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Francisco González estrena su trayectoria laboral a los 60 años, como vendedor en la ONCE

El despertar de un sueño

¿Cómo puede una persona vivir más de 30 años en la calle y salir de ese túnel con la nobleza de un corazón sin rencor? ¿Cómo puede una sociedad soportar esa debilidad humana sin remordimiento alguno? Francisco González lo ha hecho. Más de media vida entre cartones, dependiendo de la generosidad de unos pocos y castigado por la ignorancia y el desprecio de muchos, ha conseguido a sus 60 años, por primera vez en su vida, un contrato laboral. Hoy es vendedor de la ONCE en Sevilla y afiliado por su discapacidad visual grave, un hombre querido, respetado, digno y feliz que no quiere despertar del sueño que asegura estar viviendo.

Por Luis Gresa

18/03/2024
Vendedor de la ONCE

https://revistaperfiles.com/sociedad/invisibles-y-olvidados-los-sintecho-entran-en-el-diccionario/“Vivo ahora mismo un sueño del que no quiero despertar”, dice lo primero de todo Francisco González después de desprenderse del TPV y la mochila con los cupones, mirar con carga profunda a su interlocutor y respirar hondo antes de coger fuerza para desnudar su verdad. Le cuesta. Mide bien sus palabras para conducir con cuidado sus pensamientos, para disimular el poso amargo que aún le queda en el fondo, para que la razón se imponga a la emoción en sus respuestas.

La suya no fue una infancia fácil. No fue ni infancia siquiera. Porque no es infancia que un niño crezca en la calle sin el calor de un hogar y el cariño de unos padres, o que el primer recuerdo que tenga de pequeño sea huir con su hermano de un orfanato de Alcalá de Guadaíra del que solo guarda en la memoria los muchos gritos, palos y golpes que recibió allí. Malos tratos se llaman ahora. Pero antes, en ese contexto deshumanizado, era lo habitual en su rutina hasta que los dos hermanos decidieron huir hacia ninguna parte. Saltaron dos alambradas -de la caída de la segunda aún conserva la marca de la herida en la pierna- y ahí empezó la vida en la calle. Tendría unos 16 años.

“He cometido muchísimos errores porque la noche era muy mala, he pasado muchísimo, muchísimo miedo -reconoce con la voz entrecortada-. No me da vergüenza decirlo, tuve que recurrir al alcohol y a la droga que me dejaba dormido, siempre con un objetivo; de dormir y no amanecer. Pero me quedaba dormido y me despertaba. Y nada, otra vez. A sobrevivir”. Así empezó a pedir de tienda en tienda para comer algo hasta que un día, en la calle Feria, encontró a un hombre que le ofreció 10 de las antiguas pesetas diarias a cambio de ordenar fruta en los cajones de su tienda y desechar la que no valía. Luego vendría otro que le ofrecería limpiar el quiosco, otro, en otra tienda, y así hasta que descubrió que podía sacarse un dinerito por aparcar los coches.

Paco creció en la calle sin el calor de un hogar y el cariño de unos padres

“Lo más duro de estos años para mí fue cuando me presentaron la heroína y el hachís, porque el alcohol me lo presenté yo mismo. Mi vida cambió un 100% porque ya me volví adicto -admite pausado-, me tenía que buscar las cosas. La suerte es que nunca me ha cogido la policía porque nunca he robado, pero ya, eso es una persona que vive solo y exclusivamente para esa sustancia. Ese era yo. Y me la tenía que buscar de la manera más fácil que era aparcando. Y pasaron los años, los años y los años...”.

Ahora lo recuerda y se avergüenza de los engaños que tuvo que hacer para sacarse más dinero, siempre para la misma “medicina”, precisamente con quienes más confiaban en él. ”Sinceramente, siempre he tenido un objetivo en la cabeza, que era de cobardes -admite-; que era quedarme dormido y no amanecer, pero no estaba para mí. Un día me fui a dormir debajo del puente del Cachorro -ahí dormía mucha gente-, y pensé que eso no podía seguir porque mi vida era una farsa, una mentira”, afirma.

