La primera vacuna creada mediante ingeniería genética

Recombivax HB: la inmunización contra la hepatitis B que abrió la era de la biotecnología

El 23 de julio de 1986 no ocupó portadas en todo el mundo ni provocó celebraciones públicas, pero aquel día se produjo uno de los avances más trascendentales de la medicina moderna. La aprobación de Recombivax HB, la primera vacuna desarrollada mediante ingeniería genética, inauguró una nueva etapa en la lucha contra las enfermedades infecciosas y abrió el camino a una revolución biotecnológica cuyos efectos siguen sintiéndose 40 años después.

Por Refugio Martínez

23/07/2026
Una persona extrae el líquido de un medicamento con una jeringuilla.

Hasta 1986, las vacunas contra la hepatitis B se obtenían a partir de plasma sanguíneo de personas portadoras del virus. Eran eficaces, pero su fabricación planteaba limitaciones técnicas y preocupaciones relacionadas con el uso de materiales biológicos humanos.

La llegada de la tecnología del ADN recombinante cambió por completo el panorama. Esta técnica, una de las grandes revoluciones de la biología molecular, permite combinar material genético procedente de distintos organismos. En el caso de la hepatitis B, los investigadores aislaron el gen responsable de producir el antígeno de superficie del virus —la proteína que el sistema inmunitario reconoce para generar defensas— y lo insertaron en células de levadura. De este modo, las levaduras actuaban como pequeñas fábricas biológicas capaces de producir de forma masiva una copia de esa proteína viral sin necesidad de cultivar el virus completo ni recurrir a muestras de sangre humana.

Una vez producida por las levaduras, la proteína era purificada y utilizada como principio activo del preparado. Cuando se administraba a una persona, el organismo identificaba esa proteína como una señal de alarma y aprendía a defenderse frente al virus real. Así, la vacuna conseguía entrenar al sistema inmunitario sin riesgo de causar la enfermedad.

Aquella innovación demostró por primera vez que organismos modificados genéticamente podían utilizarse para fabricar medicamentos de manera segura, controlada y a gran escala. La Organización Mundial de la Salud (OMS) subraya que este antígeno obtenido mediante ingeniería genética "se ha utilizado para producir vacunas frente a la hepatitis B durante más de 20 años", una constatación que refleja la consolidación y fiabilidad de una tecnología que transformó para siempre la historia de la inmunización.

Organismos internacionales

Lo que comenzó como una solución para combatir la hepatitis B acabaría convirtiéndose en el modelo de producción de numerosos fármacos y vacunas desarrollados durante las décadas siguientes. La trascendencia de aquel salto científico fue percibida de inmediato por los organismos internacionales. Mientras la vacuna ultimaba su llegada al mercado, la Organización Mundial de la Salud ya trabajaba en los estándares que debían regir una tecnología completamente nueva.

Lo que comenzó como una solución para combatir la hepatitis B acabaría convirtiéndose en el modelo de producción de numerosos fármacos y vacunas

El informe del Comité de Expertos en Estandarización Biológica de la OMS correspondiente a 1986 recoge cómo la institución abordó los requisitos de fabricación, ensayo y control de calidad de las "vacunas contra la hepatitis B producidas mediante técnicas de ADN recombinante en levaduras".

La revolución, sin embargo, no se sustentó únicamente en una elegante idea biológica. La nueva vacuna tuvo que demostrar que funcionaba. Y los datos fueron concluyentes. En julio de 1986, los investigadores de un estudio publicado en Journal of Infection y conservado en la base de datos de la National Library of Medicine de Estados Unidos, afirmaban que el preparado obtenido a partir de una cepa recombinante de Saccharomyces cerevisiae había demostrado ser "altamente inmunogénico y seguro".

Infografía que muestra la silueta de un hígado, junto con medicamentos y vacunas.

