Sergio Ramírez, escritor y académico

“La escritura es un acto de valentía”

De apátrida a académico de la lengua. Sergio Ramírez pasó de ser castigado por el régimen nicaragüense por sus críticas a convertirse en una de las nuevas voces de la Real Academia Española. El escritor habla sobre exilio, libertad de expresión y literatura mientras presenta una novela que vuelve la mirada a las heridas abiertas de Centroamérica.

Por Pedro Fernández | Fotografía: Daniel Mordzinski

07/09/2026

En 2023, Sergio Ramírez descubrió hasta dónde puede llegar un régimen para silenciar a un escritor: le retiraron la nacionalidad por una novela crítica y por denunciar la represión de 2018. De un día para otro, pasó a ser apátrida. Desde entonces vive en un exilio que ha marcado su mirada y su escritura. Desde España reconstruye, a distancia, un país al que no puede volver y asume el peso de ser una de las pocas voces capaces de contar lo que ocurre en Nicaragua. Ese trayecto —entre miedo, vigilancia y autocensura— contrasta con su presente: acaba de ser elegido para la silla L de la Real Academia Española, un reconocimiento que, dice, le ha permitido encontrar un lugar estable en la vida cultural española.

Al mismo tiempo publica una nueva novela que retoma a Morales y doña Sofía para explorar el exilio, la corrupción y el tráfico de migrantes desde un thriller que dialoga con la memoria reciente de Centroamérica. Entre la pérdida de un país y la conquista de otro espacio cultural, el escritor reflexiona aquí sobre identidad, literatura y resistencia.

En 2023 el régimen Ortega-Murillo le retiró la nacionalidad nicaragüense, dejándolo apátrida hasta que obtuvo otras ciudadanías. ¿Qué significa para un escritor —y para un ciudadano— que su propio país le niegue legalmente la pertenencia?

Es una experiencia extrema. Incluso las dictaduras más duras rara vez han declarado apátridas a escritores o disidentes. En mi caso, fue una represalia directa por un libro cuyo escenario era la rebelión juvenil de 2018, reprimida por el gobierno con más de 400 jóvenes desarmados asesinados. Primero prohibieron la obra, luego me acusaron de traición y, meses después, me quitaron la nacionalidad.
Es un ejemplo de cómo el poder absoluto reacciona frente a la libertad creativa: no porque tema a la literatura, sino por un impulso de castigo y escarmiento. En Nicaragua cualquier voz crítica —periodistas, escritores, ciudadanos— es silenciada o expulsada.

"El exilio te obliga a mirar tu país desde un mirador lejano"

Y sirve como advertencia para los que vienen después.

Eso es. El objetivo es imponer el silencio. Hoy, dentro de Nicaragua, la gente no se atreve a escribir una novela ni a compartir un simple retuit crítico, porque el castigo puede ser tan simple y tan brutal como impedirte volver a entrar en tu propio país.
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Sergio Ramírez.
Sergio Ramírez.

¿En algún momento sintió miedo real de que quedarse en Nicaragua pudiera costarle la libertad o incluso algo más?

El miedo fue real desde 2018. Aquel año, mientras recibía el Premio Cervantes, denuncié públicamente la masacre que estaba ocurriendo en mi país. Ese gesto me colocó en una posición muy clara frente al régimen. Volví a Nicaragua, pero entre 2018 y 2021 viví en un clima de tensión constante: la represión continuaba, la pandemia agravó todo y, cuando llegaron las elecciones, el gobierno encarceló a todos los aspirantes opositores y los expulsó del país. Después vino la retirada de la nacionalidad. Fue un proceso escalonado de castigo y silenciamiento que dejó claro que quedarse allí podía costar la libertad.

El exilio te obliga a mirar tu país desde un mirador lejano

¿Cómo ha transformado ese exilio su manera de mirar el mundo y de escribir, y qué heridas o aprendizajes han quedado de ese proceso?

El exilio te obliga a mirar tu país desde un mirador lejano. Desde España, Nicaragua aparece como un territorio casi invisible: sin prensa libre, sin corresponsales y con la información reconstruida desde el exterior gracias a periodistas expulsados y a una red clandestina dentro del país. Esa distancia te deja fuera del pulso diario y te obliga a trabajar con dos herramientas esenciales: la memoria y la imaginación. Escribir desde lejos significa reconstruir un país que ya no puedes pisar, y es especialmente difícil cuando intentas narrar su historia más reciente.

¿Podría ayudar mantener una comunicación constante con amigos o familiares?