Por entonces Paco recurría a las fuentes de la ciudad para bañarse. “Donde más me he bañado es en la Cibeles”, dice en referencia a la Puerta de Jerez, el lugar de concentración de los éxitos futbolísticos de la ciudad. Una noche, metido en la fuente de la Encarnación, se le acercó la policía local, le hicieron preguntas, le dieron un bocadillo de salchichón -recuerda con precisión- y lo llevaron a Comisaría. A la mañana siguiente un responsable de Cáritas le acompañó a un centro donde podría comer, dormir y ducharse. De ahí pasó a un albergue. Y de ahí al Centro de Acogida ‘Miguel de Mañara’, un antes y un después en su atormentada vida. Fue entrar en el centro de acogida para personas sin hogar y salir del pozo en el que se encontraba, después de tres meses y medio “fatal” para desengancharse de sus adicciones, principalmente el hachís y la cocaína.

“Hemos confiado en sus sueños”

Bajo la tutela del ‘Miguel de Mañara’, ya con una responsabilidad en la gestión de su destino, viviría después en pisos de barrios como Pino Montano, Heliópolis, Sevilla Este o el Cerezo, y descubrió una nueva vocación; su habilidad para cuidar a personas mayores, aprender lo que era ponerse en el lugar de los demás sin saber que eso se llamaba empatía. Aprendió también el oficio de cocinero. Durante años, más de una década, durante 365 días al año, las 24 horas al día, Paco se ha asentido arropado y comprendido por el cariño y la profesionalidad de sus trabajadores.

“No hemos hecho nada especial con Paco”, explica Auxiliadora García, psicóloga del ‘Miguel de Mañara’. “El trabajo excepcional lo ha hecho él”, responde. Allí ha encontrado un ambiente, una estabilidad y una seguridad que ha sabido aprovechar para salir de la espiral en la que se encontraba inmerso. “Ha aprovechado esta oportunidad y se ha puesto a trabajar con esfuerzo en dejar unas costumbres, unos hábitos y una forma de vida y nosotros desde aquí lo que hacemos es acompañarle y apoyarle en la consecución de ese objetivo”, interviene Mari Luz Ariza, trabajadora del centro.

“Lo más duro de estos años para mí fue cuando me presentaron la heroína y el hachís, porque el alcohol me lo presenté yo mismo"

Lo que es hoy Francisco González es el resultado de un trabajo de años de la psicóloga, trabajador social, tutores, educadores, profesionales que le facilitaron herramientas impensables hasta ese momento para hacerse, por primera vez, con las riendas de su vida. Allí ha aprendido, sobre todo, a amarse, a valorarse y a enfrentarse a las cosas tal y como vienen. Coraje. “Irte siempre para el lado positivo y encontrarás la solución -argumenta-. Si te vas al negativo, esto es una olla exprés, estalla, porque se llena de tanta falsedad y mentiras que tú mismo te estás creando. Si te vas al lado positivo te das cuenta como son las cosas”.

En este centro de acogida para personas sin hogar, ubicado no muy lejos de la Delegación Territorial de la ONCE, en pleno barrio de la Macarena, Paco comparte habitación con William, colombiano, un usuario al que ayuda a paliar sus primeros síntomas de alzhéimer. Allí residen en la actualidad 41 personas de acogida, 30 hombres y 11 mujeres, en su mayoría españoles y de Sevilla, además de otros 30 que acuden a la sede solo para ducharse, cenar, dormir, desayunar y lavar la ropa en los meses de ola de frío.

