Marcos Fernández García, historiador y autor del libro ‘La oscuridad de la razón’
“El monstruo ya no viene de fuera, sino de nosotros”
Esa relación íntima entre miedo, cultura y pensamiento es el eje sobre el que gira la reflexión de muchos historiadores, pero pocos la abordan con una mirada tan amplia y divulgativa como la de Marcos Fernández García, historiador cultural y autor de La oscuridad de la razón. El escritor propone en su libro un recorrido fascinante por los miedos que han marcado nuestra historia —de los mitos antiguos a los zombis contemporáneos— para demostrar que aquello que nos aterra dice mucho más de nosotros que de los monstruos que creemos temer.
Por Refugio Martínez
Marcos Fernández García defiende que los monstruos nos acompañan desde que el ser humano empezó a hacerse preguntas sobre el mundo y sobre sí mismo. No viven en cuevas ni aparecen de noche ni son reliquias del ayer, en realidad siguen aquí. Cambian las formas, los nombres o los contextos históricos, pero la necesidad de dar sentido al miedo permanece intacta.
El autor de La oscuridad de la razón es historiador y divulgador. Su trabajo se mueve entre la evolución cultural, la antropología del miedo y el análisis de cómo las sociedades construyen relatos para explicar lo que no entienden o no quieren mirar de frente. Para ensamblar siglos de ejemplos históricos, mitos, monstruos y episodios políticos para lanzar una idea incómoda: el miedo no desaparece; se transforma.
Mitos y monstruos
Desde las primeras civilizaciones, los mitos surgieron como una forma de explicar un mundo hostil e imprevisible. Las tormentas no eran simples fenómenos meteorológicos, sino la manifestación de dioses airados; las hambrunas, un castigo divino; las epidemias, la prueba de una ruptura del orden moral.
En la antigua Grecia, Zeus lanzaba rayos desde el Olimpo para imponer su autoridad; en Mesopotamia, los demonios traían enfermedad y caos; y en la Edad Media, el miedo se encarnó en figuras como el diablo o las brujas. Esto es así porque allí donde faltaban herramientas científicas o políticas, el mito ofrecía una explicación y también un culpable.
“Los mitos de una sociedad explican ese mismo mundo y esa misma sociedad que los crea”, señala Fernández García. No se trata solo de relatos fantásticos, sino de auténticos mapas mentales que revelan qué temía cada época y cómo trataba de defenderse de esas aprehensiones. Esto confirma que en ese territorio mítico ya aparece el miedo, no como un error del pensamiento, sino como una emoción estructural.
Como apunta el propio autor, “el mito no elimina el miedo, pero lo hace habitable, emocionalmente soportable”, lo ordena, lo nombra y lo encierra en una historia comprensible. De ese modo, las sociedades lograban convivir con lo inexplicable, aunque fuera al precio de construir figuras simbólicas o relatos que acababan justificando la exclusión, la persecución o incluso la violencia. Con el paso del tiempo, esos relatos simbólicos fueron dando lugar a los monstruos, un tipo de criaturas que condensan lo aberrante, lo diferente o simplemente aquello que amenaza el orden establecido.
“El miedo necesita siempre un objeto, algo a lo que poder señalar y el monstruo aparece como respuesta, como una figura tangible sobre la que proyectar la angustia colectiva y recuperar, aunque sea de forma ilusoria, una sensación de control”, explica. Por eso, gigantes, demonios, híbridos, seres deformes o marginales son los que le han puesto cuerpo al miedo a lo largo de la historia, los que han dado forma a aquello que inquieta, que debe ser señalado para poder ser combatido o eliminado.
Pero esos monstruos no siempre nacen del delirio o la superstición. A medida que las sociedades se consideran más racionales, también cambia la forma y la construcción de esos monstruos. Con el dominio de la ciencia y del método empírico, el miedo ya no se explica solo a través de mitos o criaturas fantásticas, sino que empieza a justificarse con argumentos, discursos y sistemas de pensamiento que se presentan como lógicos y necesarios.
Es ahí donde “la razón entra en escena no solo como herramienta para comprender el miedo, sino también como un instrumento capaz de organizarlo, legitimar su existencia y, en determinados contextos, darle una estructura aún más peligrosa”, advierte el escritor.
La razón frente al miedo
Tradicionalmente, se ha pensado que la razón es el antídoto frente al miedo porque permite comprender la realidad. Conocer las causas de los fenómenos naturales, racionalizar el peligro o analizar los riesgos. Ponerle lógica al miedo ha sido utilizado durante siglos como una forma de desactivar el terror a lo desconocido. Allí donde antes había dioses vengativos o fuerzas oscuras, la razón prometía orden, previsión y control. Entender era, en cierto modo, dejar de temer. Sin embargo, La oscuridad de la razón plantea una tesis más incómoda: ¿Y si la razón también pudiera generar los monstruos? ¿Y si la racionalidad, desvinculada de la ética, pudiera justificar horrores?
