X BIENAL DE ARTE MODERNO DE LA FUNDACION ONCE

Un viaje hacia lo abstracto: tres días con Miriam Garlo

“Perderse, en este taller, no es un accidente”. Esa fue a consigna con la que la artista multisensorial Miriam Garlo, participante en la X Bienal de Arte Contemporáneo de Fundación ONCE, abrió un viaje que comenzó en la figuración más concreta y terminó en el territorio libre de la abstracción. Durante tres días en La Casa Encendida, invitó a los asistentes a desaprender lo aprendido para encontrar en la incertidumbre un espacio para la creatividad. Hay una frase que podría ser el lema secreto de todo su taller: “Cuanto más perdidos estén, mucho mejor, porque es ahí donde aflora la creatividad”. 

Por Redacción

22/08/2026

El viaje empieza, paradójicamente, con una orden de vaciado: desaprender todo lo aprendido. Porque antes de pintar hay que soltar, y antes de soltar hay que entender qué llevamos encima. El aprendizaje formal —explica Garlo— arrastra estructuras de poder: una autoridad que dicta lo que está bien y lo que está mal, un objetivo técnico que no admite el fallo, unos tiempos que ignoran el ritmo de asimilación de cada persona. A eso se suma una historia del arte contada desde una mirada reduccionista que se pretende universal y que ha dejado fuera a muchas artistas cuya presencia, precisamente, la enriquecería desde la diversidad. Desaprender, entonces, no significa olvidar: significa quitarse ese peso de encima para poder mirar de nuevo.

El aprendizaje formal —explica Garlo— arrastra estructuras de poder: una autoridad que dicta lo que está bien y lo que está mal

Con esa consigna, la primera jornada se convierte en una travesía por una historia del arte contada a contracorriente. Aparece Clara Peeters, que en el siglo XVII pintaba con lo que tenía a mano, porque a las mujeres de antes nadie les regalaba un estudio. También, Hilma af Klint, preguntándole a la pintura, hacia 1906, por el sentido de la vida, de la muerte y del amor; Sonia Delaunay, Georgia O’Keeffe. Y junto a ellas, los nombres canónicos leídos con otros ojos: La duquesa fea de Quentin Massys, John Singer Sargent retratando a Monet, La lección de anatomía de Rembrandt —donde los retratados, recuerda Garlo, pagaban por aparecer en el cuadro, porque la imagen siempre fue también una cuestión de poder—. Kandinsky desenfocando el ojo hasta encontrar una paz interior, Pollock dejando que la pintura chorree, los patrones infinitos de William Morris. Y las voces de hoy: Jenny Saville, para quien todo cuerpo es legítimo y la belleza es, sencillamente, el ser humano; la poética de Myrtille Henrion-Picco; los diarios visuales de Dana James, que pinta cada día para comprenderse y busca armonía dentro de la contradicción.

Arte terapia o arte terapéutico

Pero este recorrido no pretendía ser una clase de historia del arte, y ahí está la distinción que Garlo quiso dejar clara desde el primer momento y que atravesaría todo el taller: no es lo mismo el arte terapéutico que la arteterapia. En el primero, el arte es lo importante y la terapia llega después, casi por añadidura; en la segunda, la prioridad es el acompañamiento, y el arte se convierte en herramienta y en fin al mismo tiempo. "Propongo este taller para que cada cual encuentre un espacio dentro de sí", explicaba la artista, "donde pueda relacionarse con el arte no desde lo formal, lo normativo y lo rígido, sino desde la escucha, disfrutando de la experimentación sin regla, sin dolor, sin tener que demostrar nada. Donde lo importante no sea la autoría, sino el proceso".

Si el primer día fue de la cabeza, el segundo fue del corazón. "Las pinturas afloran el sentimiento", había advertido Garlo, y la jornada se lo tomó al pie de la letra. Una de las participantes compartió la historia de una cotorra argentina que había encontrado herida y salvado, y que ahora aprende, poco a poco, a vincularse con los humanos. El grupo entero se reconoció en ese animal que se adapta, que confía, que vuelve a empezar: así vamos también las personas por la vida. Trabajar con lo vivo, con lo que respira en la sala en ese preciso instante, se reveló fundamental. Y la mancha —"jugar con jugar", en palabras de la artista— fue la puerta de entrada: cuanto más perdido esté cada cual, mejor, porque es justo ahí donde aflora la creatividad.

"Perder el miedo a exponernos y a no estar de acuerdo. No pasa nada, pero tenemos que convivir. Esto es el éxito"

Pero lo vivo incluye también el roce. En tres días —admite Garlo— pasan cosas: opiniones que molestan, incomodidades que hay que sostener. Su responsabilidad como guía, dice, es mantener el equilibrio para que una persona pueda opinar desde el respeto y otra pueda regular su malestar y entender que no es nada personal, que simplemente están construyendo en común. "Perder el miedo a exponernos y a no estar de acuerdo. No pasa nada, pero tenemos que convivir. Esto es el éxito". Nada de todo ello sería posible sin el puente silencioso que tienden Ana y Raúl Díaz-Cardiel Muñoz, hermanos e intérpretes de lengua de signos, presentes en cada sesión. La propia Garlo aprendió la lengua de signos a los treinta años, y quizá por eso entiende la comunicación como lo que es: algo que no viene dado, algo que se construye con las manos.

Cuando el taller llegó a su fin, la conversación se volvió hacia dentro, y la artista reflexionó sobre su propio tránsito hacia la abstracción. "Cuando pinto suelo ser bastante figurativa", confesó, "pero ha sido por medio de la arteterapia como he ido llegando al abstracto: desde un lugar sin juicio, saltando al vacío y disfrutando de hacer sin miedo al resultado. Al final está todo en conexión".

La comunicación es algo que no viene dado, algo que se construye con las manos

Y sobre la necesidad de desaprender, fue contundente: hay una historia del arte contada desde una mirada reduccionista que se pretende universal y que deja fuera a muchas artistas que deberían estar ahí, precisamente, para enriquecer el panorama desde la diversidad.

Esa defensa de la diversidad no es solo discurso: está pintada, o mejor dicho, fotografiada. En Huevos y lunas, la obra con la que participa en esta décima edición de la Bienal —cuyo lema es El encanto de la ilusión: un puente entre realidad y percepción—, cuatro fotografías sobre una mesa de luz despliegan una creación onírica que juega con la metáfora de la luna y el huevo: los distintos momentos del ciclo lunar generan nacimientos diferentes, que dan lugar a personas con capacidades diversas. "Nada es bueno, nada es malo, nada es mejor que otra cosa", resume Garlo. "La diversidad es una riqueza y un valor inestimable", afirma la artista.

Artista 360º: lo próximo un libro

Miriam Garlo cruza ahora ese puente en otra dirección. El 3 de septiembre publica su primera novela, un ejercicio de abstracción literaria donde lo vivido y lo imaginado se entrelazan. Un libro que nace del deseo de devolver la ayuda que a ella le dio la literatura y de ofrecer referentes a otras mujeres que, como ella, nacieron oyentes y han ido perdiendo la audición a lo largo de la vida, sin espacios ni instituciones donde nombrar lo que les pasa. "Si ayuda a alguien, genial. A mí escribirlo me ha ayudado mucho: también ha sido terapia".

Al final de la tercera jornada, el grupo sale de La Casa Encendida cruzando, sin darse cuenta, ese puente entre realidad y percepción del que habla la Bienal. Hay quien llegó buscando una técnica. Nadie se va sin haber aprendido otra cosa: que perderse, a veces, es la manera más precisa de encontrarse.

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