El escritor reivindica la mirada infantil como vía para cuestionar lo que damos por cierto y recuperar la curiosidad frente al mundo
Javier Sierra y el arte de hacer visible lo invisible
Para Javier Sierra, comprender el arte y la historia exige recuperar una mirada que el pensamiento adulto ha ido perdiendo: la del niño que todavía no sabe qué es imposible. Solo así —sostiene— se desvelan los misterios que normalmente pasan desapercibidos.
Por Rafael Olea | Fotografías: : Carlos Ruiz / Planeta
Javier Sierra (Teruel, 1971) lleva años defendiendo una idea incómoda para el pensamiento adulto: es la mirada del niño la que permite acceder a la verdad, precisamente porque carece de prejuicios. No porque sea ingenua, sino porque todavía no ha aprendido qué es imposible. El escritor ha compartido estas reflexiones en un encuentro literario con lectores ciegos, organizado por la ONCE junto con la División Editorial del Grupo Planeta y moderado por la periodista Natalia Santamarina.
En ese contexto, Sierra ahonda en que “de pequeños, lo real es muy distinto a lo que consideramos real de mayores. Aún no nos han educado en el carril de lo que existe y lo que no existe”. Para un niño, casi todo es posible; para un adulto, no. Ese aprendizaje (social, cultural, académico) tiene un precio. “A partir de cierta edad nos dicen que las hadas son cosas de niños, que eso no es verdad, y lo arrinconamos. ¡Qué equivocación!”, advierte.
Esa curiosidad innata de la infancia —la que impulsa a descubrir cada día algo nuevo del mundo— es la que el escritor se resiste a perder. “Es fundamental conservar la forma en que un niño observa el mundo; es algo que no quiero perder por nada”, afirma. Es esa mirada, libre de prejuicios, la que permite detectar lo que otros no ven y devolver al lector la curiosidad, la imaginación y la capacidad de formular preguntas.

Sierra traza una defensa de la imaginación como herramienta para revelar secretos en el arte, la historia y la realidad. Pone un ejemplo revelador: “Los grandes hallazgos de las cuevas rupestres los han hecho niños”. Incluso en Altamira, la llamada Capilla Sixtina del arte rupestre, el descubrimiento no fue obra del prócer Marcelino Sanz de Sautuola, sino de su hija de cinco años, María. “La niña sostiene un candil, levanta la luz hacia el techo y dice: ‘Papá, aquí hay toros’”. El padre duda. No por falta de inteligencia, sino por exceso de formación. “Había aprendido que el hombre de las cavernas no pintaba, no era artista”. La niña, en cambio, mira sin ese corsé. ¡Y descubre!
Visibilizar lo invisible
Ese impulso por descubrir lo oculto impregna toda su obra. Sierra reconoce que su trabajo ha consistido siempre en “intentar hacer visible lo invisible. Cuando me enfrentaba a los misterios del arte, la arquitectura o las antiguas civilizaciones, he dedicado toda mi energía a rescatar esos detalles que pasan desapercibidos y a convertirlos en algo a la altura de lo que llamamos realidad, que no deja de ser una convención”.
“Nosotros elegimos qué es real y qué no según vamos creciendo”, lamenta. Por eso, cuando se le pregunta qué pretende con sus libros, no duda: “Que el lector cambie la mirada. Que, a medida que pasa las páginas, descubra que lo que creía saber no era tan sólido”. No oculta su propósito: “Eso es lo que pretendo: quitarle los cimientos. Cuando se los arrebatas, vuelve a ser el niño curioso que necesita aprender”.
Reivindicación de la oralidad
Sierra valora la afición a la literatura que le han demostrado muchas personas ciegas, con quienes compartió estas reflexiones en el encuentro literario. “Contar, transmitir historias que a veces están en papel y transformarlas en sonido. Esa alquimia me fascina”.
“Creo que una persona que no puede ver tiene ventaja para entender lo que yo hago”, afirma. Lo puntualiza argumentando que “la vista es un sentido invasivo, lo ocupa todo. Nos hace olvidar el resto, y hay todo un universo detrás: olores, texturas, golpes de viento, silencios”. Se trata, explica el autor, de “un mundo de sutilezas que amplía la experiencia y la comprensión”.
Esa reivindicación del oído y de la voz conecta con otro de sus pilares: la oralidad. Desvela una clave suya en el proceso de creación: en las páginas difíciles se detiene y las relee en voz alta. “Ahí descubres dónde falla la frase, dónde no respira”.
Además, puntualiza que “el origen de la literatura es oral. Durante miles de años, las historias se contaron antes de escribirse”. La Ilíada, recuerda, con sus 15.000 versos, “se recitó durante siglos de noche siguiendo el firmamento. Las estrellas eran sus chuletas”, precisa. Cuando llegó la escritura, incluso hubo recelos: “Sócrates dijo que iba a arruinar la memoria del ser humano”, y añade con ironía que “si viera [el filósofo] estos tiempos, se quedaría espantado”.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que sintieran sus lectores, no habla de comprensión ni de aprendizaje. Habla de una reacción física: “Mariposas en el estómago”, afirma. Y tras ella, afán por aprender, “prisa por ir a ver esa obra de arte, visitar ese museo o comprobar si lo que he contado está ahí”. Porque, al final, todo conduce al mismo lugar: aprender a mirar otra vez. Convertir lo invisible en visible. Como cuando aún no sabíamos qué cosas podían o no existir. Como aquella niña que levantaba un candil y describía lo que veía, aunque nadie estuviera preparado para creerlo.
Acceso universal a la cultura
El encuentro con Javier Sierra se celebró en el marco de las actividades con las que la ONCE reivindicó, con motivo del Día Internacional del Libro, el acceso universal a la lectura como elemento clave de educación, cultura y ocio. La cita tuvo lugar en un encuentro literario con lectores ciegos, organizado por el Servicio Bibliográfico de la ONCE (SBO) junto a la División Editorial del Grupo Planeta, responsable de garantizar que la lectura sea un derecho real para todas las personas.
El SBO adapta libros y materiales a formatos accesibles —braille, sonido y relieve— y pone a disposición más de 87.000 obras a través de la Biblioteca Digital de la ONCE, accesible desde cualquier país gracias al Tratado de Marrakech. El encuentro, celebrado bajo el lema Leer nos hace iguales, fue moderado por Natalia Santamarina y contó con la participación de los lectores Mariano Fresnillo y Ana Bueno. La cita dio continuidad a los Encuentros Literarios de la ONCE, que en otras ediciones han contado con autores referentes como María Dueñas, Dolores Redondo, Sonsoles Ónega, Pilar Eyre, Javier Cercas o Lorenzo Silva, entre otros.

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