La jornada arranca a las 08:00 horas. Es importante establecer una rutina, aunque muchos piensen que no tienen nada que hacer. Ducha y a las 09:00 horas desayuno. Después suben a hacer sus camas, arreglar el baño, limpiar sus habitaciones y a las 10:30 horas, una hora libre para pasear. Luego talleres de actividades manuales, juegos, escuchar la radio, compartir con los compañeros hasta que llega la comida, a las 13:00 horas. Quien quiera siesta puede descansar hasta las 17:00 horas que llega la merienda, después otra salida de una hora libre en la calle y el tiempo que transcurre hasta la cena, a las 20:00 horas, vuelve a llenarse con talleres, algunos incluso de humor, teatro, batucada o coro. “Cualquier elemento de la vida ordinaria puede ser terapéutico para sus vidas”, explica Auxi García. Todo orientado hacia la concentración, el trabajo en equipo y el fomento de la autoestima.

En el centro de acogida ha aprendido, sobre todo, a amarse, a valorarse y a enfrentarse a las cosas tal y como vienen

El centro ‘Miguel de Mañara’ pertenece a la Asociación Familia Vicenciana, que está formada por la Compañía de Hijas de la Caridad, la Asociación Internacional de Caridad y las Juventudes Marianas Vicencianas, y se nutren del carisma de San Vicente de Paúl. La esencia religiosa se percibe en pequeños gestos cotidianos, como bendecir la mesa, dar gracias por la comida y ser conscientes de la suerte que tienen por estar ahí con una comida y un techo, y muy conscientes de las peores condiciones en la que viven otros en las calles o los hospitales de Sevilla, Palestina o Ucrania, de la importancia de los valores, de la solidaridad. “Yo creo que les llega el mensaje de la autenticidad y de que, ante las dificultades, no podemos estar impasibles”, subraya Auxi.

“Lo que sí hemos hecho es confiar en los sueños de Paco -añade-. Él tiene un sueño que es trabajar y salir de la vida que lleva. Y trabajar a contracorriente de lo que se espera de un hombre por su edad y por su trayectoria. Él es el primero que cree que se puede cambiar y eso es lo que hace que sea distinto”, sostiene.

Para Mari Luz, la constancia y la perseverancia son sus puntos fuertes, mientras que la desconfianza en algunos momentos puede resultar su flanco más débil. “Siempre pone la carreta delante de los bueyes”, dice la trabajadora social. “Porque se adelanta en negativo, aunque luego va viendo que con su trabajo y su esfuerzo no es así”.

Después de tantos años de trabajo conjunto, Paco ya no es uno más del centro ‘Miguel de Mañara’. “Yo lo tengo claro, es alguien especial”, responde la psicóloga. “No se ha rendido, y es fácil rendirse porque ha vivido cosas muy difíciles y ha tenido muchas dificultades, muchas piedras en el camino y nunca se rinde. Esa es la excepcionalidad”, sostiene Auxi.

Mari Luz piensa igual que su compañera. “Para mí es un ejemplo para el centro de que lo que uno se propone efectivamente se puede conseguir. Es una clara muestra de que uno puede conseguir cosas en la vida”, subraya. “Paco tiene la discapacidad visual y la edad en la que muchas personas están pensando en jubilarse y eso no ha sido una barrera para tener un trabajo, para salir por la mañana alegre, ilusionado a vender y disfrutando de lo que está haciendo -interviene ahora Auxi-. Yo lo veo muy feliz y lo pongo como ejemplo delante de los compañeros”.

“Un gran éxito”

A la ONCE llegó de la mano de una de sus tutoras en el ‘Miguel de Mañara’ que es presidenta de una organización de mujeres maltratadas. Aunque su discapacidad visual nunca le hizo sentirse diferente entre sus compañeros, la pérdida de visión comenzaba a limitar su autonomía y, asesorado por el centro, pidió cita en los Servicios Sociales de la ONCE.

