Según los científicos, una comunidad de corales no debería sobrevivir ahí
El sorprendente arrecife urbano que florece bajo los rascacielos de Miami
Bajo esa línea de enormes edificios que define la ciudad, entre cruceros gigantes, ferris y el ir y venir de algunas de las embarcaciones más lujosas del planeta, se esconde una de las historias más insólitas de la naturaleza contemporánea. En pleno corazón de una gran urbe, en las aguas del puerto de Miami, vive una comunidad de corales que, según toda lógica, no debería sobrevivir ahí.
Por Redacción
Estos organismos marinos crecen adheridos a bloques de hormigón, muros portuarios, rompeolas e incluso carritos de la compra abandonados en las aguas. Conviven con el ruido constante de los motores, la contaminación urbana y el tráfico marítimo. Y, sin embargo, prosperan. No sólo eso: algunas de sus colonias han alcanzado tamaños que sorprenden a los científicos.
Los investigadores llevan más de una década intentando entender qué está pasando. Así lo relatan en un reportaje de la revista bioGraphic, que está financiada por la Academia de Ciencias de California. La imagen tradicional de un arrecife coralino suele remitir a aguas transparentes, playas paradisíacas y entornos alejados de la actividad humana. Los corales son, además, uno de los símbolos más conocidos de la fragilidad ambiental. Cada verano aparecen noticias sobre el blanqueamiento de arrecifes provocado por el aumento de la temperatura del mar.
Los corales prosperan en un puerto comercial sometido a condiciones hostiles
Por eso el caso de Miami desconcierta. A los pies de una gran ciudad con torres gigantes de edificios y todo el despliegue de construcción y destrucción que eso conlleva, prosperan corales cuerno de alce, cuerno de ciervo y cerebrales rodeados de peces, manatíes y tortugas. Lo hacen en un puerto comercial sometido a condiciones que muchos expertos considerarían hostiles.
Michael Studivan, investigador vinculado a la Universidad de Miami y a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), afirma: "Hay algo en Miami. Siempre la considero la tormenta perfecta. Hay tantos factores de estrés. Sin embargo, parece que está funcionando".
La paradoja es evidente. Mientras numerosos arrecifes naturales sufren retrocesos históricos, una colonia urbana rodeada de cemento y actividad industrial parece haberse convertido en un inesperado refugio para algunas especies.
La ciudad creó accidentalmente el hábitat perfecto
Hace apenas un siglo, la zona donde hoy se encuentra PortMiami era muy diferente. La bahía de Biscayne estaba protegida por una barrera natural de playa y recibía enormes aportes de agua dulce procedentes de los Everglades. Las condiciones no resultaban especialmente favorables para los corales.
Pero todo cambió con la expansión urbana. A medida que la ciudad crecía durante el siglo XX, se drenaron humedales, se construyeron canales, se modificaron cursos de agua y se amplió el puerto mediante trabajos de dragado. Además, tras el devastador huracán de 1928 se levantaron infraestructuras que alteraron aún más la circulación natural del agua.
Las obras tuvieron consecuencias ecológicas muy conocidas: pérdida de humedales, transformación del paisaje y alteración de ecosistemas históricos. Pero también generaron algo totalmente inesperado: la bahía se volvió más salada, aumentó la conexión con el océano Atlántico y aparecieron nuevas superficies duras de piedra y hormigón donde los organismos marinos podían fijarse.

Nadie sabe exactamente cuándo llegaron los primeros corales. Los estudios científicos realizados durante las décadas de 1940 y 1950 ni siquiera mencionaban su presencia dentro del puerto. Todo indica que llegaron posteriormente, transportados en forma de larvas desde los arrecifes naturales situados mar adentro.
Un día de 2009, un biólogo observó algo extraño adherido a una estructura del puerto
Durante años pasaron desapercibidos. Hasta que un día de 2009, un biólogo observó algo extraño adherido a una estructura del puerto. Lo que tenía delante parecía un coral cuerno de ciervo. Pero también recordaba a un coral cuerno de alce. Su color verde intenso y su forma peculiar llamaron inmediatamente su atención. Pronto descubrió otras colonias repartidas por distintos puntos del puerto. Algunas eran enormes y otras estaban rodeadas de abundante fauna marina.
Aunque técnicamente no podían considerarse arrecifes clásicos —que se forman durante siglos o incluso milenios—, sí constituían auténticas comunidades coralinas urbanas.
La ola de frío que debía haberlos matado
En enero de 2010 una ola de frío histórica golpeó Florida durante diez días. Las bajas temperaturas provocaron una mortandad masiva de peces y dañaron numerosos corales en aguas costeras poco profundas.
Los científicos esperaban que los ejemplares de Miami sufrieran consecuencias similares, pero no fue así. Los corales resistieron el episodio aparentemente sin problemas. Era la primera señal de que aquellas poblaciones poseían algo especial. Durante los años siguientes llegaron nuevas pruebas: tormentas, episodios de contaminación, aguas más ácidas, descargas de agua dulce procedente de lluvias intensas, y alteraciones constantes de la calidad del agua. Y los corales seguían allí.
En 2023, Florida sufrió una ola de calor marino sin precedentes. Las temperaturas alcanzaron valores excepcionalmente altos y desencadenaron uno de los mayores episodios de blanqueamiento coralino registrados en la región.
Cuando un coral se blanquea, expulsa las algas microscópicas que viven en sus tejidos y que le proporcionan buena parte de su energía. Si el estrés continúa, el organismo suele morir. Numerosos arrecifes naturales se vieron gravemente afectados. Los corales urbanos de Miami no. Mientras la temperatura del agua alcanzaba los 32 grados centígrados, especies locales de cuerno de alce y cuerno de ciervo permanecían aparentemente sanas.
¿Mutantes del siglo XXI?
Los científicos todavía no tienen una respuesta definitiva. Una hipótesis apunta a que los corales de Miami podrían haber desarrollado adaptaciones especiales tras décadas creciendo en condiciones extremas. Las variaciones constantes de temperatura, salinidad y calidad del agua habrían actuado como una especie de entrenamiento evolutivo.
Otra posibilidad es que hayan establecido relaciones con microorganismos particularmente resistentes. También se estudia si determinadas características genéticas les proporcionan una ventaja frente al estrés ambiental. Lo más probable es que el fenómeno sea resultado de una combinación de factores. Sea cual sea la explicación, los investigadores están analizando estas colonias con enorme interés porque podrían contener pistas útiles para la restauración futura de arrecifes degradados.
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