La era Trump, bajo escrutinio
Gobernar a golpe de sobresalto
El primer año de Donald Trump en la Casa Blanca ha sacudido a fondo la política, la economía y la diplomacia estadounidenses. Su estilo de agitación permanente –improvisación, confrontación y ruptura de normas– se combina con una agenda proteccionista que ha tensado el comercio global y alterado cadenas de suministro bajo el lema America First. Mientras expertos alertan de un liderazgo que desafía los contrapesos del sistema, la política exterior ha virado hacia decisiones unilaterales, operaciones controvertidas y choques con organismos internacionales. Un año que abre un debate de fondo sobre si el país vive un nuevo paradigma o una anomalía que pone a prueba su democracia.
Por Pedro Fernández
Trescientos sesenta y cinco días después de su llegada a la Casa Blanca, el mandato de Donald Trump se vive como una sacudida constante. Lo que durante décadas fue un ecosistema político previsible –comunicados medidos, negociaciones discretas, consensos tácitos– ha dado paso a un estilo que irrumpe sin aviso y lo trastoca todo. Desde el primer día, la ruptura es evidente: comunicación directa, improvisación y confrontación marcan el ritmo. Los sobresaltos se suceden, los anuncios inesperados se encadenan y decisiones que antes habrían cruzado líneas rojas –cuestionar a los servicios de inteligencia, tensar alianzas históricas, desautorizar a su propio gabinete– forman ya parte de la nueva normalidad.
En este clima de incertidumbre, el exembajador español en Washington, Javier Rupérez, en declaraciones a Perfiles, interpreta el liderazgo de Donald Trump como un desafío profundo a las bases del sistema. Sostiene que el presidente actúa “con un estilo absolutamente totalitario”, guiado por una visión “excluyente de cualquiera que no esté en su línea de pensamiento”. A su juicio, lo que está en juego no es solo un cambio de tono, sino “la destrucción de la democracia estadounidense y la construcción de una sociedad blanca, anglófona y excluyente”.
Donald Trump concentra el relato, marca el ritmo y obliga a todos a reaccionar a su paso; es una figura que lo absorbe todo. En este escenario surgen preguntas inevitables: ¿avanza Estados Unidos sin una brújula clara o responde a una estrategia calculada? Lo cierto es que el presidente ha cambiado la forma en que el país se mira a sí mismo y cómo el mundo lo observa.
En este contexto de ruptura y desconcierto, el periodista y analista Juan Antonio Sacaluga, que llegó a ser jefe de Internacional en RTVE, observa el primer año de Trump con cautela. No ve un giro absoluto, sino una tensión constante entre la voluntad de ruptura del presidente y los contrapesos del sistema. A su juicio, “el establishment –empresas, intereses estratégicos, estructuras de poder– sigue frenando muchos de sus impulsos”.
Rupérez también rechaza la idea de que el mundo esté entrando en una transformación histórica acelerada: “Muchos de estos cambios son más aparentes que reales. El mundo cambia despacio, lo que vemos son ajustes, no un giro histórico”. Eso sí, cree que Trump impulsa más iniciativas que en su etapa anterior porque “ahora se ha rodeado de colaboradores más obedientes, lo que le permite desplegar una agenda más ambiciosa”.
America First
El analista sostiene que la ambición de Trump se refleja en “criterios autoritarios en el control de la inmigración” y en una “venganza política contra sus rivales internos”, ahora más dura que en etapas anteriores. En el plano económico, describe su política comercial como “irregular y utilizada como arma”, marcada por anuncios, rectificaciones y nuevos aranceles que, a su juicio, “rompen con los mecanismos institucionales del comercio internacional”.
Su relación con los organismos multilaterales sigue la misma lógica. “A Trump no le interesan esos pilares del orden liberal internacional; practica un America First oportunista y considera que su voluntad basta”, afirma.
Aunque Sacaluga reconoce que ha alterado su relación con el mundo, pero advierte que tiene límites: el país “no puede prescindir de la OTAN ni imponer unilateralmente sus intereses a potencias como China”. También rechaza vincular directamente a Trump con el auge de la extrema derecha, que atribuye a dinámicas internas, aunque admite que “su figura ha tenido cierto efecto”.
