Salman Rushdie, escritor

“Es importante no enamorarse de la oscuridad del momento”

A Salman Rushdie no le gusta el siglo XXI. En él percibe cómo avanzan el tiempo y la historia mientras la humanidad retrocede. “Es triste que estemos así”, lamenta, en un momento que le recuerda peligrosamente a las Pinturas negras de Goya. De ahí que concluya que “oscuridad es la palabra que mejor define este presente”.

Por Rafael Olea | Fotografía: Rachel Eliza Griffiths

30/04/2026
Salman Rushdie, escritor

Salman Rushdie (Bombay, India, 1947) lamenta la deriva de la sinrazón y los fanatismos. Los ha vivido en propia persona. Y sufrido desde aquel aciago día de 1989 en que le condenaron a muerte por publicar Los versos satánicos y le ofrecieron una recompensa de tres millones de dólares por asesinarle, o tras ver los atentados contra quienes traducían sus novelas, o el que sufrió él mismo en 2022 y por el que perdió un ojo…

Por ello, Rushdie no tiene ningún reparo en mostrarse poco o nada optimista al analizar el presente: “Para describir este momento del siglo XXI usaría la palabra oscuro”. Precisa que “es triste ver cómo hemos llegado a este punto”, mientras advierte que “es importante no enamorarse de la oscuridad del momento”.

Sin embargo, no siempre tuvo esta visión. Recuerda que “cuando era joven, a finales de los sesenta, el mundo parecía mucho más esperanzador, más optimista”.

“Si miras la historia a largo plazo”, subraya, “ves que las sociedades pasan por distintas fases: a veces cambian a peor, pero también pueden cambiar a mejor”. Y para iluminar a este momento “oscuro” reclama un arma: la literatura y todo lo que esta puede aportar frente a la intolerancia.

“En tiempos difíciles, espero que la literatura sea una forma de aumentar nuestra comprensión de lo que está sucediendo”. Precisa que leer “puede ofrecernos nuevas formas de pensar, otras maneras de mirar la realidad”, afirma.

Los extremismos, sin embargo, son para el veterano y reconocido autor los grandes culpables de la oscuridad en la que vivimos. “Es como si el lenguaje se hubiera vuelto insuficiente para la comunicación”, y advierte que cuando esto pasa, es “un momento muy peligroso para cualquier sociedad”.

La polarización creciente le preocupa. Considera “alarmante” la división que hay en la sociedad estadounidense y que puede extenderse por el resto del mundo.

Su advertencia enlaza con el tono del libro. La frase final de La penúltima hora —“las palabras nos fallan”— podría leerse como un gesto de derrota, pero Rushdie insiste en que es, en realidad, “una advertencia”: un aviso de que la comunicación social se está quebrando y la palabra pública atraviesa un momento de tensión extrema. “Hay un abismo entre los bandos: un lado ni siquiera entiende lo que el otro está diciendo”, lo cual “señala que la comunicación dentro de la sociedad se está rindiendo”.

“Hay un abismo entre los bandos: un lado ni siquiera entiende lo que el otro está diciendo”

Censura y quema de libros

Uno de los ejes principales del discurso actual de Salman Rushdie es la censura. Tras décadas convertido en símbolo mundial de la libertad de expresión, observa con creciente alarma cómo resurge una nueva ola de prohibiciones de libros en escuelas y bibliotecas. Acaso, ¿estamos más cerca de los tiempos descritos por Ray Bradbury en Fahrenheit 451?

Rushdie lamenta y denuncia que, incluso, clásicos como Cien años de soledad, Las aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un ruiseñor han sido denunciados como inapropiados e, incluso, retirados de bibliotecas y centros educativos.

“El crecimiento de la censura es un problema muy grande”, advierte. Explica que, en algunos casos, “es suficiente con que un padre ponga una queja sobre un libro” para que se abra un procedimiento que puede “desembocar en su exclusión permanente” de una biblioteca escolar. Advierte que “tenemos que luchar contra esto. La libertad de expresión está recogida en la Constitución y estas prohibiciones van en contra de ella”.

Condena a muerte

Y lo dice un autor al que la censura ha marcado su carrera. En 1989, el ayatolá Jomeini emitió una fetua por la que condenaba a muerte a Salman Rushdie por su novela Los versos satánicos, al considerarla blasfema. Tras ella, varios colaboradores del autor fueron objeto de atentados: el traductor japonés Hitoshi Igarashi fue asesinado en 1991, mientras que tanto el traductor italiano Ettore Capriolo, en 1991, como el editor noruego William Nygaard, en 1993, resultaron gravemente heridos. Pese a que el régimen de Irán dejó de apoyar la fetua en 1998, la violencia volvió a golpear a Salman Rushdie cuando fue apuñalado durante una conferencia en Nueva York en 2022. Aquel atentado le provocó secuelas permanentes, incluida la pérdida de visión en un ojo y daños en una mano.

