Memoria viva de la España del siglo XX
José Antonio Camposo: 104 años de historia
A sus 104 años, José Antonio Camposo es testigo y protagonista de un siglo convulso. De la infancia marcada por el hambre a la Guerra Civil, del Ejército a la Guardia Civil, de la investigación histórica a la pérdida de la visión… Su vida recorre buena parte de la historia reciente de España.
Por Cristóbal Angulo Rivero
La casa de José Antonio Camposo (Guájar Alto, Granada, 1921) es poco menos que un museo: reconocimientos y condecoraciones adornan las paredes, colman las estanterías. Algo natural, por otra parte, si se tiene en cuenta que, a sus 104 años, él mismo no puede sino considerarse un pedazo vivo de Historia. Cada día hace sus ejercicios para no atrofiarse, 150 elevaciones de brazos y piernas, y varios viajes por el piso en el que actualmente vive, en la localidad granadina de La Zubia.
Cabrero, guardia civil, conserje, investigador, esposo, padre, abuelo y afiliado a la ONCE, caben muchas vidas en el “siglo y pico” que sus ojos azules llevan mirando el mundo. Hoy nos invita a dar un paseo por ese trozo de Historia de España que da en llamar su biografía.
Nació en Guájar Alto (Granada) en 1921, que en 1970 pasaría a formar parte de la localidad de Los Guájares (compuesto por Guájar Alto, Guájar Faragüit y Guájar Fondón), y más de un siglo después, todavía recuerda retazos, desdibujados, de su más tierna infancia. Sirva el adjetivo tierna, lamentablemente, como una mera licencia poética, pues la experiencia de ser niño en un entorno rural en los años veinte del siglo pasado estaba lejos de ser un dulce cuadro costumbrista.
“Pasamos mucha hambre, pero se hacía lo que se podía”, subraya. Su primer recuerdo se remonta a una tarde, cuando contaba con apenas tres o cuatro años, en la que otro niño le hizo una herida fea en la cabeza con una cuerda atada a una piedra. “Eran otros tiempos, más brutos”, afirma. Con apenas unos años más, comenzó a dedicarse a labores del campo: “Tenía 50 cabras. Estaban a mi cargo. Las llevaba por allí. Las apañaba como necesitaban”, recuerda. Aunque sus palabras están impregnadas del cariño de la nostalgia, su vida como pastor distaba de ser bucólica: “Tenía mucha tarea siendo tan pequeño, pero las cuidaba”.
Guerra y postguerra
La Guerra Civil le pilló en zona republicana, y los poderes de aquel entonces le quitaron las cabras, dejándolo desamparado en aquel convulso tiempo. Llegó incluso a estar propuesto para ser fusilado con apenas quince años… Esos acontecimientos marcaron sus ideales políticos. Superada la guerra, pronto notó que Los Guájares no podían ofrecerle todo lo que necesitaba. Fue entonces cuando dio el salto al Ejército.
Ese “tiempo con uniforme” fue para él un honor, “siempre sirviendo a la Patria”. El amor a su país lo tuvo, durante tres años, intercambiando las diferentes compañías de ametralladoras del Ejército de Tierra. Un tiempo del que recuerda especialmente los desfiles: “Me encantaban, era un orgullo, pasear vestido junto a mis compañeros”.
Pese al cariño con el que recuerda su etapa en tropa, la vida en el regimiento tampoco era la prometida. “Un día un superior, sin razón aparente, me dio una paliza. Me rompieron varios huesos, estuve ingresado tres meses en el hospital. Fue una rabia muy grande, mi padre estuvo rondándolo para matarlo. Eran otros tiempos”, recuerda.
Pero el tiempo de José en el ejército no fue mucho más allá: pronto descubrió que, si quería formar una familia, tenía que buscar otra salida, una que pagara mejor. Fue entonces cuando la Benemérita llegó a su vida: entró en la Academia de Torrelavega (Santander) en 1944, y su primer destino fue Castuera, en Extremadura. “Nos mandaron allí, a mí y a los de mi promoción, a perseguir a los bandoleros que quedaban”, recuerda. De la tensión que se vivió en aquellos años, tanto en la sociedad en general como en el brazo armado del régimen en particular, evoca detalles, pero afirma, orgulloso, “que siempre obró por la ley y con un gran amor por España”.
Durante todo este periplo, Carmen, la que después fuera su mujer durante más de cincuenta años, lo esperaba con paciencia mientras daba clase en su natal Granada. “No la vi en dos años, pero aun así siempre se estuvo guardando. Era una mujer muy buena”, cuenta con ojos brillantes mientras se gira para intuir —hace tiempo que ya no los ve— los retratos de ambos que, colgados en las paredes, custodian la sala. De entre ellos destaca el poema que el mismo José Antonio compuso para su mujer como regalo de bodas de oro. “En el jardín de la vida, Carmela, recibimos sagrado sacramento...”, declama el poema de corrido, con el sentimiento del enamorado a quien la ausencia de la amada le parece una simple nota al pie.
Pero no siempre fue tan solemne en su amor. Recuerda las travesuras que por carta —aún quedaba para que el teléfono llegara al común de los mortales— hacía a su amada. “Una vez le escribimos remitiendo desde ultratumba, a modo de nota póstuma. No le gustó mucho. Pero es que otra, por el día de los Santos Inocentes, dije que después de dos años habíamos terminado. No se lo tomó muy bien, menos mal que le escribimos de vuelta inmediatamente”, dice hoy, aliviado. El suyo fue un matrimonio muy fructífero. De él salieron cuatro hijos que se decantaron por la educación como carrera. “Es lo que ella nos inculcó”, cuenta Paco, el menor de los hijos (hoy ya jubilado), “siempre le gustó enseñar, y lo siguió haciendo, aunque fuese a nosotros”.
