El legado humano, político y ambiental del desastre nuclear
Chernóbil, 40 años después, la herida que sigue abierta
El 26 de abril de 2026 se cumplen 40 años de la mayor catástrofe nuclear de la historia. Cuatro décadas después, Chernóbil no es solo un lugar marcado por el abandono y la radiación, sino un símbolo global de negligencia tecnológica, opacidad política y fragilidad humana. Lejos de quedar relegado al pasado, su legado sigue presente en la salud de millones de personas, en la arquitectura de la seguridad nuclear internacional y, hoy más que nunca, en un contexto de guerra que vuelve a poner el foco sobre un accidente cuyas consecuencias aún no han terminado.
Por Refugio Martínez
La madrugada del 26 de abril de 1986 pudo haber sido una noche cualquiera. Sin embargo, a la 1.23 horas, una intensa luz rasgó la oscuridad y cientos de miles de partículas radiactivas se elevaron a la atmósfera. No fue un episodio de ciencia ficción ni una exageración retrospectiva, fue el inicio de un desastre cuyas dimensiones reales todavía hoy resultan imposibles de cuantificar.
El origen del desastre
El reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, de diseño soviético RBMK, estaba siendo sometido a una prueba de seguridad. El objetivo era comprobar si, en caso de fallo eléctrico, la inercia de las turbinas podría mantener operativas las bombas de refrigeración durante unos segundos críticos. Pero lo que debía ser un procedimiento controlado acabó convirtiéndose en una cadena de decisiones erróneas.
El diseño del reactor contenía un defecto estructural clave: un coeficiente de vacío positivo, que hacía que, al disminuir el refrigerante, la reacción nuclear aumentara en lugar de frenarse. A ello se sumaron graves infracciones de los protocolos de seguridad, la desconexión de sistemas automáticos de emergencia y una gestión deficiente del proceso por parte de operadores que no habían sido informados correctamente de los riesgos reales de la prueba.
La combinación de estos factores provocó una subida brutal de potencia, seguida de una explosión química que arrancó la cubierta del reactor y liberó enormes cantidades de material radiactivo. Durante diez días, el núcleo ardiendo expulsó radionúclidos que contaminaron amplias zonas de lo que entonces era la Unión Soviética y buena parte de Europa.
Las consecuencias del accidente fueron inmediatas y devastadoras. Según datos de Naciones Unidas, “casi 8,4 millones de personas en Bielarús, Ucrania y la Federación de Rusia estuvieron expuestas a la radiación” y más de 155.000 kilómetros cuadrados quedaron afectados.
Casi 8,4 millones de personas en Bielarús, Ucrania y la Federación de Rusia estuvieron expuestas a la radiación
Las primeras víctimas mortales fueron los trabajadores de la planta y los bomberos que acudieron a sofocar el incendio sin disponer de protección adecuada. En las semanas siguientes, decenas de personas murieron por síndrome de irradiación aguda. Sin embargo, el verdadero impacto humano se prolongó en el tiempo.
Miles de casos de cáncer de tiroides, especialmente en niños expuestos al yodo radiactivo, y unas 335.000 personas fueron evacuadas de manera definitiva. Prípiat, la ciudad construida para los trabajadores de la central, quedó vacía en apenas unas horas, convertida desde entonces en el símbolo congelado del desastre.
Uno de los capítulos más dramáticos de Chernóbil fue el de las 600.000 personas movilizadas para contener la catástrofe, apagar incendios y retirar escombros altamente contaminados.
Estos héroes, llamados liquidadores, trabajaron en condiciones extremas, conscientes muchos de ellos de que estaban sacrificando su salud —y en muchos casos su vida— para evitar una catástrofe aún mayor. Durante años, su papel fue minimizado y sus cifras reales de mortalidad, ocultadas. Hoy, los organismos internacionales coinciden en que, sin su intervención inmediata, las consecuencias habrían sido incalculablemente peores.
Como parte final de su misión, construyeron el primer sarcófago de hormigón sobre el reactor destruido para frenar la liberación continua de radiación tras la explosión del reactor 4. Ante el progresivo deterioro de la estructura y el riesgo de colapso, la comunidad internacional impulsó décadas después la construcción de una estructura mucho más ambiciosa: el Nuevo Confinamiento Seguro (New Safe Confinement, NSC), un gigantesco arco de acero de más de cien metros de altura diseñado para cubrir completamente el reactor y el antiguo sarcófago.
