Incendios forestales

El coste de no actuar a tiempo

Los incendios forestales ya no son solo consecuencia del calor extremo. Detrás de cada gran fuego hay factores menos visibles, como la falta de inversión en prevención y la acumulación de combustible en los montes. Mientras la ciencia ya ha demostrado que prevenir es eficaz y rentable, los datos reflejan un modelo que sigue priorizando apagar incendios en lugar de evitarlos.

Por Refugio Martínez

14/07/2026
Bomberos avanzan entre las llamas durante un gran incendio forestal

Cada verano el fuego deja imágenes que parecen repetirse sin remedio. Miles de metros cuadrados devorados por las llamas que avanzan sin control, pueblos en alerta y un paisaje reducido a cenizas son protagonistas indeseados en los meses estivales. Sin ir más lejos, el año pasado, en España, el fuego volvió a devorar cerca de 100.000 hectáreas y, a escala global, los grandes incendios continúan aumentando en intensidad y frecuencia.

La explicación más inmediata apunta al cambio climático y, aunque no es incorrecta, tampoco es del todo exacta. Las temperaturas extremas, las sequías prolongadas y los vientos secos crean el escenario perfecto, pero los expertos advierten de la existencia de otras causas menos visibles que también contribuyen a aumentar los incendios.

Un estudio reciente, publicado en Science, subraya que “los incendios forestales han aumentado drásticamente en número, gravedad y extensión en las últimas décadas”. Pero también señala otro factor clave: la acumulación de combustible en los bosques.

Ese combustible —ramas secas, hojarasca, matorral— no aparece de la noche a la mañana. Es el resultado de años de falta de gestión forestal. Y ahí emerge una segunda causa, menos visible pero determinante: la insuficiente inversión en prevención.

Un informe elaborado por la Asociación Nacional de Empresas Forestales (Asemfo) sitúa la falta de prevención en el centro del problema al recordar que se trata de la “principal amenaza de nuestros montes, dentro de la región mediterránea”. Sin embargo, a pesar de esa evidencia, la mayor parte del esfuerzo económico sigue dirigiéndose a la extinción.

Avión anfibio descarga agua sobre un incendio forestal cercano a una zona habitada

Menos prevención

Esa prevención consiste en un conjunto de tareas complejas que buscan reducir el riesgo antes de que el fuego aparezca, tales como limpiar el monte, gestionar la biomasa, abrir cortafuegos, recuperar el pastoreo o incluso aplicar quemas controladas. Intervenciones discretas que, bien aplicadas, reducen la intensidad y la propagación de los incendios.

La prevención apenas representa el 1% del gasto forestal

Sin embargo, estas prácticas han perdido peso con el tiempo. El abandono rural ha dejado amplias zonas sin gestión, donde la vegetación crece sin control y el bosque, en lugar de ser un sistema controlado, se convierte en un espacio con gran acumulación de combustible, cada vez más vulnerable.

En España, la fotografía es clara cuando se analizan los datos. Según el estudio sectorial de Asemfo, la inversión total en el sector alcanzó más de 1.078 millones de euros en 2020, pero la destinada a prevención apenas supone una parte mínima dentro del conjunto.

El desequilibrio se aprecia con claridad al comparar que mientras la inversión media en prevención ronda los 18 millones de euros, en extinguir incendios se invierten casi 70 millones. En términos relativos, esto significa que la prevención apenas representa un poco más del 1% del total del gasto forestal, lo que evidencia cómo el sistema sigue orientado a actuar cuando el problema ya se ha desencadenado.

Detrás de esas cifras hay una lógica profundamente arraigada pues lo urgente se impone a lo importante. Apagar incendios ofrece resultados visibles, inmediatos, casi heroicos; en cambio, prevenirlos implica actuar en silencio y sin titulares.

La propia lógica del sistema contribuye a ello. Como explica el economista Matthew Reimer, uno de los autores del estudio publicado en Science, “los esfuerzos de extinción ofrecen resultados inmediatos y visibles, mientras que los beneficios de los tratamientos de combustible son tardíos, inciertos y difíciles de observar”. Esa diferencia de percepción condiciona las decisiones políticas y presupuestarias.

El resultado es un modelo desequilibrado en que se actúa cuando el fuego ya es incontrolable, pero no cuando todavía se puede evitar.

Prevenir funciona

A miles de kilómetros, en California, el problema ha seguido un camino similar, aunque con consecuencias aún más extremas. Durante décadas, la política forestal apostó por erradicar la prevención y con ello cualquier tipo de fuego controlado, incluidas las quemas prescritas que realizaban los pueblos indígenas de Norteamérica, que actuaban como una barrera natural frente a grandes incendios.

Un incendio forestal avanza entre los árboles rodeado de grandes llamas y humo

Año tras año, el combustible orgánico se ha ido incrementando hasta convertir los bosques en auténticos polvorines. Por eso, cuando el incendio llega, lo hace con una fuerza devastadora y con una virulencia incontrolable.

Por cada euro en prevención se ahorran casi cuatro en daños

Sin embargo, en los últimos años, la investigación científica ha permitido medir con precisión qué ocurre cuando se introduce la prevención en el sistema. El estudio liderado por Matthew Reimer, profesor de la Universidad de California en Davis (EE. UU.) ofrece datos contundentes: “Estimamos que los tratamientos del combustible reducen la superficie total quemada por incendios forestales en aproximadamente un 36%”.

La reducción no es solo cuantitativa. También cambia la intensidad del fuego y su capacidad destructiva. Allí donde el bosque ha sido gestionado previamente, el incendio pierde fuerza, avanza peor y deja menos daños a su paso. Pero quizá el dato más revelador del estudio es económico. Los investigadores calculan que “por cada dólar dedicado a quemas y clareo, la sociedad recupera otros 3,73 dólares”. Es decir, prevenir no solo es eficaz, sino también rentable.

Este enfoque, que combina eficacia ambiental y rentabilidad económica, refuerza la idea clave de que prevenir no solo reduce el impacto de los incendios, sino que también permite optimizar los recursos disponibles. Sin embargo, trasladar estos resultados a otros territorios, Estados o comunidades autónomas no siempre es sencillo, ya que cada región cuenta con sus propias dinámicas, tradiciones y modelos de gestión forestal.

Mirada distinta

En Europa, por ejemplo, la limpieza forestal, el pastoreo o las quemas prescritas forman parte del conocimiento tradicional y técnico, pero su aplicación sigue siendo limitada. Frente a esa inercia, la ciencia ha dejado de ser ambigua: la prevención funciona, reduce el impacto y, además, resulta rentable. Pero exige una mirada distinta, menos centrada en la urgencia y más en el largo plazo.

Los incendios son, en gran medida, la consecuencia acumulada de decisiones invisibles: presupuestos que no llegan, montes que no se limpian o prácticas que se abandonan, además de la dejación de labores en el campo y la despoblación. Cuando todo eso se combina con calor extremo y viento, el resultado es inevitable. Quizá el mayor desafío no sea técnico, sino cultural. Hay que cambiar la idea de que el problema empieza con el humo o de que el fuego llega cuando vemos las llamas. Hay que entender que el verdadero incendio se gesta mucho antes, en silencio, en la forma en que se gestiona —o se deja de gestionar— el territorio, porque ahí, en ese espacio donde todavía no hay fuego, es donde se decide todo.

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