Donald Trump: “Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París”
Y sobre episodios como los de Mineápolis, es tajante: ve en Trump “un neoautoritarismo de tipo fascistoide basado en el oportunismo y en agitar el miedo a la inmigración”.
Rupérez coincide en la gravedad de estos hechos, que califica de “aberrantes”, y los atribuye a un clima que legitima la exclusión y lleva esas dinámicas “a todos los extremos”, con consecuencias preocupantes para la democracia estadounidense.
Economía proteccionista
La ruptura no se limita a la política o la comunicación; alcanza de lleno a la economía, donde Trump ha impulsado un giro igual de abrupto.
Trump ha puesto en juego “la destrucción de la democracia estadounidense”, advierte el exembajador español en Washington Javier Rupérez
Según diversos analistas, incluido el exministro de Asuntos Exteriores José Manuel García Margallo, ese viraje responde a tres grandes frentes económicos que la Administración considera críticos: “El déficit comercial, el déficit fiscal y la elevada deuda pública en manos extranjeras”. Su enfoque proteccionista prioriza la producción y el empleo internos mediante aranceles elevados –sobre todo a productos chinos–, presión a empresas para mantener o traer de vuelta su actividad y exigencias a compañías extranjeras para fabricar en EE. UU. si quieren acceder al mercado. Todo ello bajo el principio de America First, que busca reducir la dependencia exterior y reforzar sectores estratégicos como la energía, la tecnología y la manufactura.
La estrategia arancelaria buscaba convertir los aranceles en un instrumento de presión para renegociar acuerdos y forzar cambios en otros países. Pero, según la economista María Concepción Latorre con quien ha conversado Perfiles, los efectos iniciales fueron menores de lo previsto: “Muchas empresas adelantaron envíos antes de la entrada en vigor de las medidas, generando un repunte temporal de importaciones”.
Pasado el efecto inicial, explica el catedrático de Economía de Cunef Universidad Santiago Carbó, “el encarecimiento terminó afectando sobre todo a consumidores y empresas estadounidenses, mientras que muchas compañías europeas y chinas lograron absorber parte del coste con márgenes más amplios”.
Durante ese periodo, la Administración preparó aranceles del 25% al acero y del 10% al aluminio bajo la sección 232, lo que abrió tensiones con China, la UE, Canadá y México. Según Carbó, “aunque la medida protegió algunos empleos, perjudicó a industrias dependientes de insumos importados y frenó inversión y crecimiento”.
Latorre añade que “el mercado laboral empezó a desacelerarse, aunque menos de lo previsto, porque los efectos tardaron en sentirse” y “los beneficios en sectores protegidos no compensaron las pérdidas”. La escalada derivó en la guerra comercial con China, que afectó a importaciones por 283.000 millones de dólares y provocó represalias sobre 121.000 millones en exportaciones estadounidenses, en el mayor episodio de proteccionismo mutuo desde los años treinta.

Carbó señala que “estas medidas dañaron sobre todo a las empresas exportadoras, mientras que solo sectores como el acero o el aluminio obtuvieron beneficios temporales”. Los aranceles aplicados en 2018 y 2019 –unos 380.000 millones en productos– supusieron uno de los mayores aumentos impositivos en décadas. Carbó resume su efecto: “encarecieron productos, aumentaron costes y redujeron la integración económica”.
Latorre subraya que muchos socios comerciales evitaron una guerra arancelaria abierta, “lo que contuvo el daño al comercio internacional y evitó un deterioro mayor”. Aun así, advierte que es pronto para medir el impacto en sectores como el acero, el aluminio o la automoción.
Carbó sí ve efectos claros: “Incluso sin una escalada mayor, las cadenas globales de suministro ya se han alterado –China ha redirigido exportaciones y Canadá y México buscan nuevos proveedores–, reduciendo la integración económica de América del Norte”. Ambos coinciden en que la incertidumbre generada ha frenado decisiones empresariales, retrasado inversiones y reducido márgenes, dificultando mejoras de productividad.
García-Margallo recuerda a Perfiles que “hay premios Nobel de Economía que ya han declarado que los aranceles en última instancia los acaba pagando las empresas o los consumidores, y eso repercute en la inflación, en la subida de precios”.
