El CIS analiza la percepción social del humor y la desinformación en España

La mayoría de los españoles se reconoce con sentido del humor y es consciente del impacto de los bulos

El estudio ’Desinformación y humor’ del CIS señala que el 93,6% de los españoles se identifica como una persona con sentido del humor y que el 75,4% reconoce su influencia en el estado de ánimo. Al mismo tiempo, la ciudadanía percibe más límites en el humor y expresa una amplia preocupación por la desinformación y su impacto en la democracia.

Por SGM | FOTOGRAFÍA: PEXELS

02/06/2026
Mujeres riéndose

El humor forma parte de la identidad colectiva en España. No solo como rasgo cultural, sino como una práctica diaria que atraviesa conversaciones, redes sociales y espacios de convivencia. Así lo refleja el estudio ‘Desinformación y humor’ del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que sitúa en un 93,6% a las personas que se consideran con sentido del humor.

Este dato no se queda en una autopercepción. La importancia del humor se traduce en su impacto directo en el estado de ánimo. Tres de cada cuatro personas reconocen que influye mucho o bastante en cómo se sienten, lo que confirma su papel como mecanismo de regulación emocional en un contexto social marcado por la incertidumbre y el ritmo acelerado de la información.

En paralelo, el humor se mantiene como un lenguaje común en la vida cotidiana. Más del 64% afirma que tiene mucha importancia en su día a día y su uso frecuente en las conversaciones supera el 65%. Esto sugiere que reír, ironizar o compartir referencias humorísticas no es solo entretenimiento, sino una forma de relacionarse y de interpretar la realidad.

Espacios para el humor

Sin embargo, este protagonismo convive con una transformación profunda en los espacios donde el humor circula. Las redes sociales se han consolidado como el principal canal, con un 38% de personas que las citan como su fuente habitual, por encima de la televisión o la radio. Este cambio no es solo tecnológico, sino también cultural, porque implica una exposición constante a contenidos que se difunden con rapidez y que, en muchos casos, mezclan entretenimiento e información.

Esa mezcla es precisamente uno de los puntos de tensión que plantea el estudio. El humor, en su capacidad para simplificar y amplificar mensajes, puede convertirse también en vehículo de desinformación. No de forma intencional en todos los casos, pero sí como parte de un ecosistema en el que los límites entre lo veraz y lo falso se difuminan.

El 86% opina que se debería regular y sancionar de forma más severa la
divulgación de informaciones falsas

De hecho, la percepción de la desinformación es abrumadoramente alta. La mayoría de los encuestados considera que en España circulan muchos o bastantes bulos, y una amplia mayoría cree que esta situación supone una amenaza para la democracia. No se trata solo de una preocupación abstracta. La desinformación aparece como un fenómeno cotidiano que afecta a la confianza en las instituciones y en los medios.

En este contexto, el humor ya no se percibe únicamente como un espacio de libertad. También se observa una creciente conciencia sobre sus límites. Más de la mitad de los encuestados estima que el humor está más limitado que hace una década, lo que apunta a una evolución en la sensibilidad social y en la percepción de lo que resulta aceptable.

El 55,5% cree que el humor está “algo o mucho más limitado” que hace 10
años, frente a un 37,1% que piensa que es “algo o mucho más libre”

Este cambio se refleja con claridad en los temas sobre los que se bromea. Una mayoría significativa expresa incomodidad ante chistes relacionados con cuestiones como el género o la inmigración. Este dato no solo habla de límites, sino también de una sociedad que revisa sus códigos y que ajusta el humor a nuevas formas de respeto y convivencia.

Al mismo tiempo, no existe una visión única sobre hasta dónde debe llegar el humor. Una parte relevante defiende que hay límites que no deben cruzarse, mientras otra considera que esos límites dependen del contexto, lo que introduce un elemento de complejidad en el debate. La interpretación del humor se vuelve así más situacional, más dependiente del momento, del espacio y del público.

La desinformación aparece como un fenómeno cotidiano que afecta a la confianza en las instituciones y en los medios

Esa incertidumbre tiene consecuencias prácticas. Casi la mitad de los encuestados reconoce que en alguna ocasión ha evitado hacer un chiste por miedo a ser malinterpretado. Este dato refleja una autocensura que no necesariamente supone un retroceso, sino que puede interpretarse como un ajuste a una sociedad más diversa y consciente del impacto de las palabras.

Los límites del humor y la libertad

La cuestión de la libertad es otro de los ejes centrales del estudio. Aunque una parte de la población considera que hay margen suficiente para hacer humor sobre cualquier tema, otra entiende que esa libertad no siempre está garantizada. Esta división revela un debate abierto en el que se cruzan valores como la expresión, el respeto y la responsabilidad.

En este escenario, las plataformas digitales adquieren un papel clave. No solo como espacios de difusión, sino como actores que influyen en la calidad de la información. Existe un amplio consenso en la necesidad de que estas plataformas cumplan principios para combatir la desinformación.

La demanda de regulación va más allá. Una mayoría clara considera que deberían establecerse sanciones más severas para quienes difunden informaciones falsas. Este dato evidencia una voluntad social de intervenir en un problema que ya no se percibe como marginal, sino como estructural.

La política aparece como el ámbito donde más desinformación se concentra. Este elemento conecta con la percepción de riesgo democrático y con la necesidad de reforzar mecanismos de verificación y transparencia.

En este punto, el humor desempeña un papel ambivalente. Por un lado, actúa como herramienta crítica, capaz de cuestionar discursos y de acercar la actualidad a la ciudadanía. Por otro, puede convertirse en un canal que simplifica en exceso o que contribuye a la difusión de mensajes ambiguos.

La combinación de humor y desinformación no es nueva, pero adquiere una dimensión distinta en el entorno digital. La velocidad de circulación, la viralidad y la falta de contexto convierten cualquier contenido en potencialmente influyente. En ese marco, distinguir entre sátira, ironía y manipulación se vuelve más complejo.

A pesar de estas tensiones, el estudio dibuja una sociedad que sigue valorando el humor como un elemento positivo. La percepción general de que España es un país con sentido del humor apunta a una continuidad cultural que resiste a los cambios.

Esa continuidad, sin embargo, no es estática. Evoluciona con los debates sociales, con los cambios generacionales y con la transformación del ecosistema mediático. El humor se adapta, se redefine y se negocia constantemente en función de las sensibilidades y de las normas implícitas de cada momento.

El reto, según muestran estos datos, no pasa por intentar fijar límites rígidos, sino por gestionar esa evolución de forma equilibrada. Esto implica reconocer el valor del humor como expresión cultural y, al mismo tiempo, abordar los riesgos asociados a la desinformación.

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