Isabel Allende, escritora

“Si empiezo el día leyendo todas las brutalidades que ha hecho Trump, se me arruina”

La escritora Isabel Allende afirma que la polarización política y social en Estados Unidos le impide convertir la actualidad en ficción, denuncia la existencia de nuevas formas de censura en el ámbito educativo y advierte que limita su exposición diaria a la información sobre Donald Trump para proteger su proceso creativo. La autora realizó estas declaraciones durante la presentación de La palabra mágica. Una vida escrita (Plaza & Janés), un libro en el que reflexiona sobre el oficio literario.

Por Rafael Olea | Fotografía: Lori Barra

16/07/2026
Isabel Allende.

En plena convulsión política y social en Estados Unidos, su país de adopción, Isabel Allende observa el presente con desconfianza y reclama tiempo antes de convertirlo en literatura. Esa distancia, matiza, no equivale al silencio ni a la indiferencia. La escritora chilena —aunque nacida en Lima— admite que puede abordar historias concretas, casos reales, como el de una niña separada de su madre en la frontera, pero advierte de que una visión amplia de la realidad necesita reposo para ser contada. “No podría escribir una novela sobre lo que está pasando en Estados Unidos. No se puede escribir desde el ojo del huracán; para la literatura hace falta distancia”, afirmó durante la presentación de su nuevo libro: La palabra mágica. Una vida escrita (Plaza & Janés).

La autora alertó también sobre lo que define como “nuevas formas de censura” en Estados Unidos, especialmente en el ámbito educativo. Denunció recortes y vetos en universidades y colegios y advirtió de una tendencia a “borrar” aspectos centrales de la historia del país. “Se pretende borrar todo lo que tiene que ver con raza o derechos laborales”, sostuvo, aludiendo a un clima social cada vez más tensionado y polarizado. Para Allende, no se trata de un fenómeno aislado ni coyuntural, sino de una dinámica que afecta directamente al relato colectivo y a la transmisión de la memoria.

Censura y golpe de Estado

Esa preocupación conecta con su propia biografía. En La palabra mágica, Allende vuelve sobre la experiencia de la censura y la autocensura en Chile tras el golpe militar, la quema de libros y la intimidación a editores y periodistas, y establece un paralelismo con los nuevos vetos a la ficción y al pensamiento crítico. Lejos de presentar la represión como un punto final, la escritora insiste en una idea que atraviesa todo el libro: la censura, paradójicamente, suele reforzar el impulso de narrar y la necesidad de preservar aquello que se intenta silenciar.

La distancia que reclama para escribir es también, en lo cotidiano, una forma de protegerse del ruido. “No veo las noticias hasta la tarde, porque si empiezo el día leyendo todas las brutalidades que ha hecho Trump, se me arruina el día… y la noche”, confesó. A sus casi 84 años, Isabel Allende —la escritora viva más leída en lengua castellana— asume que ya no escribe con la inocencia de los comienzos. “La casa de los espíritus fue dictada, casi, desde el más allá. Nunca más volví a escribir así”, recordó sobre su primera novela, hoy convertida en serie audiovisual.

Disciplina y talento

Más allá del contexto político, la autora defendió una concepción exigente del oficio literario, basada en la disciplina y el trabajo sostenido. “La disciplina es más importante que el talento. Sin disciplina no se llega a nada”, afirmó. En su idea de la escritura, la célebre “habitación propia” no es un espacio físico, sino un lugar interior: un silencio mental desde el que escuchar la historia. “No se trata de acallar al mundo, eso es imposible, sino de encerrarse en la intimidad de la historia que se quiere contar”, escribe en el libro.

La palabra mágica. Una vida escrita es un volumen de no ficción de 200 páginas en el que Allende reflexiona sobre el oficio de escribir, la arquitectura narrativa y el poder de la palabra en un mundo atravesado por la polarización, la censura y el ruido constante. El libro desmonta el romanticismo del genio inspirado y reivindica el trabajo paciente: la curiosidad, la investigación, la verificación y la reescritura. La autora describe su método de documentación, basado en una organización minuciosa por temas y en el contraste de fuentes, y subraya que gran parte de lo investigado no aparece en el texto final, pero resulta esencial para construir un universo verosímil.

En esas páginas, Allende entra también en cuestiones técnicas como la elección del narrador, la construcción de los personajes y la búsqueda del tono. Explica que a menudo imagina que cuenta la historia en la cocina a una amiga para lograr una voz cercana y coloquial, y que, cuando duda, lee en voz alta hasta ajustar la emoción. “No escribo con un plan previo porque no sé lo que va a pasar. Lo descubro día a día en la intimidad con los personajes”, resume. Cada capítulo se cierra, además, con un apartado de consejos prácticos, concebido como una invitación directa a perder el miedo a la página en blanco.

El origen del libro está, en parte, en un curso de escritura que impartió para la BBC, una experiencia que la obligó a ordenar su propio método y a traducir en lecciones aquello que hasta entonces había sido, en gran medida, intuición. A partir de ahí, La palabra mágica se convierte en una suerte de clase magistral sobre cómo nace una historia, cómo se sostiene y cómo se cierra, sin ocultar las dudas, las repeticiones ni las incertidumbres del proceso creativo.

Juventud: más pantallas y menos literatura

En sus reflexiones, Allende vuelve también a dos ejes centrales de su trayectoria: la memoria y la lectura.La memoria es como la imaginación: con el tiempo transforma lo que ocurrió o incluso inventa lo que nunca pasó”, afirma, y define el realismo mágico no como una etiqueta literaria, sino como una forma de habitar una realidad múltiple en la que conviven intuición, recuerdos y emociones. Al mismo tiempo, expresa su preocupación por la pérdida del hábito lector entre los más jóvenes. “Hoy mucha gente joven tiene miedo a la página. Están acostumbrados a la pantalla y a lo resumido, y eso empobrece la relación con la lectura”, advierte.

La escritora se mostró igualmente crítica con el trato desigual que, a su juicio, recibe la literatura escrita por mujeres. Denunció que la crítica suele ser más dura con las autoras, especialmente con aquellas que alcanzan grandes cifras de ventas, y defendió a los lectores frente a ciertos prejuicios culturales. “Decir que un libro es malo porque lo leen millones de personas es una tremenda subestimación”, afirmó.

Al presentar La palabra mágica, Allende situó el libro en una etapa vital de balance. “Mis libros son mi única contribución; cada uno es una ofrenda que preparo con gran cuidado, con la esperanza de que sea bien recibida. Por eso, al acercarme al final de mi vida, me parece importante escribir sobre… escribir”, concluyó.

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