La teoría de la evolución por selección natural

Día de Darwin y la teoría que transformó nuestra comprensión de la vida

Cada 12 de febrero, el mundo conmemora el Día de Darwin, una fecha que recuerda el nacimiento en 1809 de Charles Robert Darwin, el naturalista británico que revolucionó para siempre la biología y, con ella, la forma en que la humanidad se entiende a sí misma. Más que un aniversario, es una jornada para celebrar la ciencia, el pensamiento crítico y la curiosidad que impulsó a Darwin a proponer una de las teorías más influyentes de la historia: la evolución por selección natural.

Por B. A.

12/02/2026

Mucho antes de convertirse en un referente universal de la ciencia, Darwin fue un niño soñador, solitario y profundamente observador que encontraba en la naturaleza un universo más coherente que la vida cotidiana. Sus horas explorando bosques, coleccionando insectos o imaginando mundos fantásticos no pasaron desapercibidas en su familia, aunque nadie sospechaba que esa creatividad silenciosa lo convertiría en uno de los científicos más influyentes del siglo XIX.

Aunque quiso ser médico, su fobia a la sangre y a las cirugías de la época —crudas y sin anestesia— lo llevaron a abandonar la carrera rápidamente. Sin embargo, su pasión por los seres vivos permaneció intacta. Durante su juventud, experimentó con pequeños animales, no solo observándolos, sino también practicando peculiares pruebas gastronómicas: se sabe que llegó a degustar búhos, halcones y tortugas, aunque antes los sometía a una curiosa técnica: quemarlos ligeramente con una plancha para “mejorar” su sabor, según anotó en sus diarios de estudiante.

El viaje del Beagle: la expedición que dio forma a una idea monumental

El punto de inflexión en la vida de Darwin llegó en 1831, cuando fue invitado a unirse como naturalista al viaje del HMS Beagle, un bergantín de la Marina Real Británica, encargado de realizar un levantamiento cartográfico por América del Sur y otras regiones del mundo. La travesía duraría casi cinco años y marcaría profundamente su pensamiento científico.

Curiosamente, Darwin estuvo a punto de no embarcar. El capitán Robert FitzRoy dudó de aceptarlo porque, según sus prejuicios fisiognómicos, la forma de la nariz de Darwin denotaba una personalidad “débil” y poco adecuada para una travesía tan dura. Afortunadamente para la ciencia, el capitán reconsideró su evaluación inicial y Darwin se convirtió en parte de la tripulación.

Durante aquel viaje, Darwin observó rocas, fósiles, plantas, animales y pueblos indígenas. Vivió tormentas, cruces de desiertos y escaló montañas que hoy llevan su nombre. De cada isla, cada valle y cada playa tomó notas detalladas, dibujos, especímenes y, sobre todo, preguntas. Preguntas que más tarde alimentarían una teoría que sacudiría los cimientos del pensamiento occidental: El Origen de las especies, un libro que abrió un nuevo capítulo en la historia de la ciencia.

La selección natural

En 1859, Darwin publicó ‘On the Origin of Species’ (El origen de las especies), obra que sentó las bases de la biología evolutiva moderna. En ella sostuvo, con una contundencia argumental basada en años de trabajo, que todas las formas de vida comparten un antepasado común y que las especies cambian con el tiempo mediante un proceso de selección natural: los individuos mejor adaptados al entorno sobreviven y dejan descendencia, mientras que los menos aptos tienden a desaparecer.

Esta idea no solo rompía con la creencia de que las especies eran inmutables, sino que también desafiaba profundamente las visiones religiosas de la época, al plantear que tanto los seres humanos como los animales provenían de un proceso natural y no de una creación independiente y divina.

La obra de Darwin fue polémica, celebrada, criticada… pero, sobre todo, trascendental. Y su influencia se extiende muy por encima del ámbito científico: cambió nuestra comprensión filosófica, cultural y hasta ética sobre la vida.

Alfred Russel Wallace: el otro padre de la teoría de la evolución

Aunque Darwin es la figura más emblemática de la evolución, no trabajó solo. Existe otro nombre fundamental: Alfred Russel Wallace, un naturalista autodidacta, aventurero y de origen humilde, que recorrió selvas en Brasil y el sudeste asiático para ganarse la vida vendiendo especímenes a museos europeos.

En 1858, mientras padecía malaria en Indonesia, Wallace tuvo una intuición brillante: concibió una teoría sobre el mecanismo que impulsaba la evolución. Redactó una carta detallada y se la envió directamente a Darwin. Al leerla, Darwin quedó sorprendido: Wallace había llegado independientemente a la misma idea en la que él llevaba dos décadas trabajando.

Ambos científicos presentaron conjuntamente sus conclusiones ante la Sociedad Linneana de Londres, aunque sería Darwin quien publicaría la obra más extensa y sistemática sobre el tema. Wallace aceptó el segundo plano con elegancia y respeto, manteniendo siempre una admiración profunda por Darwin.

A pesar de su relativa invisibilidad histórica, Wallace fue un hombre adelantado a su tiempo: defensor del sufragio femenino, crítico del colonialismo, socialista temprano, ecologista antes de que existiera ese término y además espiritista, una combinación que intrigó profundamente a sus contemporáneos.

Aunque durante más de un siglo su figura quedó eclipsada por la enorme proyección de Darwin, en las últimas décadas la comunidad científica ha reivindicado con fuerza el papel de Alfred Russel Wallace como cofundador de la teoría de la evolución por selección natural.

Su capacidad de desarrollar la misma idea que Darwin de manera independiente —y en condiciones mucho más precarias, enfermo de malaria en las islas del sudeste asiático— demuestra una lucidez científica extraordinaria. Wallace fue también un naturalista adelantado a su tiempo: pionero en la defensa del conservacionismo, crítico feroz del imperialismo europeo, defensor del sufragio femenino y uno de los primeros científicos en advertir que la actividad humana podía alterar de forma grave el equilibrio del planeta.

Hoy, museos, universidades y publicaciones especializadas reivindican su figura en exposiciones, reediciones y proyectos de investigación, lo que ha permitido situarlo al fin en el lugar que merece: como un igual de Darwin y un pensador imprescindible en la historia de la biología. Hoy, cada 12 de febrero, la comunidad científica reivindica cada vez más su papel como cofundador de la teoría de la evolución. Más de un siglo después de su muerte, Darwin no es solo un personaje histórico: es un símbolo del poder transformador de la ciencia. Sus ideas continúan influyendo en campos tan diversos como la genética, la biología molecular, la ecología, la medicina y la antropología.

Cada 12 de febrero, su nombre nos recuerda que la curiosidad puede cambiar el mundo, que las grandes respuestas requieren grandes preguntas y que el conocimiento es una aventura que nunca termina. Porque, como dijo Darwin, “en la larga historia de la humanidad, aquellos que aprendieron a colaborar e improvisar prevalecieron”.

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