Finalizado e instalado en 2016, este segundo confinamiento pretende aislar la radiación durante al menos un siglo y permite, además, trabajar en el desmantelamiento controlado del reactor. Su construcción lo ha convertido en una de las mayores obras de ingeniería nuclear jamás realizadas.

Silencio, ocultación y desinformación
Más allá del accidente en sí, uno de los aspectos más criticados de Chernóbil fue la gestión política posterior. Durante días, el Gobierno soviético se negó a reconocer públicamente el desastre y esto ocasionó que la población no fuese informada de los riesgos ni de las medidas de protección necesarias.
Tal como recogen los informes internacionales de Naciones Unidas, “ninguna autoridad legítima pudo abordar la situación de inmediato ni responder a preguntas esenciales”, como si era seguro salir de casa, beber agua o consumir alimentos locales. La ausencia de información temprana aumentó innecesariamente la exposición a radionúclidos especialmente peligrosos, como el yodo-131.
La ausencia de información temprana aumentó innecesariamente la exposición a radionúclidos especialmente peligrosos
Solo en 1990, cuatro años después del accidente, la Unión Soviética solicitó ayuda internacional de manera formal. Ese reconocimiento tardío marcó el inicio de la implicación estructurada de Naciones Unidas en la gestión del desastre.
En 2016, la Asamblea General de la ONU designó oficialmente el 26 de abril como Día Internacional de Recordación del Desastre de Chernóbil. En su resolución, reconoció que “las consecuencias a largo plazo persisten y las comunidades y los territorios afectados todavía tienen demandas relacionadas con este problema”.
Desde entonces, el sistema de Naciones Unidas, junto con ONG y organismos especializados, ha impulsado más de 230 proyectos centrados en salud, seguridad nuclear, recuperación ambiental y desarrollo sostenible. El PNUD, la OCHA, la OMS y el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) —entidades englobadas dentro de la ONU— han sido piezas clave en este proceso.
El propio secretario general de la ONU, António Guterres, en un comunicado oficial, resumió el aprendizaje global con una afirmación contundente: “El desastre de Chernóbil contiene lecciones importantes para los esfuerzos actuales de responder a otras crisis. Juntos, podemos trabajar para prevenirlas y contenerlas”.
El dron ruso y el confinamiento dañado
En pleno contexto de la guerra en Ucrania, Chernóbil volvió a ocupar titulares por razones inquietantes. En febrero de 2025, un dron ruso impactó contra el Nuevo Confinamiento Seguro, la gigantesca estructura diseñada para aislar el reactor durante un siglo. Y ahora la comunidad internacional observa con preocupación una situación en la que un enclave nuclear extremadamente sensible se encuentra nuevamente expuesto a amenazas bélicas, reavivando temores que se creían superados.
La comunidad internacional observa con preocupación una situación en la que un enclave nuclear extremadamente sensible se encuentra nuevamente expuesto
Según un informe táctico, Greenpeace manifestó en un comunicado de prensa que “el ataque abrió un agujero de 15 metros cuadrados en el techo del confinamiento y podría haber reducido significativamente su vida útil prevista”. La organización advierte de que, sin reparaciones urgentes, existe el riesgo de que el sarcófago original colapse en el futuro.
Greenpeace publicó en ese mismo comunicado que el ingeniero Eric Schmieman, uno de los responsables del diseño del confinamiento, alertó de que “es urgente restaurar todas las funciones críticas posibles de la instalación para proteger a la población y el medio ambiente”.
Cuarenta años después, Chernóbil sigue siendo mucho más que una ruina radiactiva. Es un recordatorio permanente de los riesgos de anteponer la política, la opacidad y la improvisación a la seguridad y la transparencia. También es la historia de miles de personas que pagaron un precio altísimo por errores ajenos y de una comunidad internacional que aprendió —no sin dolor— que la radiación no entiende de fronteras.
Chernóbil marcó un antes y un después en la historia de la energía nuclear civil y demostró, como ningún otro suceso, que los errores humanos y los fallos técnicos pueden tener consecuencias planetarias. Recordar no es solo un acto de memoria, sino una obligación para no repetir los mismos errores.
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