Según un estudio del CSIC

La mortalidad asociada al frío cae casi un 90% en Madrid en 130 años

Madrid no afronta hoy los inviernos que soportaba hace más de un siglo. La ciudad, acostumbrada a episodios gélidos capaces de elevar la mortalidad durante semanas, ha experimentado una transformación profunda. Un análisis del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), publicado en Scientific Reports, muestra que el impacto del frío en la salud pública se ha reducido casi un 90% en 130 años. El calor extremo, sin embargo, mantiene un nivel de riesgo que apenas varía desde comienzos del siglo XXI.

Por A. G.

23/03/2026
El Ayuntamiento de Madrid y la Cibeles, bajo la nieve

El estudio revisa 1,9 millones de fallecimientos registrados entre 1890 y 2019 y revela una evolución marcada por cambios demográficos, progresos tecnológicos y variaciones climáticas que han redefinido la relación entre temperatura y mortalidad en la capital.

La caída del efecto del frío extremo es especialmente llamativa. Entre 1890 y 1899, los episodios más severos representaban el 2,2% de las defunciones. En el periodo 2010‑2019, ese porcentaje descendió al 0,3%. Las exposiciones moderadas siguieron un recorrido similar, pasando del 10,8% al 1% en el mismo intervalo.

“Este descenso fue especialmente evidente a lo largo del siglo XX. En las primeras décadas analizadas, la exposición al frío generaba efectos prolongados, con incrementos de mortalidad que podían extenderse durante varias semanas tras el episodio de frío. Sin embargo, en las décadas más recientes, estos efectos son más breves y de menor magnitud”, explica Dariya Ordanovich, investigadora del IEGD‑CSIC y autora del trabajo.

El aumento de la temperatura media en la ciudad –aproximadamente 2,2 °C desde finales del XIX– ha reducido la frecuencia de jornadas extremadamente frías. No obstante, los autores señalan que esa tendencia no basta para explicar una disminución tan pronunciada. La generalización de la calefacción, las mejoras en la salubridad, la expansión urbana y el incremento de la esperanza de vida han contribuido de forma determinante a reforzar la resiliencia de la población.

“Precisamente, nuestro estudio analiza cómo ha variado la vulnerabilidad de la población a temperaturas no óptimas a lo largo de las profundas transformaciones demográficas, urbanas y climáticas registradas en Madrid”, añade Diego Ramiro Fariñas, también investigador del IEGD‑CSIC.

Un comportamiento distinto ante el calor extremo

Cuando las temperaturas suben, el comportamiento es distinto. Las muertes asociadas al calor moderado han disminuido de manera significativa –del 1,8% al 0,6% en 130 años–, pero los episodios de calor extremo apenas han variado. El estudio detecta una reducción del 1,2% al 0,8%. Desde comienzos de los años 2000, el riesgo se mantiene cerca del 1%, sin retrocesos relevantes.

“A diferencia del frío, cuyos efectos pueden prolongarse hasta tres semanas, el calor presenta un impacto más inmediato, es decir, el incremento del riesgo se concentra en los primeros días tras la exposición”, añade Ramiro.

Para cuantificar estas dinámicas, los autores emplean Modelos No Lineales de Retardo Distribuido (DLNM), una herramienta estadística que analiza simultáneamente la intensidad térmica y la distribución temporal del riesgo. Este método permite calcular la temperatura de mínima mortalidad, un umbral que sirve como referencia para estimar las muertes atribuibles a condiciones no óptimas.

Una ciudad más envejecida en un clima más cálido

El comportamiento diferenciado entre frío y calor no puede desligarse de la evolución de Madrid. La población ha pasado de unos 470.000 habitantes a finales del XIX a más de 3,5 millones en la actualidad, con un envejecimiento notable: alrededor del 20% supera los 65 años. Este grupo, históricamente vulnerable tanto al frío como al calor, es clave para interpretar la persistencia del riesgo.

“Las personas mayores de 60 años han sido históricamente más vulnerables tanto al frío como al calor, y, por tanto, el progresivo envejecimiento de la población madrileña constituye un factor clave para interpretar la persistencia del riesgo asociado al calor extremo observada en el estudio”, apunta Ordanovich.

En paralelo, el calentamiento global ha transformado el clima local: la temperatura media anual supera en más de 2 °C a la registrada a finales del XIX, los días fríos intensos han disminuido y los veranos se han vuelto más severos desde la década de 1980.

El informe concluye que la adaptación de Madrid al clima ha sido compleja, influida por factores simultáneos (sociales, tecnológicos, demográficos y atmosféricos). “Aunque la ciudad ha reducido notablemente su vulnerabilidad al frío, se mantiene el riesgo asociado al calor extremo en un contexto de envejecimiento poblacional y mayor frecuencia de olas de calor, lo que refuerza la necesidad de mantener y adaptar las estrategias de prevención dirigidas a los grupos más vulnerables”, señalan los investigadores.

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