La neuroarquitectura demuestra que los espacios influyen directamente en la salud y el bienestar

Cuando la arquitectura cura: el entorno como “medicamento” para la mente y el cuerpo

Estudios recientes han demostrado que los espacios mal ventilados o con mala iluminación pueden generar estrés, afectar la salud cardiovascular o incluso reducir la productividad. Pero también hay una cara luminosa: los entornos bien diseñados pueden ser terapéuticos. Como un medicamento al que estamos expuestos constantemente, el espacio puede curar o enfermar.

Por Redacción

18/03/2026
Interior de una vivienda con vistas a la naturaleza

Desde esta perspectiva, el entorno se convierte en un agente activo de bienestar. La luz natural, por ejemplo, no solo ilumina: regula nuestros ritmos biológicos, mejora el estado de ánimo y favorece la concentración. Los colores suaves, inspirados en la naturaleza, generan calma y seguridad. Las formas curvas y orgánicas invitan al descanso, mientras que los ángulos agudos pueden generar tensión. Los datos permiten diseñar entornos que no solo sean funcionales, sino emocionalmente inteligentes.

El jefe de Proyecto en el Laboratorio de Neuroarquitectura de la Universitat Politècnica de València (UPV), Juan Luis Higuera-Trujillo, explica que “la arquitectura del futuro será aquella que abrace sin complejos las posibilidades que ofrece la neurociencia.

Y no se trata solo de innovación tecnológica, sino de una revolución en la forma de pensar el diseño. Una arquitectura que no se impone, sino que escucha. Que no solo construye, sino que cuida”. Higuera-Trujillo se plantea una metáfora poderosa: el entorno como medicamento. Si estamos expuestos a él todo el tiempo, su efecto acumulativo puede ser enorme. ¿Y si ese medicamento fuera beneficioso? ¿Y si pudiéramos diseñar espacios que, en lugar de ser neutros o dañinos, fueran activamente terapéuticos?”.

En este sentido, la neuroarquitectura también tiene una dimensión ética. Si sabemos que el entorno afecta la salud mental, ¿no deberíamos diseñar espacios que la protejan? Si entendemos que la distribución de un aula puede influir en el aprendizaje, ¿no deberíamos repensar nuestras escuelas? Si sabemos que la vista a un jardín puede reducir el estrés en un hospital, ¿por qué seguimos construyendo muros grises?

La salud, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), no es solo la ausencia de enfermedad, sino un estado completo de bienestar físico, mental y social. Bajo esta premisa, el entorno urbano -donde pasamos más del 90% de nuestra vida- se convierte en un factor determinante de salud pública.

Las ciudades o pueblos, tradicionalmente diseñadas para la eficiencia o el crecimiento económico, están llamados a transformarse en espacios que promuevan activamente el bienestar.

No se trata únicamente de evitar los efectos nocivos del entorno -como la contaminación del aire o la falta de accesibilidad-, sino de diseñar espacios que actúen como verdaderos agentes terapéuticos. Se ha demostrado que el entorno construido puede provocar enfermedades cardiovasculares, respiratorias o inducir estrés crónico. Pero también hay evidencia de que ciertos entornos pueden reducir la ansiedad, mejorar el estado de ánimo y fomentar la salud mental.

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