La escolarización durante el ingreso permite a los menores con enfermedades graves mantener su autonomía, rutina y bienestar emocional
Los dos ‘profes’ de Martina en el aula hospitalaria de La Paz
En el Hospital Universitario La Paz de Madrid, entre pasillos marcados por tratamientos y diagnósticos complejos, existe un espacio que rompe con la lógica hospitalaria: las aulas para niños y niñas ingresados. Allí, la enfermedad no desaparece, pero se transforma. Se convierte, al menos durante unas horas, en algo compatible con la rutina, el aprendizaje y la infancia.
Por Javier Carrascosa
Las aulas hospitalarias cumplen una función que va mucho más allá de lo académico. Su objetivo es devolver cierta normalidad a escolares que, por distintos motivos médicos, se ven obligados a interrumpir su vida cotidiana. Mantener el ritmo escolar, conservar hábitos y facilitar la vuelta al colegio son solo una parte de su labor. En especial, el aula que acoge realidades relacionadas con el cáncer se convierte en un refugio emocional: un lugar donde estudiar, sí, pero también interactuar, desconectar, expresar el miedo o simplemente ser niño o niña.
La realidad de Martina Navarro Vaquero, de 11 años, ilustra con fuerza este papel. Su historia comienza muy pronto: con apenas nueve meses fue diagnosticada de retinosis lateral, lo que derivó en una discapacidad visual. Diez años después, en septiembre del pasado año, llegó un nuevo golpe: un osteosarcoma. El tratamiento oncológico, agravado por las consecuencias de la radioterapia recibida, le provocó una pérdida de visión progresiva hasta dejarla completamente ciega durante largos periodos, si bien después ha logrado recuperar algo de visión.
Docentes en el hospital
Martina es fuerte y, durante los siete meses que duró su proceso oncológico, no se quedó encerrada en sí misma. Con el apoyo de su familia y del equipo educativo del hospital aprendió a adaptarse a una nueva realidad.
Martina descubrió el braille, ganó autonomía y empezó a desenvolverse en un entorno completamente distinto. Pero no lo hizo sola. Dos “profes” se convirtieron en sus nuevos ojos y en su contacto con el mundo: Sergio y Juan Luis. Porque el aprendizaje no podía ser unidireccional y todo su entorno, también sus compañeros, se convirtieron en parte del proceso con risas y con miedos, con avances y parones, con la mayor normalidad que puede existir en esta situación.
Martina, de 11 años, afrontó un osteosarcoma mientras aprendía braille y se adaptaba a la pérdida de la visión sin dejar su formación
Aprender cuidando
No solo los docentes adaptaron materiales para seguir el curso, el resto del alumnado también se implicó activamente: tocaban los materiales, querían entender, aprender braille, compartir la experiencia. Y así, en este intercambio, Martina y sus “compis” de clase no solo adquirieron conocimientos, también una lección profunda sobre la inclusión y la empatía colectivas.
En una jornada cualquiera en el aula hospitalaria, Martina repasa los números en braille del uno al diez junto a Sergio, del equipo de La Paz, en el espacio de alumnos oncológicos. Es un hombre alto, espigado y algo enjuto, y en su rostro se refleja una cercanía absoluta a las personas, a todas las personas.
Tras completar el ejercicio, pasa a la lectura de un libro de ciencias naturales, devolviendo a la vida de los pequeños y pequeñas escenas aparentemente cotidianas —que para ellos lo son—, pero que adquieren un valor extraordinario en este contexto.

Sergio no está solo. Además de todo el equipo médico, social y educativo del hospital, se apoya en Juan Luis. Un poco menos alto que el anterior, pero con la misma mirada de comprensión y bonhomía, es uno de los “profes” que la ONCE pone a disposición del alumnado con discapacidad visual y que viaja allí donde está la alumna, para favorecer, potenciar y lograr su inclusión en el aula, también en este espacio.
Apoyo constante
“Nuestra filosofía es acompañar”, relata con una normalidad absoluta, “donde estén nuestros niños y niñas, y sus familias, allí vamos a estar”, dice Juan Luis, para resumir su amplísima labor, que arranca en el Centro de Recursos Educativos (CRE) de la ONCE en Madrid y llega a todos los rincones.
Juan Luis comenzó a trabajar con Martina con apenas año y medio, en los apoyos infantiles. Luego, tuvo otro “profe” del mismo centro y, desde hace un año aproximadamente, retomaron el contacto, precisamente al iniciarse el proceso oncológico. Desde entonces, como hace siempre, trabaja con los profesionales de La Paz y con su familia para adaptar todo lo necesario en el proceso educativo... y un poco más.
Con el apoyo de su familia y del entorno educativo, Martina hizo del aprendizaje una herramienta para afrontar la enfermedad
Adaptaciones
Las adaptaciones no solo residen en el contenido, también en la forma. En un entorno donde los niños entran y salen según su estado de salud, donde las sesiones dependen de tratamientos como la quimioterapia, el reto es ofrecer materiales accesibles y realizar diversas actividades inclusivas: juegos adaptados, dinámicas compartidas, recursos pensados para todos.
Porque, como subrayan, cada niño es distinto, pero todos siguen siendo niños, dicen al unísono Sergio y Juan Luis, los dos “profes” de Martina. Y no solo para Martina y el resto de escolares: este espacio en La Paz —que se repite en otros hospitales de muchos puntos de España— es crucial para las familias, ya que supone inclusión y que los niños mantengan rutinas ligadas a su edad.
Más autonomía
Estos espacios también suponen un momento de respiro y tranquilidad, como explica Laura, la madre de Martina: “El aula hospitalaria nos da vida, es su espacio, están con sus profesores, nosotros no entramos y eso es muy importante. Allí, los niños recuperan una parcela de autonomía y normalidad que la enfermedad les arrebata fuera”.
Cada pieza de este modelo y de este proceso educativo encaja a la perfección, como podría hacerlo en cualquier colegio, siempre teniendo en cuenta la realidad en la que viven estos menores.
Actualmente, Martina ya está en casa, y acude periódicamente al hospital para seguir su tratamiento. El acompañamiento no se detiene porque el apoyo educativo y social mantiene abierto un hilo con sus profesores que se traslada también al domicilio.
En el Hospital La Paz, entre diagnósticos y terapias, las aulas hospitalarias demuestran que educar también es cuidar. Y que, incluso en los momentos más difíciles, la infancia puede abrirse paso y, por supuesto, que Martina volverá al cole de su barrio, como una alumna más. Seguro que allí siguen, en la distancia, Sergio y Juan Luis, los “profes” que no olvidará jamás.
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