A partir de ahí todo fueron facilidades en un mundo nuevo por explorar. Comenzó el proceso de afiliación y, animado por Manoli Jiménez, coordinadora también del Voluntariado en la Delegación Territorial, enseguida se hizo voluntario también de la ONCE en un afán por agradecer todo lo que estaba recibiendo por parte de la Organización.

Pronto descubrió que las personas ciegas son simplemente eso, personas ciegas, sin más. “Los acompañaba a hacer gestiones, al médico, a pasear. Es que es otro mundo. Sales con ellas y conversas, y son personas super cultas. No sé en qué sentido dicen que son pobrecitos. Tienen un defecto; que no ven, pero son personas con títulos de doctorado, tienen carreras, son super cultas, te da pena que llegue la hora y se termine el paseo”, cuenta entusiasmado.

La ONCE le abrió también la puerta a un empleo digno. Por primera vez, a sus 60 años, Francisco González, firmaba un contrato laboral como vendedor de la Organización. Con mucho empeño por su parte y refuerzo del equipo de Juego superó el curso de formación y se incorporó a la venta hace tres meses en un quiosco ubicado junto al hospital de la Cruz Roja en el barrio de la Macarena de Sevilla.

En la Delegación Territorial, Paco tampoco pasa desapercibido, le conocen en todos los departamentos por su simpatía y generosidad, aunque pocos conocen el alcance de la gravedad de su pasado.

La ONCE le abrió la puerta a un empleo digno. Por primera vez, a sus 60 años, Francisco González, firmó un contrato laboral

“Es un encanto de persona. Nos da alegría cada vez que viene con su sonrisa por la puerta y lo vemos feliz, feliz, feliz”, comenta María del Mar Santos, auxiliar en el Departamento de Servicios Sociales. “Nos da una satisfacción muy grande porque lo hemos visto en otros momentos peores y ahora lo vemos muy feliz, muy feliz”, dice sonriente.

A Manoli Jiménez, que ha seguido a Paco desde su entrada en la ONCE en febrero de 2022, también le cambia la cara cuando se encuentra con él y se funden en un abrazo. “Sin vuestra ayuda no hubiera podido”, le dice. “Hemos estado marcándole un poquito las pautas y él ha ido haciendo muy bien todo lo que se le ha ido diciendo. Es una persona entrañable -sostiene Jiménez con un punto de brillo en sus ojos-. Muy formal. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Y después ha trabajado muchísimo, muchísimo, y como voluntario se ha roto la espalda”.

Paco le escucha atento sus palabras, con más emoción aún en la mirada. “Ella ha sido mi motor y mi razón de seguir -reconoce orgulloso-. Siempre la he tenido ahí, a veces llegaba totalmente abatido, me ponía en frente de ella y me cargaba las pilas”.

“Para la ONCE es un gran éxito”, reconoce la trabajadora social-. Y es un éxito suyo. La ONCE lo ha respaldado y un equipo desde Empleo, Tiflos, Animación, Juego, los administrativos, todos, está todo el mundo arropándolo y sí que ha sido un gran éxito de la ONCE”.

La venta de los productos de juego social de la ONCE ha supuesto un orden en su vida, una carga de responsabilidad que ha tenido que aprender a gestionar, un sueldo, pero, sobre todo, una oportunidad más para desplegar y compartir con otros todos sus encantos como persona.

“Empatizo con mis clientes y eso es muy positivo porque ves que se va muy contento cuando habla contigo; te viene para comprar, te cuenta sus cosillas, empiezas a responderle, empatizas con ellos, y cuando le ves que le llega la sonrisa hasta la oreja, lo feliz que se va, es un orgullo para ti”. Esa es la clave, a su juicio, del buen vendedor; escuchar y saber escuchar. “Me he dado cuenta de que tenía un arma que no sabía, tengo un don; que tengo mucho palique, y transmito alegría, simpatía, agrado. Los clientes están muy bien conmigo y eso es muy bonito”, comenta.