El trabajo concluía que "una dosis de 10 microgramos de la vacuna produjo una respuesta de anticuerpos anti-HBs igual o superior a 10 UI/l en el 91% o más de los adultos sanos que completaron la pauta de tres dosis", un resultado que confirmaba su capacidad para inducir protección frente al virus de la hepatitis B. Los autores añadían además otro dato clave en plena década de los ochenta: las reacciones observadas tras la administración de la vacuna fueron "leves y transitorias".

Aquella conclusión ayudó a despejar dudas sobre una tecnología que resultaba novedosa incluso para muchos profesionales sanitarios. Por primera vez, una vacuna fabricada mediante ingeniería genética demostraba en la práctica que podía combinar eficacia, seguridad y capacidad de producción a gran escala.

40 años después

La historia de las vacunas de las últimas cuatro décadas puede leerse, en buena medida, como una prolongación de aquel avance. Visto desde la perspectiva actual, resulta difícil exagerar la importancia de aquel momento. Recombivax HB no fue simplemente una nueva vacuna contra una enfermedad concreta. Fue una prueba de concepto que confirmó que la ingeniería genética podía convertirse en una herramienta fiable para producir medicamentos.

Recombivax HB fue una prueba de concepto que confirmó que la ingeniería genética podía convertirse en una herramienta fiable para producir medicamentos

La misma lógica tecnológica que permitió fabricar el antígeno de la hepatitis B en levaduras, impulsó posteriormente el desarrollo de numerosos productos biotecnológicos, desde tratamientos hormonales hasta vacunas de nueva generación.

A comienzos del siglo XXI se consolidaron las vacunas recombinantes frente al virus del papiloma humano y, en 2020, las vacunas de ARN mensajero contra la COVID-19 llevaron las tecnologías moleculares a una dimensión inédita. Aunque pertenecen a generaciones distintas y utilizan estrategias diferentes, todas forman parte de una misma evolución científica iniciada cuando la biotecnología comenzó a entrar en los programas de vacunación.

La solidez de esta evolución tecnológica acaba de recibir un nuevo respaldo científico. La mayor revisión internacional sobre las vacunas de ARN, publicada en 2026 en la revista The Lancet, concluye con la afirmación de que las vacunas de ARN mensajero constituyen una plataforma "segura, eficaz y adaptable".

Los autores del trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Columbia Británica (Canadá), señalan que estos preparados combinan una "favorable seguridad" con una elevada capacidad de protección y destacan que los sistemas de vigilancia posteriores a su autorización han permitido confirmar su eficacia en poblaciones diversas.

La revisión añade que la evidencia disponible respalda el papel de las vacunas de ARN mensajero como una tecnología con "relevancia duradera para la prevención futura de enfermedades infecciosas y la preparación ante emergencias de salud pública".

Ayuda contra el cáncer

Hay, además, otro aspecto que convierte a la vacuna contra la hepatitis B en un caso singular. Su impacto va mucho más allá de la prevención de una infección vírica. La OMS advierte de que las personas con infección crónica por hepatitis B presentan "un riesgo del 15% al 25% de morir prematuramente por causas relacionadas con el virus, entre ellas la hepatitis, la cirrosis hepática y el carcinoma hepatocelular".

Esta relación directa entre infección y cáncer convierte a la inmunización frente a la hepatitis B en una de las herramientas más eficaces de prevención oncológica desarrolladas por la medicina moderna. La Hepatitis B Foundation la considera la primera vacuna capaz de prevenir un cáncer humano, al evitar infecciones que pueden derivar en cáncer de hígado.

Esta relación directa entre infección y cáncer convierte a la inmunización frente a la hepatitis B en una de las herramientas más eficaces de prevención oncológica

La entidad subraya además que "la hepatitis B y la hepatitis C crónicas causan el 80% de todos los cánceres de hígado en el mundo". Por ello, añade, "una vacuna que protege frente a la infección por hepatitis B puede también ayudar a prevenir el cáncer de hígado". Esta singular capacidad de evitar tanto una enfermedad infecciosa como uno de los tumores más letales convierte a la inmunización frente a la hepatitis B en uno de los mayores logros de la salud pública moderna.

 

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