La reciente operación en Venezuela “excede el marco de la Carta de la ONU”, vulnera la soberanía territorial y afecta a la inmunidad de un jefe de Estado, afirma el jurista Fernándo Val
En el plano macroeconómico, el primer año de Trump coincidió con una economía en expansión, lo que permitió presentar los aranceles como un renacimiento industrial. Pero, según Carbó, “ese dinamismo no venía del comercio, sino de sectores como el tecnológico, mientras que los aranceles actuaron más como freno que como motor”.
Política exterior
El primer año de Donald Trump ha supuesto una ruptura profunda en la política exterior estadounidense, marcada por un enfoque transaccional y un claro distanciamiento del multilateralismo previo. Bajo el lema America First, priorizó beneficios inmediatos para Estados Unidos mediante acuerdos bilaterales, presión económica y decisiones rápidas que desconcertaron a aliados y adversarios.
Esta lógica se vio en escenarios tan diversos como Venezuela, Groenlandia o Gaza, donde la diplomacia tradicional fue sustituida por intercambios directos y un desafío constante a normas establecidas.
El jurista Fernando Val recuerda que “ningún Estado debería estar por encima del Derecho internacional” y subraya que el uso de la fuerza solo es legítimo en casos muy excepcionales, como la legítima defensa o una autorización del Consejo de Seguridad. Actuar al margen de estas normas, advierte, “supone vulnerar el Derecho internacional vigente”.

Venezuela
En Venezuela, la política de Trump pasó rápidamente de la presión económica y diplomática a una intervención directa.
Las sanciones financieras y las restricciones al sector petrolero fueron el preludio de la operación militar del 3 de enero de 2026, que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico. Mientras Washington presentó la acción como un éxito, varios gobiernos latinoamericanos denunciaron una violación de la soberanía venezolana.
Desde el ámbito jurídico, Fernando Val afirma a Perfiles que la operación “excede el marco de la Carta de la ONU”, vulnera la soberanía territorial y afecta a la inmunidad de un jefe de Estado. Aunque el estatus de Maduro pueda debatirse, recuerda que “la inmunidad sigue siendo un principio sólido del Derecho internacional”. Aun así, advierte que este debate tendrá poco peso en el juicio: al juez “no le va a importar cómo ha llegado hasta el tribunal, sino los delitos que se le imputan”.
Para Val, el episodio revela un riesgo mayor: “Si las grandes potencias actúan guiadas solo por sus intereses, al margen de las normas básicas, el sistema internacional se acerca a un escenario donde prevalece la ley del más fuerte”.
Groenlandia y Gaza
El interés de Trump por comprar Groenlandia fue otro ejemplo de su enfoque geopolítico directo y transaccional. La propuesta, que no era inédita en la historia estadounidense pero sorprendente en las formas, motivada por razones estratégicas –tierras raras, recursos energéticos y el creciente valor del Ártico–, mostró su disposición a romper convenciones al plantearse sin preparación diplomática.
El jurista recuerda que “la anexión por la fuerza está absolutamente descartada en Derecho internacional” y que incluso una compraventa “solo sería válida si Dinamarca y la población groenlandesa la aceptaran libremente. No se trata de vender una roca helada, sino un territorio con una población que tiene derecho a la autodeterminación”, afirma. Además, subraya que la libre determinación “no es un adorno retórico, sino un principio que limita cualquier negociación sobre territorios autónomos”.
Para García-Margallo, este episodio encaja en un pulso geopolítico más amplio: “la pugna entre una potencia emergente, China, y una potencia dominante, Estados Unidos”, un choque que, advierte, será “total menos militar” y en el que “Europa corre el riesgo de quedar como simple espectadora, como está sucediendo con Oriente Próximo o Ucrania”.
En Oriente Medio, la política hacia Gaza se inscribió en una estrategia más amplia de reconfiguración regional. La Administración reforzó su alineamiento con Israel, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, aplicó sanciones a dirigentes de Hamás y recortó ayudas clave como la destinada a la UNRWA, además de suspender 200 millones de dólares en programas de desarrollo.
