Actividad organizada por Solidarios y Soy de la Cuesta
En la cárcel, los libros se convierten en pequeñas rendijas de libertad
Una actividad organizada en el Centro Penitenciario de Valdemoro (Madrid) por Solidarios y la asociación Soy de la Cuesta reúne a cerca de medio centenar de presos para compartir lecturas –del erotismo a la autoayuda– en un auditorio que por una hora se convierte en refugio y evasión.
Por Daniel Alonso Viña
El Centro Penitenciario Madrid III (comúnmente conocido como cárcel de Valdemoro) está alejado de todo, rodeado de poco más que pasto, terreno baldío y más allá, dos polígonos industriales, uno a cada lado de la carretera M-506 que delimita el contorno de la zona. Allí, en un lugar inhóspito que a ratos parece ser el fin del mundo (o al menos de un mundo en el que pasan cosas normales), 46 internos de los cientos que habitan esta cárcel se sientan en el auditorio a hacer la cosa más normal del mundo, leer y hablar de lo que han leído durante casi una hora. Les ha reunido la ONG Solidarios para el Desarrollo junto a Soy de la Cuesta, la asociación de librerías de la cuesta de Claudio Moyano, en Madrid.
Hay que superar varias puertas, muros, concertinas y controles antes de entrar en la cárcel. Es importantísimo llevar el DNI actualizado, no llevar objetos de valor ni objetos que puedan considerarse peligrosos, dejar el móvil, rellenar el registro con los datos. Al final del proceso, el visitante recibe una tarjeta que le sirve para poder ser debidamente identificado en el resto de puertas que tendrá que superar antes de llegar hasta el auditorio donde se celebra el evento. Un trabajador guía a los dos periodistas, la trabajadora social encargada de la cárcel, Corina Mora, representante de Solidarios, y Helena Mariño, la poeta y traductora encargada de dirigir la actividad.
Ambiente interior
El interior de una cárcel da respeto hasta que estás dentro. Entonces se vuelve ligeramente perturbador, porque se parece muchísimo a un colegio público con sus pasillos eternos de techos bajos, su comedor, los carteles pintados y puestos en las paredes con actividades realizadas o por realizar, la cancha de baloncesto y el auditorio, con sus sillas y su pequeño escenario al fondo. El ambiente no se parece al de los colegios (o quizás, hasta cierto punto, sí): aquí se respira una tensión en el aire que no se disipa ni con el frío que hace. Los presos, abrigados hasta con gorro y bufanda, van entrando al auditorio. Todos llevan un libro bajo el brazo. Unos lo han cogido al azar de la librería de la cárcel. Otros son auténticos lectores.
“La imaginación lo es todo porque todo lo que tenemos es mente, todo lo que hacemos y amamos esté en la mente”
Una breve conversación con alguno de ellos desvela un principio rector de la tipología de libros más comúnmente consumidos en la cárcel. Hay tres categorías claras: literatura romántica-erótica (que a veces es solo erótica), literatura de ficción (Stephen King es el rey en esta categoría) y los libros de desarrollo personal. “¿Tú que estás leyendo?”, le pregunto a uno de ellos. El hombre, con una expresión seria, definitiva, me enseña la portada. Leo Tantra, espiritualidad y sexo, de un tal Osho. Esbozo una sonrisa pensando que se trata de una pequeña broma, pero no. El tipo no se ríe ni una pizca.
La seriedad de su semblante me deja helado, así que cierro la conversación lo más rápido que puedo y trato de hablar con otros presos, estos sí, un poco más comunicativos.
Uno de ellos lee Miedo, de Care Santos, un libro que aborda el acoso escolar y sus efectos psicológicos desde una perspectiva íntima y directa. Ya se llega por la mitad. También circula por ahí un libro de José Hierro, un poeta español que escribió largo y tendido sobre su vida en Madrid. Otro de los presos está leyendo Las trampas del miedo, un libro de Daniel Habif que indaga en los orígenes y las repercusiones que tiene en el cuerpo y la vida el miedo mal gestionado.

Cuando todos se han sentado en el auditorio, Mariño se baja del escenario para intentar llamar la atención de los presos y empieza la actividad. “Mejor os hablo desde abajo”, dice.
La hora está dividida en distintos fragmentos. En vez de hacer una lectura libre, los primeros cinco minutos están dedicados a leer, analizar y compartir con los compañeros la primera frase del libro. Luego, los lectores más empedernidos suben a leer en voz alta una frase que les haya gustado del libro que leen en ese momento.
