Ken Follet, escritor
“El mundo ha cambiado pero los humanos son prácticamente iguales”
¿Qué impulsa a una sociedad prehistórica –que todavía no conoce la rueda– a erigir uno de los monumentos más enigmáticos de la humanidad? Ken Follett se adentra en el misterio de Stonehenge con ‘El círculo de los días’, una novela que convierte la arqueología en relato humano y reconstruye una civilización que dejó su marca en la eternidad a través de la piedra. Y nos recuerda que, pese al paso de los milenios, las inquietudes esenciales humanas siguen intactas: seguridad, violencia, trabajo, familia, amor y desamor…
Por Rafael Olea | Fotografía: Gareth Iwan Jones
Ken Follett (Cardiff, Gales; 1949) comparte con millones de visitantes la fascinación que provoca el enigmático círculo megalítico de Stonehenge. Pero, a diferencia de la mayoría, él no se conforma con la pregunta obvia –¿cómo levantaron esas piedras?–, sino que se adentra en lo que late detrás: la historia humana, las emociones, las tensiones sociales que hicieron posible la construcción de uno de los monumentos más enigmáticos del mundo. De esa curiosidad nace ‘El círculo de los días’ (ed. Plaza & Janés), su nueva novela, un viaje al Neolítico que, como siempre en Follett, convierte la arqueología en narrativa.
“Cuando ves Stonehenge, todo el mundo piensa: ¿cómo lo hicieron? Yo también. Y entonces empecé a imaginar las preguntas prácticas: ¿cómo arrastras bloques de varias toneladas durante meses? ¿Cómo convences a la gente para que deje sus campos y se sume a esa locura?”, cuenta el escritor galés. Y añade: “Eso no es solo ingeniería, es política, es liderazgo, es persuasión. Alguien tuvo que decir: ‘Vamos a traer una de las piedras más grandes del mundo hasta aquí’. Y alguien tuvo que seguirle”. Y apuesta a que eso lo materializó una mujer.
Movimiento social paleolítico
Follett desvela que para construir el icónico monumento megalítico fue preciso un amplio “movimiento social” en plena Edad de Piedra, en una sociedad que considerábamos atrasada. “No había dinero, no había contratos. Había que convencer, inspirar, crear un propósito común. Y eso me fascinó”, subraya.
“La gente que construyó Stonehenge no había inventado la rueda y tampoco usaba animales para transportar cargas pesadas, así que tuvo que ser un gran número de personas el que movió esas piedras tan enormes tirando de cuerdas y trineos”, añade.
Y en este sentido, Follett precisa que las sociedades cambian, pero la esencia humana se mantiene: “Esta historia tiene 4.500 años y resulta tan actual como las noticias de hoy. Tiene guerra, venganza, limpieza étnica, sexo y misoginia. El mundo ha cambiado, pero los humanos son prácticamente iguales”.
Sin embargo, evita establecer “paralelismos” entre la Edad de Piedra y un presente del que admite estar preocupado, especialmente por las consecuencias que puede originar el cambio climático. No obstante, sí admite que “hay cosas que preocupan a la gente de todas las edades: la violencia, la delincuencia, cómo encontrar dinero y trabajo, mantener a la familia… y también el amor y el desamor, el matrimonio y el sexo”.
También rehúye establecer semejanzas entre la construcción, piedra a piedra, del enigmático círculo megalítico y las grandes catedrales que describe en ‘Los Pilares de la Tierra’: “Los detalles son del todo diferentes, pero cada libro cuenta la historia de una sociedad que hizo algo extremadamente difícil gracias a un gigantesco esfuerzo comunitario”.
“Siempre escribo sobre temas que son relevantes para el ser humano en cualquier época histórica: el amor y el matrimonio, la forma de ganarse el pan, la violencia y la guerra”, precisa Follett. Posiblemente, esa es la clave de su éxito y de haberse convertido en el autor de novela histórica más leído a nivel mundial, al relacionar los datos arqueológicos con el drama humano que fue preciso para construir monumentos imperecederos, ya sea Stonehenge o el templo gótico de la ficticia Kingsbridge de ‘Los Pilares de la Tierra’ (inspirada, según Follett, en la catedral de Santa María de Vitoria).
Misterio
El escritor admite que “cada novela histórica tiene unas bases de realidad, y después también emociones por encima de esas bases”, y explica que el origen de ‘El círculo de los Días’ surgió cuando “estaba leyendo un libro de no ficción escrito por un arqueólogo, Mike Pitts, titulado ‘Cómo construir Stonehenge’, y me dije: ‘Tendría que haber una novela de Ken Follett sobre eso’”.
Tras un exhaustivo proceso de documentación, valora la extrema importancia que tuvo aquel círculo megalítico para la gente del Neolítico, que lo construyó con la intención de que perdurara y fuera admirado por las siguientes generaciones, “y todavía hoy lo hace”, subraya.