Podría, pero es muy difícil comunicarse con los familiares y con los amigos, porque hay que tener mucho cuidado con las llamadas telefónicas o con las redes. Ellos pueden sufrir las consecuencias.

No hay que olvidar que la escritura es un acto de valentía: se corre mucho riesgo

A lo largo de los años, su manera de enfrentarse a la escritura ha cambiado tanto como el mundo que lo rodea. ¿Siente que hoy escribe con una libertad más plena o, por el contrario, con el peso de una responsabilidad que a veces puede convertirse en autocensura?

La primera batalla es no caer en la autocensura. No solo frente al régimen nicaragüense, sino ante cualquier tentación de suavizar lo que uno escribe para no incomodar. Es una pendiente peligrosa: si te dejas llevar, acabas sin decir nada por miedo a todo. Por eso, siempre he intentado resistirla, dentro y fuera del país.

Sigo escribiendo con la responsabilidad que me impuse: ser una voz de un país donde casi no quedan voces con eco. No hay que olvidar que la escritura es un acto de valentía: se corre mucho riesgo; cuando denuncias abusos de poder, te colocas una diana. Lo vemos en toda la región: en El Salvador, la redacción de El Faro trabaja desde el exilio; en Guatemala, fiscales y jueces independientes también han tenido que huir. Ese es el contexto en el que uno escribe hoy.

¿La gente está dispuesta a escuchar lo que ocurre en un país lejano o la distancia termina levantando un muro de indiferencia?

Sí, escucha mucho y los mensajes llegan. Hablar desde fuera da algo de seguridad, sobre todo, en un país que está enturbiado.

Un exiliado vive siempre con el “síndrome de la maleta abierta"

¿Qué representa para usted integrarse en la Real Academia Española tras ser elegido el 21 de mayo de 2026 para ocupar la silla L, vacante desde la muerte de Mario Vargas Llosa en 2025?

Habiendo nacido en Nicaragua, esta elección me hace sentir aún más español. Obtuve la nacionalidad cuando recibí el Premio Cervantes, pero entrar en la RAE me acerca mucho más al mundo cultural y social de España y me da un verdadero sentido de permanencia.

Un exiliado vive siempre con el “síndrome de la maleta abierta”, pensando que en cualquier momento podrá regresar. Ahora, en cambio, siento que he cerrado esa maleta y que puedo intentar construir una vida normal aquí, sin olvidar mi país. Integrarme en la RAE me ayuda, precisamente, a encontrar ese lugar definitivo dentro del ámbito cultural español.

Aún debe leer su discurso de ingreso en la RAE, lo que será, en cierto modo, su carta de presentación ante la institución.

No lo hemos decidido aún, tengo pendiente una reunión con el director de la RAE, pero creo que será a finales de otoño de este año. Tengo que tomarme tiempo para escribir el discurso.

¿Qué ideas o preocupaciones siente que deben estar necesariamente en ese texto?

Estará dedicado a la obra de Mario Vargas Llosa. Aún no sé el tema en concreto porque para mí es fascinante su obra. Su escenario no es solo Perú, también Guatemala, la República Dominicana, Brasil, el Congo… es fascinante su mirada más allá de su propio país.

¿Cómo ha cambiado la globalización la forma en que los jóvenes usan y transforman el idioma?

La globalización ha acelerado la forma en que los jóvenes transforman el lenguaje. Siempre ha sido así, el idioma es renovación constante, pero hoy la velocidad es mayor y casi todas las lenguas se ven obligadas a aceptar anglicismos porque quien controla los grandes medios y la tecnología impone también sus términos.

Hay un esfuerzo por adaptar esas palabras al español, aunque no siempre es posible. Es más fácil decir selfie que “hacernos una foto a nosotros mismos”, y por eso se propone selfi, sin la e final, aunque ambas formas se aceptan. El inglés tiene la ventaja de sus monosílabos: es la economía del idioma. A eso se suma que muchos referentes culturales se expresan en inglés.

El español, sin embargo, es muy dinámico y resistente, como lo fue frente al francés en su momento. Lo preocupante no es la influencia del inglés, sino la tendencia a la brevedad y la superficialidad. Por ejemplo, en TikTok circulan ‘novelas’ de 30 segundos. Ahí sí percibo un empobrecimiento, porque la lectura es lo que permite llegar a la profundidad que el lenguaje rápido tiende a sustituir.

¿Se ha convertido nuestro idioma en un espacio de debate público constante y, a veces, de confrontación? Además, ¿piensa que la lengua se ha politizado en exceso o simplemente se ha vuelto más visible el debate sobre cómo hablamos?