"Me he dado cuenta de que tenía un arma que no sabía, tengo un don; que tengo mucho palique, y transmito alegría, simpatía, agrado"

El TPV, el terminal punto de venta por el que el cliente elige el número que desea jugar, y con el que el vendedor realiza buena parte de sus gestiones, como el pago con tarjeta, se le rebeló al principio, pero ha sido un ejemplo más que demuestra su fuerza de voluntad y su capacidad de superación. “Empecé con miedo con la máquina y ahora es la máquina la que me habla a mí”, se ríe. Paco piensa que todos los días va a dar un premio a sus clientes y hasta ha soñado con que le toque a él uno. “Si me toca, lo primero mi techo, y después a ayudar a las organizaciones no gubernamentales a quitar de la calle a los necesitados”, asegura.

La ignorancia de la sociedad

La calle no ofrece oportunidades. Es la lección aprendida de estos cerca de 30 años viviendo sin un techo. Durante todo este tiempo, Francisco García ha sufrido en sus carnes el desprecio, el rechazo de la sociedad, ser un cero a la izquierda, no valorarse como persona. Entrar en un bar y sentirse observado primero y rechazado después, ni para pedir un café. “Hoy el que no come o no se lava es porque no quiere porque hay muchos centros que te ofrecen eso y te apoyan desde el primer día. Pero antes no era así”, comenta.

Luego está el frío en invierno, el calor del verano, las noches, los días de lluvia refugiado en coches abandonados... “Eso te hace envejecer mucho. Tengo 60 años y me lo noto en mi rostro, me noto un envejecimiento prematuro. En resumen, la calle quema mucho. Y siempre imponiendo tu ley porque si no te echaban de todos los sitios y había que espabilarse”, añade.

Francisco no tiene respuesta para una pregunta. ¿Su sufrimiento ha sido invisible a la sociedad? No lo sabe. Sabe que ha sido invisible a la sociedad, eso sí, pero le cuesta reprocharle nada. “Todo el mundo tiene derecho a tener oportunidades y a mí no me la dio. Pero jamás le echaré la culpa a la sociedad -sostiene- porque mojarme en el charco fue porque yo quise. Ahora me da vergüenza, pero no me arrepiento, porque es una lucha mía con la vida. Es lo que había y había que hacerle frente, para sobrevivir hay que batallar”.

Pero empatía no hubo a su alrededor. “Eso también es la ignorancia de la sociedad”, explica a modo de justificación. “Yo del agua y del frío me he cobijado en una iglesia y me han dicho que yo allí no podía estar”, confiesa. Esa escena, como tantas otras, las lleva ahí clavadas bien adentro. Como el día en que vio morir a un compañero a su lado, al cobijo de los soportales de El Corte Inglés del Duque, sin que nadie atendiera a sus peticiones de auxilio. O como la noche que, recostado entre cartones en el regazo de una sucursal del BBVA en la calle Recadero, le prendieron fuego.

Todavía hoy siente una impotencia al recordarlo que apenas sabe explicar. “Vivimos en una sociedad muy hipócrita, muy egoísta y envidiosa. Esta sociedad tiene muchísima maldad”, se lamenta. “Si la sociedad se parara a escuchar la vida de algunos, cogería un poquito más de conciencia de las personas en situación de exclusión de verdad”, advierte.

“Yo del agua y del frío me he cobijado en una iglesia y me han dicho que yo allí no podía estar”

A su juicio, las administraciones no hacen nada por atajar la exclusión. “Lo que hacen es para ganar votos; yo te prometo, yo te prometo, y después se dan la vuelta, hasta luego Lucas. Y lo firmo con sangre. La sociedad es muy ignorante. Primero yo, después yo y luego yo. Lo digo como lo siento -enfatiza-. Nunca se paran a ayudar a los demás. Yo he tenido suerte, puedo darme con un canto en los dientes, pero hay personas que también se merecen esta oportunidad y la sociedad no se la da”.

