Se trata del único boxeador ciego de España

Los superhéroes existen, y José Peña es uno de ellos

El único boxeador ciego de España utiliza su fuerza para convencer, compartir e ilusionar sobre la capacidad de superación en la vida, mientras triunfa en los medios con su ejemplo y se erige en un pilar central del proyecto Imbatibles. Además, guarda un secreto que solo comparte con niños hospitalizados: para ellos, es Daredevil, el hombre sin miedo que reparte ilusión y golpes de esperanza.

Por Luis Gresa | Fotografía: Salva Castizo

10/04/2026
José Peña, boxeador ciego

José Peña se quedó ciego, de repente, cuando solo tenía 24 años y se preparaba para opositar a Policía Nacional, su mayor anhelo. En ese instante, la vida le dio un vuelco radical que ha sabido transformar con el tiempo en fuerza, pasión y bondad hasta convertirse en todo un referente por su capacidad y entrega para ayudar a los demás, especialmente a los más vulnerables. Es una fuente de ilusión y esperanza para los niños ingresados en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Un tipo tan duro en el ring como sensible fuera de él. Un protagonista fijo en el cartel del proyecto Imbatibles, de Fernando Díaz de la Guardia, con el que ha hecho un tándem perfecto para demostrar al mundo que, efectivamente, los superhéroes existen, aunque le cueste reconocerlo.

José quería ser policía desde que tuvo “uso de razón”, explica. Siempre le llamó la atención proteger y defender a los demás. De pequeño fue un niño feliz en las calles de su Isla Cristina (Huelva), le gustaba Superman y era amante del deporte. Con 12 años ya tiró el Real Betis de él para que jugara al fútbol en Sevilla. Todo cambió con 24 años, cuando se quedó ciego en un momento: “Fue un choque muy duro, algo bestial. Cuando un médico te dice que vas a perder la visión no te lo crees, sobre todo porque tenía mi futuro medio arreglado, tenía el sueño de mi vida (entrar en la policía) a muy pocos metros de alcanzarlo. Y aquella mañana me dio ese dolor tan fuerte de cabeza y apareció la ceguera. Me paralizó toda la parte izquierda de mi cuerpo, perdí la visión del ojo izquierdo total y me dañó la parte derecha del otro. Lo pasé muy mal, fue el peor día de mi vida”, confiesa.

Era a finales del 96. “Iba yo a comprar churros a Teresa, que hoy es mi mujer, y no pude llegar a comprarlos”, cuenta con naturalidad, sin el menor atisbo de emoción. “Cuando me desperté no veía nada”. Le diagnosticaron ceguera congénita.

A partir de ahí, entró en un mundo nuevo para él, la ONCE y sus profesionales, que le ayudaron en todo el proceso de rehabilitación: “Me ayudaron a manejar el bastón, a ser más autónomo, a hacer una de las cosas más increíbles que he hecho en mi vida, que es poder leer de nuevo y escribir en braille”, comenta orgulloso.

“Me cuesta más andar por la calle que el boxeo”, afirma José Peña

Superar el trance de una discapacidad tan limitante de forma inesperada no fue fácil. “Dentro de la frustración, dentro del luto, aprendí a decir: tengo que tirar para adelante. Aunque todo alrededor tuyo te está diciendo, ‘¡ánimo, tira hacia adelante!’, si no eres tú el que da ese paso, por mucho que te digan, no avanzas. Pero decidí avanzar. Me dije, bueno, he vivido la parte de ver, ahora voy a vivir la parte de no ver. Tiene que haber un mundo diferente u otro tipo de mundo y la verdad que me encuentro muy feliz con ella. La abracé y le dije, vamos a caminar juntos y hasta el día de hoy”.

Fuerza mental

José reconoce que la fuerza mental es decisiva ante este tipo de situaciones: “Con mucho esfuerzo lo conseguí, con mucha fe y corazón. Y a día de hoy, mi discapacidad no me impide hacer una vida, entre comillas, normal”.