Ni la Real Academia Española ni los colectivos feministas o del LGTBI pueden imponer reglas del lenguaje. No califico a esos colectivos.

Si el lenguaje no prende en la base de la sociedad, en el pueblo, en la calle, en la radio… no se va a conseguir nada. El idioma se origina abajo y cuando una palabra llama la atención en la RAE es porque la gente la está usando. Por eso termina reconociéndola, pero el idioma nunca se decreta.

¿Cómo describiría el estado de la lectura en la sociedad hispanohablante actual? ¿Le preocupa la relación de los jóvenes con los libros?

Durante la pasada Feria del Libro se veía El Retiro repleto de lectores con bolsas enormes cargadas de novedades.

La imagen es poderosa, pero abre una pregunta incómoda: ¿cuántos de esos libros se leen realmente y cuántos terminan convertidos en decoración?
Creo que no somos sociedades de grandes lectores, pero ¿fue distinto en el pasado? Creo que no. La lectura de libros ha sido siempre un oficio minoritario.

La ficción abre alternativas para mirar el mundo de otra manera

¿Qué papel debería jugar la literatura en la educación de un país?

Es fundamental. La ficción abre alternativas para mirar el mundo de otra manera. Hace poco leí un artículo de Chesterton sobre lectura juvenil que lo explicaba bien: un joven conecta de inmediato con la acción, por eso generaciones enteras han leído a Salgari, El conde de Montecristo de Dumas o El libro de la selva de Kipling. Si queremos enseñar el Quijote a un estudiante de secundaria, debemos presentarlo como un libro de aventuras. Si lo abordamos solo como un tratado filosófico, estamos perdidos.

Su obra aborda dictaduras, violencia política, corrupción, guerras civiles, exilios, silencios familiares… Dialoga con la memoria no solo de Nicaragua sino de toda Centroamérica. ¿Cómo afronta el reto de convertir en literatura una memoria histórica que sigue marcando a varias generaciones?

No me resulta difícil entrar en ese mundo porque la propia historia ya está cargada de anormalidad. En mis novelas siempre me ha interesado menos el tirano como figura individual y más los efectos de la tiranía sobre la sociedad: cómo altera la vida cotidiana, cómo obliga a la gente a vivir con zozobra, bajo la amenaza de la cárcel o del exilio si no acepta el silencio. Esa es la verdadera anormalidad: un ciudadano que no puede llevar una vida normal. Ese contexto lo permea todo. No puedes ignorarlo ni siquiera en una historia de amor, porque forma parte de la realidad que han vivido varias generaciones.

En cuanto a la novela, los personajes Morales y doña Sofía regresan después de Ya nadie llora por mí. ¿Qué le interesaba explorar en esta nueva etapa?

Son personajes profundamente ligados a la historia contemporánea de Nicaragua. Los concebí tras la derrota de la revolución sandinista: ambos quedaron dentro de la Policía Nacional, muy vinculados a ese proyecto político, y sus vidas avanzan al mismo ritmo que el país se va descomponiendo por la corrupción y el abuso de poder. Como investigadores privados, observan esa degradación desde los márgenes, no como actores políticos, sino como testigos incómodos.
Morales, además, carga con un pasado guerrillero y con la pérdida de una pierna, un compromiso ético que ve diluirse a medida que el país se derrumba.

Su mirada es cada vez más amarga y cínica. Finalmente, como tantos otros, termina en el exilio. Esta nueva novela transcurre precisamente allí, en Costa Rica, muy cerca de la frontera, donde siguen enfrentándose a un país que ya solo pueden mirar desde fuera.

La historia mezcla crimen, memoria histórica y un mito oscuro del Caribe. ¿Cómo encontró el tono adecuado para que la novela funcione tanto como thriller como reflexión sobre el pasado?

La clave está en combinar el thriller con la reflexión histórica. No es una novela políticamente inocente: se adentra en el tráfico de migrantes como una de las grandes tramas de corrupción de la región. En pocos años, por el aeropuerto de Nicaragua pasaron centenares de miles de migrantes en tránsito, traídos desde lejos para ser conducidos por la frontera con Honduras y seguir camino hacia Estados Unidos. Ese flujo masivo, organizado y lucrativo es el núcleo oscuro que la novela intenta desentrañar.

Habló antes de que ha cerrado la maleta.

Si hipotéticamente o milagrosamente hubiera un cambio en Nicaragua no sé si volvería. Quizás iría a verlo, pero no me veo empezando otra vida en Nicaragua.

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