La tristeza como estrategia de visibilidad

Sadfishing: cuando el dolor se convierte en contenido

En las redes sociales, el sufrimiento ya no siempre se vive en silencio. Se publica, se comparte y se comenta, a veces con una intensidad que desdibuja los límites entre desahogo y estrategia. Lo que para unos es una forma de pedir ayuda, para otros se convierte en una herramienta para captar atención o reforzar una identidad digital. Este comportamiento, que se extiende especialmente entre jóvenes y creadores de contenido, tiene nombre propio y consecuencias que van más allá de un simple post.

Por Pedro Fernández

04/09/2026
Joven de espalda navegando en redes sociales.

Una adolescente aparece llorando en TikTok. No explica qué ocurre, solo mira a cámara con los ojos rojos y un mensaje que dice: “Hoy no puedo más”. En Instagram, alguien publica un texto larguísimo sobre una ruptura, lleno de frases ambiguas que invitan a preguntar. Un influencer, con miles de seguidores, anuncia en un directo que ha recibido un diagnóstico de salud mental. En cuestión de minutos, los comentarios se multiplican: corazones, mensajes de ánimo, preguntas, curiosidad, morbo... Estas tres escenas, repetidas con distintos rostros y tonos, forman parte de un fenómeno cada vez más visible: el sadfishing.

El término nació en 2019, cuando la escritora Rebecca Reid describió cómo algunas publicaciones emocionales parecían diseñadas para atraer apoyo masivo. Desde entonces, el concepto se ha extendido para nombrar una práctica que mezcla vulnerabilidad, estrategia comunicativa y la lógica de las redes sociales. No se trata simplemente de compartir tristeza, sino de mostrar el sufrimiento de forma pública con la expectativa de recibir atención, consuelo o validación.

Oliver Serrano León, psicólogo y director del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias define el sadfishing como "la exhibición reiterada y pública del sufrimiento emocional con el objetivo explícito o implícito de provocar reacciones, compasión o atención”. Y añade que no es una simple expresión de malestar, sino “una forma de comunicación emocional orientada al impacto”.

Según Serrano León, este tipo de publicaciones suelen caracterizarse por “mensajes vagos pero intensos, dramatización del dolor, silencios calculados y respuestas selectivas que mantienen el interés del público”. No es solo lo que se cuenta, sino cómo se cuenta: frases ambiguas, insinuaciones, un tono que invita a la audiencia a completar los huecos. “Hay publicaciones que parecen diseñadas para generar intriga o alarma sin ofrecer información concreta”, explica.

El sadfishing no surge de la nada. Tiene raíces psicológicas y sociales. Serrano León señala que, a nivel individual, influyen factores como “la necesidad de validación externa, la baja autoestima, la dificultad para regular emociones o para pedir ayuda de forma directa”. En un entorno donde la identidad se construye en parte a través de la mirada ajena, mostrar vulnerabilidad puede convertirse en una forma de sentirse visto. Y cuando el apoyo offline es escaso, las redes se transforman en un refugio emocional.

A nivel social, las plataformas digitales actúan como un escenario perfecto para este tipo de dinámicas. “Los ‘me gusta’, los comentarios y la visibilidad funcionan como reforzadores inmediatos”, explica el psicólogo. La neurociencia respalda esta idea: los sistemas de recompensa del cerebro se activan con cada interacción, generando un ciclo de retroalimentación que puede volverse adictivo.

¿Se puede distinguir?

Distinguir entre una expresión genuina de malestar y una publicación orientada a generar engagement no es sencillo. Serrano León insiste en que “no existe una frontera nítida”, pero sí patrones. El malestar auténtico suele expresarse con más contexto, con un lenguaje que busca comprensión o apoyo real. En cambio, el sadfishing se caracteriza por la repetición del mismo tipo de mensaje sin evolución emocional. “Lo relevante no es un post aislado, sino el estilo comunicativo mantenido en el tiempo”, subraya.

El psicólogo también identifica señales claras de instrumentalización emocional: “La recurrencia del mismo mensaje, la coincidencia con momentos de baja visibilidad previa, el uso de frases diseñadas para generar intriga y la interacción selectiva solo con comentarios que refuerzan el drama”. En estos casos, el sufrimiento se convierte en una herramienta para obtener visibilidad.

Riesgos para todos

El sadfishing no es inocuo. Para quien publica, el principal riesgo es quedar atrapado en un ciclo emocional dependiente del feedback digital. “Cuanto más dolor se muestra, más atención se recibe, y eso dificulta procesos reales de afrontamiento”, advierte Serrano León. Cuando las reacciones disminuyen, aparece la frustración, y la persona puede sentir que necesita intensificar su relato para recuperar la atención.

Para quienes consumen este contenido, también hay consecuencias. El psicólogo menciona el “riesgo de saturación emocional, desensibilización ante el sufrimiento ajeno o incluso contagio emocional”, especialmente entre jóvenes que aún están construyendo su identidad emocional.

¿Puede llegar a convertirse en manipulación emocional? Serrano León reconoce que sí: “En algunos casos, funciona como una forma de manipulación emocional, consciente o no”. El dolor se convierte en un recurso para obtener atención, adhesión o incluso control relacional, lo que puede distorsionar vínculos y generar dinámicas de dependencia o culpa.

Impacto social

Además, el sadfishing puede tener un impacto social más amplio al trivializar problemas serios de salud mental. Serrano León lo explica: “Cuando el sufrimiento se convierte en contenido y se presenta de forma simplificada o performativa, se banalizan experiencias muy complejas como la depresión, la ansiedad o el trauma”. Esto puede reforzar estigmas y hacer que quienes realmente necesitan ayuda se sientan menos legitimados para pedirla. “Puede generar desconfianza y cinismo, haciendo que expresiones de malestar auténtico sean percibidas como interesadas”, añade.

En este escenario, influencers y creadores de contenido tienen un papel especialmente delicado. “Quienes tienen una gran audiencia deben ser conscientes del efecto modelador que ejercen”, afirma el psicólogo. Compartir experiencias traumáticas puede ser útil si se hace con contexto y responsabilidad, pero puede resultar dañino si se presenta de forma sensacionalista o repetitiva.

Las plataformas también tienen responsabilidad. Serrano León considera que “deberían implicarse más en la alfabetización emocional digital, ofreciendo recursos y advertencias cuando detectan contenido de alto impacto emocional”. Además, en su opinión, “las familias y las instituciones educativas, por su parte, pueden ayudar enseñando a diferenciar entre compartir y exponerse, fomentando habilidades de regulación emocional y promoviendo espacios de apoyo fuera de las pantallas”.

En una época en la que la emocionalidad se exhibe, se comparte y a veces se convierte en moneda social, el sadfishing revela tensiones profundas de nuestra vida digital. Más que preguntarnos por qué alguien decide mostrar su dolor en público, quizá convenga mirar qué vacíos emocionales quedan sin respuesta fuera de las pantallas. Y, sobre todo, pensar cómo construir entornos —online y presenciales— donde la vulnerabilidad pueda expresarse sin necesidad de convertirse en contenido.

 

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