La biblioteca de la prisión se ha quedado pequeña. Está abarrotada con libros en todos los idiomas
Un compañero se sube a la tarima, se pone delante del atril y dice: “Nunca dejes que nadie te haga creer que no puedes hacer algo”. Está extraída de Te espero en el fin del mundo, de Andrea Longarela. Piel como pudin de caramelo, cita otro. “Un tercio de los elefantes de África proviene de Mauritania”, lee otro desde el atril. La siguiente tarea consiste en hacer un ejercicio de eliminación. Cada preso recibe un papel y un bolígrafo para apuntar palabras sueltas que les vayan resonando de la página que han escogido para esta actividad. Con ella deben hacer una especie de collage.
Los presos obedecen las órdenes de Mariño y se esmeran en encontrar las palabras (algunos más que otros). Normalmente ellos no tienen acceso directo a la biblioteca: hay un interno encargado de la misma, que es el que recoge las peticiones de lectura de los distintos módulos y les entrega los libros.
La biblioteca, acomodada en la planta de arriba, en una sala que en algún momento fue grande, pero hoy se ha quedado pequeña ante la cantidad de libros que se acumulan en sus estanterías, en pilas en el suelo y encima de las mesas que ocupan el espacio. “No damos abasto”, dice después un encargado del centro. Tienen libros en todos los idiomas posibles (chino, árabe, francés, italiano, inglés, etc.).
Cuando acaba la actividad, los presos devuelven papel y bolígrafo y dos de ellos, que se hacen llamar Carlos y Paco, acceden a hablar con los periodistas. Escogidos por la trabajadora social de la cárcel, son los lectores más empedernidos que han conseguido encontrar. Paco, amante de la poesía y los libros de romances, está leyendo Sígueme la corriente, de Megan Maxwell. Carlos está leyendo Viajes imaginarios para la mejora vital, un libro de Klaus W. Vopel que enseña técnicas para realizar “viajes imaginativos” guiados. “Me gustan los libros porque te ocupan la mente y te despejan. Se conoce mucho leyendo, se recorre mucho mundo”, defiende el preso.
Poesía y viajes
“La imaginación lo es todo porque todo lo que tenemos es mente, todo lo que hacemos y amamos está en la mente”, dice con un acento ligeramente argentino. También está leyendo Los pilares de la tierra, de Ken Follett, y Érase una vez, de Margaret Atwood. “Leyendo me aíslo”, sentencia con tono tranquilo.
“Somos un poco los raritos de nuestros módulos”, dice Paco. “Al principio te molestan porque te ven ahí leyendo tú solo y a lo mejor te vienen a molestar, pero si no les haces caso, al final te dejan en paz”, cuenta el recluso. Carlos cuenta que, gracias a las técnicas que ha aprendido en su libro sobre el poder de la imaginación, ha conseguido hacer viajes increíbles, como convertirse en una libélula que vuela libre por el campo (el ejercicio consiste en imaginar el olor del campo en el que estás, escuchar el rumor del río que pasa por debajo, imaginar el viento rozando las alas). Gracias a este método consiguió viajar hasta el funeral de su madre, en Argentina.
Tres categorías literarias dominan las lecturas: romántica‑erótica, narrativa de ficción –con Stephen King como referente– y libros de desarrollo personal
“Le pedí a mi hermana que me dijera cómo era aquello, la habitación del tanatorio, el olor, las texturas, qué había en esa habitación, cómo estaba mi madre. Con todos esos detalles yo me puse a imaginar y vi a mi madre con una manta roja”, cuenta Carlos.
Pero ese detalle no se lo había dado su hermana. Cuando se lo contó, su hermana se quedó pálida. “Me dijo que, como antes de su fallecimiento, le había salido un sarpullido en el cuello, le pusieron una bufanda roja para taparlo y que no se le viera”, cuenta, fascinado. También puede utilizar su técnica para cosas más prosaicas, como integrar los ronquidos de su compañero de celda en sus propios sueños para que no le molesten. “Ronca muchísimo, pero ya no me molesta”, explica.
Se acabó la charla, se acabó la actividad. Ya se han ido todos los presos del auditorio, así que estos dos nos acompañan hasta una bifurcación del largo pasillo. “Vosotros creo que vais para allá”, dice Carlos, “nosotros por aquí”. De vuelta al encierro. Pero solo al encierro en cuerpo. La mente de los lectores seguirá vagando por los campos de amapolas, los tanatorios y las historias de romance más picantes del universo literario.
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