino en lo que el entorno hace con ello.

¿Entonces, tranquilidad total? Tranquilidad con criterio. La pregunta que de verdad importa no es ¿qué es un therian?, sino ¿cómo está ese adolescente? ¿Duerme? ¿Va al instituto? ¿Mantiene amistades? ¿Se cuida? ¿Se está aislando? ¿Ha caído su rendimiento? ¿Hay tristeza o ansiedad intensa? ¿Aparecen autolesiones? En psicología clínica, el foco no está en la rareza, sino en el impacto. Si la vida se mantiene amplia y funcional, suele tratarse de exploración identitaria. Si la vida se estrecha y aparece sufrimiento, entonces toca pedir ayuda, como en cualquier otra situación.

A las familias les diría tres cosas, muy ‘de casa’: primero, pregunten antes de interpretar (“¿qué significa para ti?”). Segundo, pongan límites por seguridad, no por humillación (privacidad, exposición en redes, contextos). Tercero, cuiden el vínculo: porque en adolescencia, el vínculo es la primera herramienta terapéutica.

Quizá el debate no sea sobre animales ni máscaras. Quizá el debate sea sobre algo más contemporáneo: cómo acompañamos la identidad cuando el algoritmo tiene prisa y la adolescencia, inevitablemente, está aprendiendo a nombrarse.

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