En este momento del relato, tiene palabras de cariño para su perro guía Khaled, nombre de origen árabe, cuyo significado es El inmortal. “Es mis pies, mis manos, incluso mi vista, yo digo que veo a través de los ojos de cuatro patas. Es otra vida diferente, otra forma de vida, pero no me impide buscar mi sueño”, afirma.

“Te quedas completamente inmóvil, tuve que aprender a comer, a conocer dónde estaban las cosas que me ponían, los platos, las cucharas, los vasos. Tener un cálculo de las distancias. A todo eso me ayudó el deporte y cuando descubrí el boxeo me dio movilidad, autonomía, confianza en mí mismo”, cuenta con entusiasmo.  En el gimnasio, en un metro cuadrado, se mueve con soltura y seguridad.

Boxeo

Jonás Alonso es el dueño del M3 Fitness, en Camas (Sevilla), adonde José acude a diario desde hace cuatro años para mantenerse en plena forma. “Ya no es ninguna sorpresa ver a una persona ciega haciendo boxeo”, afirma. A su juicio, José es más exigente consigo mismo que su propio entrenador. “Yo hay veces que le digo: ‘Para un poquito, que no hace falta que entrenes tanto’, pero su pasión le puede”, reconoce.

Cada vez que llega, José encuentra el terreno ya diáfano de obstáculos en la zona de combate para que pueda desenvolverse con soltura. Primero calentamiento… Luego comba, el ejercicio imprescindible para el boxeador. Fue uno de sus mayores retos, la coordinación, poder bailar con la comba y cuadrar así su cuerpo; piernas, brazos y mente a la vez para permitir la combinación del golpe. Todo es estrategia y cálculo. Y después, tras medir la distancia con el saco, a darle golpes como si se tratara de una máquina. Esa rutina, que viene a durar una hora al día, mezclada con pesas y otros ejercicios de cardio, completa la rutina del púgil.

Del documental premiado en Nueva York a la televisión: la historia de José Peña inspira superación

“Disfruto mucho cuando me pongo con el saco, haciendo manoplas, haciendo combate —reconoce en un parón de esos golpes—. Es que llega un momento en que me olvido completamente de que no veo. Me cuesta más andar por la calle que el boxeo. La vida diaria es lo que más me cuesta. Quizá la falta de empatía o de humanismo que nos encontramos a diario”, lamenta.

El boxeador José Peña con guantes amarillos sosteniendo una barra en un gimnasio.

Boxeo vs. violencia

A su juicio, el boxeo es la antítesis de la violencia: “Cuando alguien habla de boxeo se acuerda de las películas de Rocky, pero el deporte de contacto es disciplina, es respetuoso con tu contrincante, es confianza, sacrificio —sigue contando a ritmo acelerado—. En la vida, para conseguir cualquier objetivo te tienes que sacrificar o poner al 200 % para conseguir los objetivos que quieres. El boxeo es igual, una disciplina deportiva igual que otra. Aquí trabajas a partes iguales cuerpo, alma y mente”.

“Preparamos nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra alma y una vez que consigas eso y lo tengas todo cuadriculado puedes conseguir cualquier objetivo que te marques en tu vida”, afirma convencido.

Comandante Lara

Ser el único boxeador ciego de España y tener la fuerza de voluntad que tiene José Peña pone el foco en él como referente de superación. Y él, seductor, se deja querer. Ha sido uno de los protagonistas dePeleamos, dirigido por el director Noel Gálvez y elegido mejor documental de 2024 a nivel deportivo en el Nueva York World Film. Se estrenó en cine en 2024 y actualmente está disponible en varias plataformas.

Pero Peña reniega de haberse convertido en un personaje a pesar de tanta sobreexposición. “Soy yo, no he creado nada”. Y de ahí a verse en diversos programas de televisión e, incluso, en Canal Sur Radio, compartiendo el show del comandante Lara.