Tres años después del ataque que casi le cuesta la vida, Salman Rushdie ha vuelto a la ficción y recientemente ha publicado La penúltima hora (Random House), una colección de cinco relatos que supone su retorno a la ficción tras describir en Cuchillo el intento de asesinato que sufrió durante una conferencia en Nueva York.

“La literatura siempre ha sido el mejor medio para responder al mundo en el que vivo”, precisa el escritor.

“Oscuridad es la palabra que mejor define este presente”

Rushdie realiza en La penúltima hora una exploración del final de la vida, del legado y de la identidad, filtrada por historias donde conviven la violencia, el humor, lo fantástico y, cómo no, la realidad del mundo actual. Para ello, retoma escenarios y personajes de Hijos de la medianoche, entrelazando pasado y presente entre aquella novela de 1981 y el presente.

El autor también realiza un recorrido literario por los lugares que han sido su hogar —India, Inglaterra, Estados Unidos— y plantea preguntas sobre cómo nos despedimos de ellos, cómo se diluye la identidad cuando los territorios afectivos cambian y cómo se enfrenta un escritor a la “penúltima hora” de su vida. “A veces los escritores volvemos a territorios antiguos; este libro es un ejemplo de eso”, explica.

Los relatos presentan figuras diversas: dos ancianos criminales próximos al ocaso, un matrimonio atrapado entre música, magia y dinero, el fantasma de un académico inglés con ansias de venganza o una parábola sobre la libertad de expresión. Son historias breves, pero de una fuerte densidad simbólica, que indagan en la despedida, la vejez y la memoria. “En cierto modo, todos vivimos dentro de historias que siguen. Ese relato es una historia sin sentido porque la vida muchas veces también lo es”.

En el cénit de la vida

Rushdie se muestra interesado en cómo los artistas afrontan el tramo final de su carrera. “Ojalá la gente que venga después encuentre todavía algo que amar en lo que hemos escrito”, afirma. Menciona a Rembrandt y la diferencia entre su obra joven y sus autorretratos tardíos.

También destaca el caso de Picasso: sus últimas obras fueron ignoradas e incluso despreciadas en su momento, pero actualmente se están reevaluando al ser el resultado de toda una vida de experimentación.

Le interesa —afirma el escritor— observar cómo los creadores responden al final: “Con rabia o con serenidad”, aunque considera que ambas emociones pueden coexistir en un mismo individuo, y que a través de la literatura se puede reflejar esa complejidad.

“La naturaleza humana no es simple; es contradictoria, y eso también se refleja en cómo pensamos la muerte”, afirma.

Considera que “la cuestión de la muerte está muy ligada a la del más allá”, a la vez que advierte de que realmente no cree “en la vida después de la muerte, pero es una ficción útil”. Incluso, añade que “con los fantasmas pasa algo parecido: uno no cree en ellos, pero son muy útiles para la imaginación y para la narrativa”.

“La literatura puede ofrecernos nuevas formas de pensar, otras maneras de mirar la realidad”

“No escribo solo para los lectores presentes; también pienso en los lectores futuros”, afirma Rushdie, convencido de que “uno espera que la obra siga teniendo valor cuando nosotros ya no estemos”. Por ello, piensa “en los lectores de hoy, pero también en los que aún no han llegado”. Para él la literatura es y será un arma con la que los lectores futuros podrán encontrar claves para iluminar la oscuridad del momento presente.

Defensa del relato breve

Rushdie destaca que algunas de las mejores obras literarias de la humanidad son textos breves (como La metamorfosis de Kafka o Muerte en Venecia de Thomas Mann) y defiende que la condensación de texto también permite profundidad: “Los relatos cortos pueden ser algunas de las mejores ficciones del mundo, aunque sean breves. Un cuento es lo bastante largo para decir algo serio y lo bastante corto para ser leído con facilidad”. Esa idea es la base de La penúltima hora (ed. Random House), donde la economía narrativa se combina con una reflexión sobre la mortalidad.

Y aun en medio de este diagnóstico sombrío que realiza, Salman Rushdie introduce un matiz importante: su inquietud no apunta a una ruptura generacional, sino a algo más profundo. Lo que percibe —y lo que intenta advertir— es un clima que se oscurece, un mundo que le recuerda peligrosamente al que Goya inmortalizó en sus Pinturas negras. Ese paralelismo no es gratuito: la resonancia que encuentra en la etapa tardía del pintor, creada en un ambiente “más opresivo, más cercano a lo totalitario”, funciona para él como una imagen potente del presente.

La penúltima hora es un libro crepuscular, escrito por un autor que ha sobrevivido a un ataque brutal, que ha pensado largamente en su propia mortalidad y que, sin embargo, continúa trabajando con una imaginación intacta. Todo ello en un tiempo en el que —según él mismo— “las palabras empiezan a fallar”, una advertencia que atraviesa el libro y que define la fragilidad del momento que vivimos.

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