La ONU alerta del riesgo de olvidar sus consecuencias

Las heridas que dejaron más de 2.000 ensayos nucleares

Hubo un tiempo en que las explosiones nucleares formaban parte de la rutina del planeta. Durante los años más tensos de la Guerra Fría, desiertos, atolones remotos y extensas llanuras se convirtieron en escenarios de pruebas atómicas que apenas duraban unos segundos, pero cuyas consecuencias siguen presentes décadas después en la salud de miles de personas y en territorios marcados para siempre por la radiación. Para evitar que aquella historia caiga en el olvido y recordar el coste humano y ambiental de unas pruebas que dejaron más de 2.000 detonaciones nucleares en el mundo, Naciones Unidas instauró el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares, que se conmemora cada 29 de agosto. Mantener viva esa memoria es precisamente el objetivo de una jornada que no solo recuerda el pasado, sino que también pretende evitar que vuelva a repetirse.

Por Refugio Martínez

29/08/2026
Imagen de una detonación nuclear donde se forma el característico hongo después de la explosión.

La decisión de dedicar un día internacional a los ensayos nucleares no surgió por casualidad. Después de décadas de explosiones atómicas repartidas por distintos rincones del planeta, la Organización de Naciones Unidas (ONU) asumió que el recuerdo de sus efectos no podía quedar relegado a los libros de historia. Por eso, en 2009, la Asamblea General aprobó por unanimidad la resolución que instauró el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares para recordar que la amenaza no desapareció con el final de la Guerra Fría.

Esta iniciativa fue impulsada por Kazajistán para conmemorar el cierre del polígono de Semipalátinsk, el 29 de agosto de 1991. Este lugar fue el principal campo de pruebas nucleares de la antigua Unión Soviética y uno de los mayores del mundo, donde se realizaron más de 450 ensayos nucleares entre 1949 y 1989.

La ONU sostiene que la conmemoración sigue siendo necesaria porque las tragedias humanas y medioambientales resultantes de los ensayos nucleares continúan siendo una lección vigente para las generaciones actuales. Y cada 29 de agosto, el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares invita precisamente a mirar hacia las víctimas que rara vez ocupan titulares.

"Hoy día, corremos el riesgo de olvidar lo que aprendimos de lo que sucedió en 1945"

El mensaje es especialmente relevante en un contexto internacional marcado por nuevas tensiones geopolíticas. En la página oficial del Día Internacional contra los Ensayos Nucleares, la organización recuerda unas palabras de su secretario general, António Guterres, quien alertó de que "hoy día, corremos el riesgo de olvidar lo que aprendimos de lo que sucedió en 1945".

En su mensaje con motivo del Día Internacional contra los Ensayos Nucleares de 2026, Guterres subraya que las víctimas de las pruebas nucleares constituyen "una advertencia" para el presente y no solo un recuerdo del pasado. En un contexto de tensiones geopolíticas, división y desconfianza, sostiene que el mundo no debe volver a presenciar una explosión nuclear y reclama a los Estados poseedores de armas nucleares que mantengan las moratorias vigentes y faciliten la entrada en vigor del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares. "Las pruebas nucleares no demuestran fortaleza. Destrozan la confianza, alimentan una carrera armamentística nuclear y traicionan a las comunidades que siguen sufriendo el legado de las explosiones del pasado", afirma Guterres.

El cambio de rumbo

Durante décadas, las pruebas nucleares fueron presentadas como una herramienta estratégica en el marco de la carrera armamentística. Sin embargo, conforme aumentaban las evidencias sobre sus consecuencias para la salud humana y el medio ambiente, también crecía la presión internacional para ponerles fin. La preocupación de científicos, organizaciones civiles y gobiernos acabó impulsando uno de los mayores esfuerzos diplomáticos en materia de desarme de la segunda mitad del siglo XX.

Ese cambio cristalizó en 1996 con la apertura a la firma del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN). Para Naciones Unidas, el acuerdo marcó un antes y un después y reconoció que "hemos pasado de más de 2.000 ensayos nucleares entre los años 1945 y 1996 a una decena desde que el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares fuera aprobado.

Sin embargo, la ONU reconoce que, pese a los avances logrados, "los desafíos persisten". El motivo es que el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, aprobado hace ya tres décadas, todavía "no ha entrado en vigor".  La razón no es la falta de respaldo internacional. De hecho, 185 Estados han firmado el tratado y 178 lo han ratificado.

El problema es que el acuerdo establece como condición excepcional para su entrada en vigor que todos los países que en 1996 disponían de reactores o tecnologías nucleares relevantes debían ratificarlo previamente. Tres décadas después, la situación es diversa. Estados Unidos, China, Israel, Irán y Egipto firmaron el tratado, pero aún no lo han ratificado. Otros países con capacidad nuclear, como India, Pakistán y Corea del Norte, ni siquiera lo han firmado.