Avión de Palomares
Casado en 1951, orbitó distintos destinos en la Guardia Civil, donde “tuvo que hacer lo que tocara”. Quizá el episodio más llamativo fue el intento de rescate, en 1966, de un avión norteamericano que se estrelló en el Mulhacén. El contingente, consecuencia del accidente de Palomares que en enero del mismo año afectara al municipio almeriense, terminó de manera trágica: un avión C-124 Globemaster II de carga, con sus 8 tripulantes, a 3.200 metros de altura. “No nos preguntaron, nos mandaron para allá inmediatamente. Era febrero, la nieve nos llegaba por las rodillas. No teníamos ropa más que el uniforme y una capa”.
La operación trató de mantenerse en secreto en un principio, y no fue hasta después que trascendieron los detalles. “Era terrorífico. Había un trozo de avión en un lado y a varios kilómetros el otro. Todo lo que pudimos traer fue un torso envuelto en plástico, cargado a la espalda. Había partes de humanos, trozos de metal, todo enterrado en la nieve. Eso me marcó, me emocionó y no sé cómo pude cumplir”, cuenta hoy, hablando libremente de ello. Pero el legado de José no está tan adscrito al servicio militar. A los 57 años volvió a cambiar de ocupación: pasó a ser conserje en el instituto Ángel Ganivet de Granada. Un cambio de tercio que reconoce como “refrescante” y que le abrió un nuevo campo en el que ahondar, la investigación.
Búsqueda de sus orígenes
La vida de José, feliz en lo general —cuatro hijos, con sus respectivos nietos y bisnietos dan fe de ello—, ha estado siempre atravesada por un gran pesar: no haber conocido a su madre. “Esa fue la gran pena de mi vida —intenta contar, a pesar de la emoción—, no saber quién fue. Ni mi padre ni mis tíos me quisieron decir mucho. Se la llevaron para enterrarla al otro Guájar (Fondón) y nunca supe nada más”.
Pasada la centena, y con la regresión que la senilidad trae sobre los primeros años de vida, José aún lamenta no haber tenido “una foto, al menos, para así haber soñado con ella”. Para él, este nuevo mundo de documentos, archivos y bibliotecas traía consigo una vía que nunca había considerado explorar: rastrear sus orígenes.
Las pesquisas de José empezaron entonces por él mismo y por lo que su nexo más obvio con el pasado, es decir, su apellido. Fruto de él reposa sobre la estantería un tomo grueso, encuadernado en piel, que reza Historia de los Camposo y un tapiz impreso en piel, pintado a mano, de un árbol genealógico que se remonta hasta 1600.
“Fui a partir de las actas de la Iglesia de Guájar Alto a todos los Archivos y bibliotecas que hizo falta. Y descubrí muchas cosas. Mi obsesión siempre fue revelar lo que está oculto”. Fue así como hizo el descubrimiento más grande, el verdadero nombre de su madre: Antonia Matilde de Haro, y su propio nombre completo, que era José Antonio y no José a secas, como siempre pensó.
“Descubrí muchas cosas, pero sobre todo investigué la historia” de su localidad, dice, con una mano sobre el libro que así lo atestigua, Los Guájares en la historia (Ayuntamiento de Los Guájares, 1995). Pese a ser reconocido por las instituciones locales varias veces como miembro destacado de la comunidad, José Antonio nunca se sintió cómodo en un pueblo que, con impulso cainita, nunca quiso reconocer su trabajo desinteresado. “Son personas apáticas, que nunca lo valoraron. Pero yo estoy contento porque lo hice por mi pueblo, no por ellos”, comenta más de 30 años después.
Pérdida visual
Fue por estas largas tardes y noches entre documentos ajados y retazos de un pasado lejano cuando la vista “se le gastó”. El diagnóstico fue claro: degeneración macular grave. Intentó operarse con un procedimiento experimental, pero la intervención le dejó con poca visión periférica y el centro quemado. Ahí conoció a la ONCE.
El Servicio Tiflológico, con algo tan sencillo como una telelupa, mejoró exponencialmente la calidad de vida de José, que llegado a este punto era un ratón de biblioteca. “Para mí fue una segunda vida. La investigación se había convertido en una ocupación a tiempo completo, y tener que dejarlo significaba apagarme. Pero con la ayuda de la ONCE seguí indagando, y averiguando”.
Desde la atalaya de sus 104 años, José, en general, no es tan catastrofista con la situación actual. “Ahora se vive mejor que antes. El resto es mentira. Los progresos se notan en cualquier sitio, aunque siga habiendo situaciones feas, hay más soluciones para que la gente tenga una vida más digna”. Recuerda los tiempos de hambre, de crispación de la Guerra Civil y entona una arenga para defender el Estado de Derecho: “Todavía estamos bien, pero quién sabe” sentencia.
La mirada de José, después de la mañana repasando su vida, vaga cansada por la estancia, sin ver. Pasea por las enseñas, los reconocimientos de una carrera dedicada a los demás, mientras pone distancia poco a poco. Sin embargo, una última pregunta lo hace aterrizar, de golpe, entre los mortales. “¿Y cómo quiere que lo recuerden?”, esgrimo, y sus ojos se centran, buscándome, mientras se cuadra en el sillón, firme como en pase de revista. “Como una persona luchadora, valiente cuando tocó, que se esforzó por servir a los míos y a la Patria”, afirma, con un pellizco de orgullo, antes de volver a irse.
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