Un comportamiento que conecta biología, historia y emociones
El beso, ese antiguo lenguaje social que usamos sin palabras
¿Acaso podría ser el beso más antiguo que la propia humanidad? Un estudio de la Universidad de Oxford sugiere que este gesto, tan cotidiano y cargado de emociones, surgió hace más de 21 millones de años en los ancestros comunes de humanos y grandes simios. Este comportamiento que conecta biología, historia y emociones, nos recuerda que la evolución no solo moldea genes, también modela gestos.
Por Refugio Martínez
Decía la poetisa Gabriela Mistral: “Hay besos silenciosos, besos nobles; hay besos enigmáticos, sinceros; hay besos que se dan sólo las almas; hay besos por prohibidos, verdaderos. Hay besos que calcinan y que hieren; hay besos que arrebatan los sentidos; hay besos misteriosos que han dejado mil sueños errantes y perdidos…”.
Pero lo que seguramente no sabía la poetisa es que también hay besos más antiguos que las palabras y que la prehistoria, besos que nacieron cuando los simios primitivos pisaban la faz de la Tierra. Y es que este gesto, que parece tan humano, es en realidad un fenómeno biológico y cultural que según las diferentes especies y civilizaciones ha tenido distintos significados.
Gesto de paz y vasallaje
En la antigua Roma, por ejemplo, el beso era un gesto legal para sellar contratos y en la Edad Media, símbolo de paz y vasallaje. En el arte, basta pensar en El beso de Gustav Klimt o en la escultura de Auguste Rodin para que esa caricia de labios sea elevada a icono universal.
La literatura también lo ha celebrado como protagonista indiscutible, desde los versos apasionados de Bécquer hasta los besos imposibles de Shakespeare. Pero todos estos ósculos, desde los más contractuales hasta los más ardientes son descendientes de aquellos que se dieron los primeros grandes simios cuando habitaron la Tierra allá por la era Cenozoica.
Cruzando océanos de tiempo
“Besar es un comportamiento realmente interesante”, reconoce Matilda Brindle, bióloga evolutiva de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Para decenas de sociedades y culturas es habitual y tiene un simbolismo de peso. Pero según explica la experta, no se había “puesto a prueba realmente desde una perspectiva evolutiva”, hasta ahora…
Para saber más sobre el origen de este gesto, un grupo de investigadores de la Universidad de Oxford ha realizado un estudio que analiza el origen del ósculo desde un punto de vista no antropocéntrico. “Esta es la primera vez que alguien adopta una perspectiva evolutiva amplia para examinar el beso”, afirma Brindle en el estudio que ha dirigido.
Los autores del trabajo, publicado en la revista científica Evolution and Human Behavior, definieron el beso como “un rasgo” y lo mapearon en el árbol genealógico de los primates. A partir de ahí, simularon millones de escenarios evolutivos para estimar si nuestros ancestros también practicaban este comportamiento.
El beso surgió en el ancestro común de humanos y simios hace entre 21,5 y 16,9 millones de años
Stuart West, coautor del estudio y profesor de Biología Evolutiva en Oxford, explicó que “al integrar la biología evolutiva con datos de comportamiento, podemos hacer inferencias informadas sobre rasgos que no se fosilizan, como el beso”. De esta manera, ha sido factible “estudiar el comportamiento social tanto en especies modernas como extintas”.
El especialista en comportamiento social y sexual en primates Fernando Colmenares, catedrático de Psicobiología y Etología de la Universidad Complutense de Madrid, reconoce para la revista Perfiles que, cuando se trabaja con rasgos y comportamientos conductuales como el beso, que no se han fosilizado, “uno tiene que hacer un ejercicio extra en muchos casos asociado a un nivel importante de especulación”.
Definición de beso
Los investigadores comenzaron por establecer la definición de la palabra beso como “contacto boca a boca no agresivo, sin transferencia de alimentos”. Atendiendo a esta acepción, los científicos tiraron del hilo evolutivo, hasta asumir que “este comportamiento surgió en el ancestro común de humanos y simios hace entre 21,5 y 16,9 millones de años”, apuntan los autores del trabajo. Además, el análisis determinó que existe “una probabilidad del 84% de que los neandertales también se besaran”.