Detrás de estas posiciones se encuentran consideraciones estratégicas y rivalidades regionales que siguen condicionando la política internacional. Algunos Estados sostienen que no deben asumir nuevos compromisos mientras sus adversarios mantengan o modernicen sus capacidades nucleares. Otros vinculan cualquier avance a progresos más amplios en materia de desarme.

El resultado es una paradoja que Naciones Unidas lleva años denunciando, pues si bien es cierto que el principal tratado destinado a prohibir definitivamente los ensayos nucleares cuenta con un apoyo casi universal, también lo es que sigue sin reunir los requisitos necesarios para convertirse en plenamente vinculante.

Pese a ello, Naciones Unidas considera que el acuerdo ha tenido efectos concretos y, aunque no haya entrado formalmente en vigor, el acuerdo ha contribuido a consolidar un amplio consenso mundial contra los ensayos nucleares y ha convertido cualquier nueva prueba en un hecho excepcional y objeto de fuerte condena internacional.

En la actualidad, las tensiones geopolíticas han devuelto el debate nuclear a la agenda internacional. “Hago un llamamiento a todos los Estados que posean armas nucleares para que mantengan las moratorias existentes y actúen para que el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares entre en vigor sin demora”, ha manifestado el secretario general de la ONU.

Dibujo de una bomba sobre un fondo rojo y atravesado por una raya como símbolo de prohibición.

Detrás de las resoluciones internacionales, los tratados y las negociaciones diplomáticas existen lugares concretos donde las consecuencias de los ensayos nucleares siguen siendo visibles. Semipalátinsk es probablemente el ejemplo más representativo. Su historia permite comprender por qué Naciones Unidas considera necesario seguir recordando el impacto humano de aquellas explosiones.

Más de 450 bombas

En medio de la estepa kazaja, Semipalátinsk, situado en Kazajistán, fue durante cuatro décadas uno de los principales escenarios de pruebas de la Unión Soviética. Allí se realizaron más de 450 explosiones nucleares, algunas atmosféricas y otras subterráneas, mientras miles de habitantes continuaron viviendo en localidades cercanas sin conocer plenamente los riesgos a los que estaban expuestos.

La imagen más reconocible de un ensayo nuclear es el hongo atómico. Sin embargo, para los expertos, el verdadero impacto comienza cuando la explosión ya ha desaparecido del horizonte. La lluvia radiactiva contaminó suelos, cultivos, aguas y cadenas alimentarias. Lo hizo en Kazajistán, pero también en las Islas Marshall, en la Polinesia Francesa, en Nevada y en otros territorios utilizados por las potencias nucleares durante el siglo XX.

Los estudios realizados en las zonas afectadas han documentado una mayor incidencia de determinadas enfermedades, entre ellas varios tipos de cáncer y patologías asociadas a la exposición prolongada a la radiación. A ello se suma la preocupación por posibles efectos genéticos transmitidos entre generaciones, una cuestión que continúa siendo objeto de investigación científica.

Una realidad muy presente

Aunque Semipalátinsk se ha convertido en uno de los símbolos más conocidos de la era nuclear, no es un caso aislado. Las secuelas de los ensayos atómicos se extienden a otros territorios y continúan alimentando un debate que sigue vigente décadas después del final de la Guerra Fría. Para Naciones Unidas, el legado de estas pruebas no puede considerarse una cuestión cerrada.

Por eso la ONU insiste en que la cuestión no pertenece únicamente al pasado. En la resolución que sustenta esta jornada internacional se subraya la necesidad de poner fin a los ensayos para evitar efectos "devastadores y perjudiciales para la vida y la salud de las personas y para el medio ambiente".

La evolución tecnológica no ha eliminado el peligro; simplemente ha aumentado su capacidad de devastación

La advertencia resulta especialmente relevante porque, según Naciones Unidas, "las armas atómicas contemporáneas son cada vez más poderosas y destructivas". Y es que la evolución tecnológica no ha eliminado el peligro; simplemente ha aumentado su capacidad de devastación. Por eso el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares no se plantea únicamente como una conmemoración histórica. También es un ejercicio de memoria.

La ONU va incluso más lejos al afirmar que "nada contribuiría más a evitar una guerra nuclear o la amenaza del terrorismo nuclear que la eliminación de los ensayos nucleares". A juicio de la organización, "el final irreversible de las explosiones nucleares es la única manera de prevenir el desarrollo futuro de las armas nucleares".

Las explosiones cesaron en Semipalátinsk hace décadas. El silencio regresó a la estepa. Pero para muchos de sus habitantes, y para otras comunidades marcadas por la radiación en distintos rincones del mundo, el final de los ensayos nucleares no significó el final de sus consecuencias. El estruendo desapareció. La huella, no. Y mientras subsista la amenaza nuclear, tampoco desaparecerá la necesidad de recordar lo que ocurrió cuando el planeta utilizó ciudades, desiertos y océanos como laboratorios para perfeccionar su capacidad de destrucción.

 

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