El popular humorista afirma que “José Peña ha demostrado que es un bicharraco fuera de lo normal. Para mí es el número uno, un tío que está demostrando que es una persona hecha y derecha, un ejemplo de superación y yo le como las entrañas. Dentro de nada se convertirá en comandante como yo, ahora mismo es el mejor copiloto de España, pero se merece ya el título de comandante José Peña. Lo quiero mucho”.

Para Peña, practicar boxeo no es violencia: es disciplina, respeto y sacrificio al 200 %

Superhéroes Imbatibles

Después del documental, de triunfar en festivales de primer nivel y colaborar en medios de comunicación, José Peña se adentra en otro mundo nuevo (televisión y teatros) de la mano del periodista Fernando Díaz de la Guardia, al que la vida le dio otro vuelco inesperado con nombre y apellidos: el Síndrome de Ramsay Hunt, una enfermedad rara que le atacó al nervio facial y le apartó de la pantalla, pero le descubrió la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad.

Fue una lección aprendida en primera persona que ha transformado en Imbatibles (diálogos que se emiten en Canal Sur y teatros) como una forma de compartir con la sociedad esos ejemplos de superación.

Para Díaz de la Guardia, “la experiencia de Imbatibles” permite “vivir los testimonios de los grandes superhéroes que tenemos en este mundo”.  En cambio, a Peña le cuesta reconocerse como uno de esos héroes.

Contó su secreto a un niño con cáncer: “Yo soy Daredevil”. Así nació su misión más humana

“No sé hasta qué punto puedo sentirme como referente de la sociedad —se justifica José—. A lo mejor con mi relato estoy ayudando a que puedan cumplir sus sueños, porque creo que cuando persigues uno con esfuerzo, constancia, determinación y poniéndole corazón, los sueños se cumplen”.

El boxeador José Peña, con guantes amarillos, y una persona disfrazada del superhéroe Daredevil se enfrentan con los puños extendidos en un gimnasio.

Daredevil, el secreto

Todavía falta por contar otro papel protagonista de José como superhéroe. El pasado verano, paseando con su mujer y su hija, se le acercó un señor a saludarle. “¿Eres el boxeador de Imbatibles?, le preguntó. Y el duro del ring, el héroe del Imbatibles se vino abajo ante la emoción de lo que ese hombre le planteó.

Su hijo, de 13 años, estaba ingresado en el hospital Virgen del Rocío con tratamientos de quimio, era muy fan de los superhéroes, y le pidió que fuera a verlo. Y allí fue. Cogió al chaval, se le acercó al oído, y le contó un secreto. “No se lo puedes contar a nadie —le dijo ante el asombro del joven—. Esto es solo para ti y para mí. Yo soy Daredevil”. El hombre sin miedo.

Desde entonces, Peña acude con periodicidad al hospital sevillano para estar un rato con los pacientes oncológicos más pequeños del Infantil. “Gracias a ese niño conocí a verdaderos superhéroes”, resume. Después realizó más acciones para seguir visibilizando a los más vulnerables.

Todavía se emociona al recordar esa primera vez con el niño en el hospital. El duro en el fondo es un blando de corazón: “Me he vuelto muy llorón, sobre todo con los testimonios de niños, ahí no puedo expresar dureza, se nos ablanda el corazón”, dice sin reprimir la emoción como un valiente de los de verdad. Pero luego llega al ring y se transforma de nuevo, como solía hacer Superman.

El sensible se vuelve un rival implacable. Un radical en el cuadrilátero. “Esa es la parte del desahogo, la rabia, la impotencia, en el ring cambio totalmente”, reconoce.

El epílogo de este relato concluye con un mensaje de optimismo a personas que, como él, hayan perdido la visión o, de repente, la vida les da un revés inesperado. “Que no se vengan abajo, que tiren hacia adelante. Que soltemos más ‘te quieros’, más abrazos, que seamos más humanos, más sensibles con el prójimo, porque por circunstancias de la vida todos necesitamos seguir avanzando”, concluye.

Mañana volverá al gimnasio para machacarse, volver a ver y coger fuerzas para seguir haciendo la vida más fácil a los demás. Su lucha continúa. Los superhéroes nunca se rinden.

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