Ahora Francisco se siente orgulloso de sí mismo. Ahora sí, se valora y se quiere. “Si hubiese tenido la educación que se le da a los hijos no hubiese pasado por todo eso. Si hubiera adquirido armas, herramientas, no hubiese llegado a eso, hubiese aspirado a más”. Y reflexiona en voz alta: “Yo me he dado cuenta de que yo valgo cantidad. Es la pura y auténtica realidad; yo valgo muchísimo. No me esperaba que pudiera aprender lo que he aprendido. Si lo hubiera hecho de joven no hubiera pasado por donde he pasado. Me valoro mucho y admiro mucho a las personas que me están ayudando. La vida no es sencilla para nadie”, se consuela.

“No quiero despertar”

Al futuro le pide un techo, un lugar donde permanecer tranquilo. No cree que pueda pedir mucho más después de haber conseguido por fin su principal objetivo, un trabajo. Aunque en el fondo le gustaría encontrar una pareja para la vida que le quede por delante. “La soledad es muy mala, hay que tenerle respeto, la escribo con mayúsculas, es muy traicionera”, reconoce alguien con autoridad en la materia. “Veo mucha soledad en la calle, rechazo y desprecio, muchísimo -denuncia-. Y muy poca empatía. Me gustaría que empatizaran más con los sintecho y hablaran con ellos porque es otro mundo”.

En España hay 12,3 millones de personas en situación de pobreza y exclusión social, según datos del informe anual El Estado de la Pobreza en las Comunidades Autónomas. Todavía en 2024, un total de 670 de esas personas viven en la calle en Sevilla, según datos de Cáritas. Para Paco, la situación ha cambiado respecto a décadas atrás gracias a la acción solidaria de muchas ONG’s, aunque, a su juicio, el rechazo y el desprecio siguen ahí anclados en la sociedad. “Hay mucha hipocresía”, resume gráficamente.

“Es verdad que luchamos a contracorriente -subraya la psicóloga del ‘Miguel de Mañara’- porque creemos en el valor del esfuerzo, de la responsabilidad, de que hay que luchar para conseguir cosas y lo verdaderamente importante en la vida cuesta mucho. Si Paco hubiera tenido un trabajo desde el primer minuto no estaría valorando como lo está haciendo en este momento. Para llegar aquí ha hecho muchas noches cuidando a personas empapelando las salas de espera de los hospitales para ver si lo llamaban. El esfuerzo tiene su recompensa -añade Auxiliadora García- y es mucho más gratificante que si la hubiese tenido hace 3, 4 o 5 años. Paco lo que quiere es trabajar y ha estado esforzándose para salir todas las mañanas cargado con esa mochila que pesa un quintal y con una ilusión por hacer su trabajo lo mejor posible, por vender lo más posible, por hacerle agradable la vida a los demás, porque es muy simpático con la gente. Entonces ese esfuerzo es mucho más gratificante”.

Y Paco termina su relato como lo comenzó, con una gratitud indescriptible hacia el centro ‘Miguel de Mañara’. “Sin ellos no hubiese llegado donde estoy ahora mismo -repite una vez más-; son mis pilares, mis motivos para seguir adelante, me considero una persona reinsertada gracias a ellos”.

Igual de agradecido hacia la ONCE. “Estoy viviendo un sueño del que no quiero despertar, quiero disfrutarlo y exprimirlo al máximo”, vuelve a decir. “Estoy viviendo ahora mismo como un adolescente, porque esto no lo he vivido ni con 25, ni con 40”, añade. “La ONCE me ha hecho revivir, me ha hecho crecer, me ha hecho creer que se puede, me ha hecho confiar que si tú quieres y te propones algo lo puedes conseguir”, afirma orgulloso. “Me ha hecho ver que la gente mayor y las personas reinsertadas todavía tienen sitio en la sociedad”, concluye.

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