El exembajador Javier Rupérez lamenta que la ofensiva en Gaza haya sido “monstruosa” y “absolutamente desmesurada”, con el pleno apoyo de Estados Unidos. A su juicio, el enclave “ha quedado devastado en lo físico, lo económico y lo humano, en un escenario donde tanto los grupos islamistas como el Gobierno israelí han contribuido a una destrucción brutal”. Además, considera que la comunidad internacional, especialmente Naciones Unidas y Europa, debe “recuperar un papel activo para exigir respeto a los derechos humanos, impulsar la reconstrucción y reclamar contención a todas las partes”
Trump convierte cada decisión en un pulso global, con un liderazgo que rompe reglas con la misma facilidad con la que desarma consensos y desafía los límites del orden internacional
Retirada de la OMS
La salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se convirtió en uno de los gestos más simbólicos del giro unilateral del primer año de Trump.

Este proceso, reactivado en enero de 2025, se formalizó mediante una orden ejecutiva que atribuía la retirada a la “mala gestión de la pandemia surgida en Wuhan” y al “fracaso en adoptar reformas urgentes”, además de acusar a la organización de falta de independencia y de imponer “aportaciones injustamente onerosas” a Washington.
La OMS respondió lamentando la decisión y recordando que su labor es “detectar, prevenir y responder a emergencias sanitarias, incluso en zonas donde otros no pueden operar”. En un mensaje remitido a este medio, señaló que “EE. UU. se reservó desde su ingreso el derecho a retirarse con un preaviso de un año y que la notificación, registrada el 22 de enero de 2025, será tratada por la Junta Ejecutiva, mientras la Secretaría actúa conforme a las orientaciones de sus órganos de gobierno”.
Acuerdo de París
Que la mayor economía del mundo abandonara el principal marco multilateral contra el calentamiento global generó inquietud entre gobiernos, científicos y organismos internacionales. “Estoy cumpliendo mis promesas”, se defendió Trump, que justificó la retirada asegurando que “fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París”.
La decisión provocó críticas inmediatas en Naciones Unidas. El responsable climático, Simon Stiell, advirtió de que EE. UU. “renunciaba a una oportunidad económica histórica”, recordando que “el auge de la energía limpia –valorado en 2 billones de dólares el último año– es ya uno de los motores de crecimiento global. Ignorarlo, señaló, trasladaría esa riqueza a economías competidoras”.
¿Nuevo paradigma mundial?
Fernando Val advierte que las acciones impulsadas por Donald Trump “contribuyen al abandono del orden internacional basado en reglas y nos llevan a un mundo donde prevalece la ley del más fuerte”, algo que considera profundamente inquietante desde una perspectiva jurídica.
Recuerda además que, incluso ante abusos graves, la justicia internacional tiene un margen muy limitado: la Corte Penal Internacional no podría juzgar a un presidente estadounidense por crimen de agresión y, en otros delitos, la cooperación sería mínima. “Los tribunales dependen de la voluntad de los Estados, y esa voluntad desaparece cuando se trata de detener a un jefe de Estado de una superpotencia”, resume.
Javier Rupérez comparte el diagnóstico, pero eleva la alarma. A su juicio, lo que ocurre bajo Trump no es un episodio coyuntural, sino un cambio estructural que amenaza con desmantelar el sistema surgido tras 1945.
El diplomático vincula esta “situación grave” con episodios como la guerra en Ucrania o la intervención estadounidense en Venezuela, ejemplos de vulneraciones de integridad territorial prohibidas por la Carta de la ONU.
Rupérez va aún más lejos al anticipar las consecuencias geopolíticas si este rumbo se consolida. “Estaríamos contemplando una ruptura completa del orden internacional que, con todos sus defectos, ha evitado una tercera guerra mundial desde 1945”, señala. Recuerda que entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial solo pasaron veinte años, mientras que el sistema posterior ha garantizado casi nueve décadas de estabilidad relativa.
“La ruptura de ese orden puede devolvernos a un escenario de confederaciones débiles, sin capacidad de frenar agresiones. Las guerras mundiales surgieron de desequilibrios acumulados. No afirmo que vayamos hacia una tercera, pero tampoco lo excluyo. Por eso es fundamental la actitud de los países europeos”. “No quiero exagerar, pero sí veo una grave ruptura del orden internacional, y temo que esa ruptura vaya creando elementos que normalicen el recurso a la fuerza”, añade.
Por eso, Rupérez concluye con una advertencia: si no se defienden y refuerzan las normas básicas del orden surgido en 1945, el mundo podría encaminarse hacia un conflicto global.
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