Rompecabezas evolutivo
Más allá del origen del beso, una cuestión que trae a la ciencia de cabeza es la razón y el porqué de su existencia. Los investigadores no solamente reconocen que “todavía queda mucho trabajo para llegar a esclarecer las razones adaptativas”, en el estudio también queda patente el rompecabezas evolutivo que supone la supervivencia del beso a lo largo del tiempo.
Si en la naturaleza todo tiene una razón de ser encaminada a mejorar la adaptación de las especies, ¿qué explicación existe para los besos, cuando son grandes portadores de enfermedades? ¿Qué necesidad hay de besar, si puede ser una fuente directa de contagio que puede tener una contribución negativa para la supervivencia? A priori no parece que besar pueda ofrecer ventajas evolutivas claras y, sin embargo, ha persistido en muchas especies durante miles de años.
¿Cómo es posible que ese rasgo finalmente fuera favorecido por la selección natural? “Lo que se plantea siempre que aparece un rasgo de un comportamiento que originalmente no existía son las ventajas y los inconvenientes”, aclara Fernando Colmenares. “Hay que hacer un balance entre los beneficios y los costes, y si el beso existe es porque se asume que los beneficios han sido mayores que los costes”, afirma.
Si en la naturaleza todo tiene una razón de ser encaminada a mejorar la adaptación de las especies, ¿qué explicación existe para los besos, cuando son grandes portadores de enfermedades?
Función higiénica
En este caso concreto, el catedrático de la UCM apunta que los posibles beneficios de los contactos con la boca pudieron ser de carácter higiénico, asociados con la eliminación de los ectoparásitos. “La lengua hacía contacto con el pelo y con la piel del individuo al que se limpiaba de parásitos, de ahí esa función higiénica tan importante”, que además fortalecía los vínculos sociales, precisa Colmenares.
“Quizá como consecuencia de la pérdida del pelo, el beso evolucionó, a partir de esta versión, hasta llegar a la especie humana y se extendió su uso en otros contextos, de la misma forma que ocurrió con la concepción ancestral del sexo”, añade Colmenares.
Carácter social o reproductivo
Originalmente, el sexo tenía que ver exclusivamente con la reproducción, pero en aquellas especies filogenéticamente más cercanas a nosotros “surgieron otras funciones no reproductivas, de carácter social, y de establecimiento y mantenimiento del vínculo”.
A lo largo de la historia, el beso ha tenido otra utilidad muy clara: la selección de pareja. “Las personas pueden elegir, pueden encontrar una pareja más o menos atractiva en función de este comportamiento. El beso es un mecanismo extraordinariamente potente en la especie humana”, recalca el primatólogo.
Esta idea también está asociada con la emoción contraria, a saber: el asco. Al igual que el beso puede ser la fuente de una gran atracción sexual, también puede ser el causante de una profunda sensación de asco. Cuando el beso se nos antoja repulsivo, “es un rechazo que nos protege contra la infección, incluidas las enfermedades que se transmiten a través del contacto sexual”, comenta el primatólogo y catedrático de Psicobiología y Etología de la Universidad Complutense de Madrid.
Adaptable y versátil
Y contra todo pronóstico, el beso ha terminado siendo multifuncional y polivalente. “El curso de la evolución hizo que ese rasgo se fijase y se potenciase aún más, porque en la actualidad sirve para muchos más propósitos que el que originalmente lo promovió”, subraya el catedrático.
No se trata solo de juntar los labios, sino de establecer una forma de contacto íntimo que refuerza vínculos entre individuos. Un beso es, ante todo, un acto social cargado de significado, que sirve para comunicar confianza, afecto y pertenencia.
Desde este punto de vista, funciona como un lenguaje social, una herramienta de comunicación no verbal que cada sociedad adapta a sus propias normas. Su valor no reside tanto en la acción física como en el significado compartido que las personas le atribuyen.
Más que un simple contacto de labios, más que una connotación sexual y social, el beso es un relato que empezó mucho antes de que existieran las palabras. Es un puente entre naturaleza y cultura, entre instinto y emoción. Es un gesto tan antiguo como la historia de la humanidad que, sin embargo, sigue reinventándose en cada cultura y con cada historia de amor.
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