Ese cambio de paradigma se percibe con claridad en figuras como Frankenstein. La criatura no es malvada por naturaleza, ni actúa movida por el odio, sino por el rechazo y la incomprensión que provoca su existencia. “El verdadero monstruo no es tanto el ser creado como el sistema que lo engendra y luego lo expulsa”, expone el historiador. En ese sentido, Frankenstein inaugura una nueva forma de monstruosidad, la que nace del conocimiento científico, del progreso técnico y de la racionalidad aplicada sin reflexión moral. El monstruo ya no encarna el miedo a lo desconocido, sino el temor a reconocernos a nosotros mismos en aquello que hemos sido capaces de crear.
Ciencia y horror
El siglo XX ofrece el ejemplo más brutal de hasta qué punto la razón puede convertirse en aliada del horror. Durante la II Guerra Mundial, el exterminio de personas fue un proceso planificado, burocrático y meticulosamente organizado. El Holocausto no fue fruto del caos, sino de una maquinaria estatal sostenida por técnicos, ingenieros, médicos y científicos que pusieron sus conocimientos al servicio de la destrucción.
“La ciencia permitió la sistematización del exterminio humano de la forma más eficiente posible”, recuerda el autor del libro al referirse a este periodo. Ya no eran demonios ni dioses los que daban una explicación a la violencia: era la propia humanidad, armada de razón, la que había diseñado su forma más eficaz de matar. Y en ese contexto, el monstruo no venía del mar con forma de pez ni escamas gigantes, no se alimentaba de sangre, ni surgía de entre los muertos, lo aberrante era el ser humano.
Ahí es donde, en opinión del historiador, se produce un giro fundamental en la figura del monstruo. Durante siglos, lo monstruoso había servido para señalar a un “otro” externo: el extranjero, la hereje, el diferente, aquello que amenazaba el orden establecido. Sin embargo, “en la Edad Contemporánea —y de forma especialmente visible a partir del siglo XX— el monstruo deja de ser una figura ajena para convertirse en un reflejo inquietante de la propia sociedad que lo produce”, apunta. “El monstruo ya no viene de fuera: es una creación interna, hija de la razón moderna”.
Monstruos actuales
Este mismo esquema se repite en el siglo XX con otro tipo de monstruos, aparentemente alejados de la fantasía, como son por ejemplo los asesinos en serie. La cultura popular y mediática estadounidense en los años 60 y 70 convirtió a estos homicidas reincidentes en figuras casi míticas, en individuos monstruosos.
Sin embargo, según apunta Fernández García, “su origen no estaba en lo sobrenatural, sino en la propia estructura educacional, cultural y psicológica de una sociedad moderna”. Ahora, este monstruo racional, lejos de tranquilizar, obliga a una pregunta incómoda, si el mal no viene de fuera, sino que se fabrica dentro, ¿qué dice eso de nosotros?
Zombis postmodernos
De las grietas de la modernidad también ha surgido el zombi, reflejado en el libro como una potente metáfora de la sociedad contemporánea, marcada por el individualismo extremo, la pérdida de la comunidad y el aislamiento social.
El zombi no es el otro amenazante que viene de fuera, sino una imagen incómoda de nosotros mismos. Es una metáfora de esas multitudes que se mueven juntas, pero sin vínculo, sin proyecto común y sin empatía, impulsadas por inercias más que por decisiones conscientes. El terror que genera no proviene de su agresividad, sino de lo que revela sobre una sociedad que ha sustituido la conexión humana por la mera coexistencia.
Todos estos ejemplos de violencia moderna apuntan a una misma conclusión inquietante: el miedo ya no necesita máscaras sobrenaturales para expresarse. Cuando se combina con una razón desvinculada de la ética, puede organizarse, justificarse y normalizarse a través de leyes, discursos científicos o estructuras políticas.
La luz de la razón
El monstruo moderno no grita ni se esconde en los márgenes, sino que actúa con apariencia de lógica, eficacia y orden. Y es precisamente esa apariencia racional la que lo hace más difícil de reconocer y más peligroso. La razón, entonces, es un arma de doble filo. Puede ayudarnos a comprender el miedo… o a racionalizarlo hasta convertirlo en violencia institucionalizada.
Pese al tono crítico del libro, La oscuridad de la razón cierra con una propuesta dirigida al optimismo: la empatía como principio moral, como una forma consciente de orientar la razón hacia el bien.
“Empatizar elimina gran parte del odio y del miedo —afirma— porque obliga a reconocer al otro como un sujeto con contexto, historia y dignidad, y no como una amenaza abstracta”. Es la parte verdaderamente luminosa de la razón, aquella que no busca dominar, justificar ni excluir, sino comprender, asumir responsabilidades y hacerse cargo de las consecuencias de nuestros actos.
Si bien es cierto que la empatía no hace desaparecer el miedo —porque este forma parte de la condición humana—, sí puede impedir que se transforme en monstruo al obligarnos a reconocer al otro como un semejante y no como una amenaza. “Así puede actuar como un principio moral que orienta la razón y pone límites a su uso destructivo”, concluye.
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