La triple función de Stonehenge
Follett desvela que Stonehenge tenía una triple función para la gente de la Edad de Piedra: un calendario solar, un templo o centro ceremonial y, muy posiblemente, una feria a modo de gran mercado.
Es decir, era un lugar donde religión y astronomía caminan juntas, y donde comercio y ritual también se entremezclaban. “Sabemos que Stonehenge estaba orientado al solsticio, que había un estudio de los cielos. Eso es común en muchas civilizaciones tempranas donde religión y astronomía van juntas”.
Follett precisa que “la primera función –la religiosa, la de templo– es la más controvertida”, ya que resulta difícil demostrarla empíricamente, aunque numerosos indicios apunten en esa dirección.
Por otro lado, la orientación de Stonehenge hacia las estrellas y el solsticio permitía a sus constructores establecer un calendario, algo fundamental en aquella época prehistórica para determinar las estaciones del año y poder anticipar los ciclos agrícolas.
También hay evidencias de que Stonehenge fue mucho más que un monumento megalítico: funcionó como una gran feria paleolítica y un punto de encuentro social de enorme relevancia. Según el autor, “sabemos que allí se reunía mucha gente para intercambiar comida, herramientas e historias”, lo que convierte al monumento en un espacio donde el comercio y el ritual se entrelazaban.
En ese mercado megalítico, la logística adquiría un papel central que describe en ‘El círculo de los días’, pues era imprescindible alimentar a los millares de personas que se concentraban en torno al círculo, así como a quienes extraían y transportaban las monumentales piedras desde canteras situadas a treinta kilómetros –y recordemos que todavía no se había inventado la rueda–.
Stonehenge, por tanto, representaba “un cruce” entre religión, astronomía y comercio, en donde personas de distintos lugares compartían relatos y conocimientos, intercambiaban utensilios y participaban en rituales colectivos. De este modo, el monumento ofrecía a la comunidad la oportunidad de reforzar lazos sociales, transmitir tradiciones y organizar la vida colectiva en torno a un propósito común, integrando en un mismo espacio el comercio, la astronomía y la religión.
La economía del sílex
Un detalle que sorprendió enormemente a Follett durante el proceso de investigación sobre la Edad de Piedra fue el inmenso valor que tenía el sílex en aquella época, pues era el único material con el que podían fabricarse herramientas que cortaran.
También le asombraron las minas que se utilizaban para extraerlo, cavando con las manos, piedras y palos varios metros bajo la superficie. “Siempre asociamos la minería con la Revolución Industrial, pero en la Edad de Piedra ya excavaban para conseguir el mejor pedernal. Era esencial para fabricar herramientas, y eso lo convertía en una especie de moneda. No había dinero, pero tenía valor”.
El propio escritor visitó y bajó a las minas que se utilizaban para extraer este material, situadas varios metros bajo tierra, puesto que el sílex superficial era menos preciso para construir herramientas al haber estado más expuesto a la erosión, y ser por tanto más inestable. “Me sorprendió descubrir que ya había minas en la Edad de Piedra”, precisa. Por eso, plantea una idea sugerente que pone en valor el papel económico del sílex en la construcción de Stonehenge: su uso como una especie de protomoneda. No se trataba solo de un símbolo o una herramienta más, sino del material esencial sobre el que se articulaba la vida cotidiana de la época. Era imprescindible para las tareas domésticas y de subsistencia: cazar, cortar carne o madera, tallar, moler… El escritor afirma que “no existía el dinero en la Edad de Piedra, pero el sílex podía funcionar como tal porque todos lo necesitaban”.
No ganará el Nobel
Con su característico humor británico, Follett admite con ironía que nunca ganará el Nobel, ya que, según él, ese galardón solo lo reciben quienes “escriben cosas sesudas”. Él, en cambio, no pretende “dar lecciones”, sino “contar historias realistas sobre personas”. Su verdadera ambición, confiesa, es mucho más sencilla y directa: “Lo que quiero es que el lector quiera saber qué pasa en la página siguiente”.
“Stonehenge es, en cierto modo, la primera gran novela de la humanidad”, afirma Follett. Una historia esculpida en piedra, no escrita con palabras, que revela el anhelo de trascendencia de quienes la erigieron. “Querían ser recordados”, dice, y en eso, añade, los escritores no somos tan distintos: “Quizá eso sea lo máximo a lo que podemos aspirar: crear algo que dure más que nosotros”.
Al final, la metáfora de Stonehenge se cierra sobre sí misma, como el círculo que representa: se entra en él como en un calendario ancestral y se sale con la intuición de que, en el fondo, todas las épocas comparten una misma esencia humana: la de quienes aman, temen, trabajan y desean.
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