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De un pueblo de Soria de 60 personas al Vaticano

La hazaña del coro de Fuentearmegil

Varios vecinos de una de las zonas más despobladas de España se juntaban a cantar todas las semanas. Un día se pusieron el reto de cantar en el Vaticano. Pensaron que no lo conseguirían, pero unos meses antes de ir les invitaron a cantar en la misa dominical de la Basílica de San Pedro.

Por Daniel Alonso

08/07/2024

Eran las cuatro de la tarde de un día primaveral y el oeste de Soria estaba radiante: mucho sol, calor y un horizonte pintado con la estampa de un campo tan plano que hacía pensar en el mar cuando se mira desde la playa. Antes de llegar a Fuentearmegil había un perro marrón, grande, que estaba tumbado en medio de la carretera, como si fuera una especie de guardián encargado de proteger esos pueblos surrealistas. Había que rodearlo al pasar con el coche. Él ni se movía, y se limitaba a fijar su mirada penetrante en el conductor. Después de recorrer durante kilómetros esa planicie solitaria, en el pueblo protagonista de esta historia estaba Santos Izquierdo, cantante del coro de 67 años. Era el único habitante de este pueblo de no más de 60 personas —hay una vecina que las cuenta todas las tardes— fuera de casa en aquellos momentos. Vestía con una sudadera gris de la Università di Roma y hablaba, con voz tartamuda pero entusiasmada, de sus aventuras en esa ciudad enorme.

Con una parsimonia y un tesón similar al que mostraba aquel perro (y mucha más gracia), el coro de Fuentearmegil cantó a mediados de febrero en el altar mayor de la basílica de San Pedro, probablemente la iglesia más importante de la religión cristiana, en la Ciudad del Vaticano. Salieron en todas las noticias. “Hasta en Japón”, asegura Héctor Díez Berzosa, director del coro.

Los medios españoles y extranjeros quedaron fascinados con la hazaña heroica que llevó a cabo, sin ayuda de nadie, un variopinto grupo de canto de un pueblo perdido de la mano de Dios (ya no tanto). Una de las coristas dirá después: “Aunque seamos España vaciada, podemos llegar al Vaticano”, porque esta historia también es la de un pueblo que se rebela contra la desaparición a la que parecen condenados.

Pero, de momento, es viernes y toca ensayo. Los integrantes del coro, que ya tiene diez años de historia, se juntan en la escuela abandonada de Fuentearmegil, un edificio de cuatro paredes con sillas de colegio y una pizarra que lleva mucho tiempo sin usarse. Unos son de aquí y otros llegan en coche de los pueblos de al lado, más pequeños incluso que este. El ensayo de hoy, que dura unas dos horas, lo dedican a prepararse para el recital que van a dar en el Centro Municipal José Luis Mosquera en mayo. Desde que fueron a Italia, están cotizadísimos. Antes no habían dado casi conciertos. “El sitio más importante en el que cantamos antes fue en la iglesia de Fuentearmegil”, bromea Díez.

Este grupo de canto aficionado pasó de cantar en un pueblo soriano de 60 personas a ser invitado a actuar en el Vaticano

Estuvieron en Roma hace pocos meses, pero todavía sonríen cuando se les pregunta por aquel viaje. Contestan casi todos a la vez. “Tenía ganas de llorar de la emoción”, asegura una de las integrantes. Lucía Sierra, contralto del coro, cuenta: “Yo la emoción fue nada más pisar el Vaticano. Me entró una cosa por dentro que yo me decía, serénate que si no, no vas a poder cantar”. Luego cuentan que no solo cantaron aquella vez. “Ensayamos en todas partes”, aseguran.

Se formaban en semicírculo y se ponían a cantar: cantaron en Barajas, en el aeropuerto, después de haber hecho el check-in. Por supuesto, también en el avión. Y en Roma cantaron donde les entraba la urgencia: en una escalinata de la Plaza de España, frente a la Fontana di Trevi y hasta en la terraza de un bar. “Preparamos un jolgorio tremendo”, dicen entre risas.

Emoción vaticana

Para conseguir el permiso en la basílica mandaron cartas durante meses. Díez, que ha trabajado en un centro de educación de adultos, lleva años montando coros de este tipo por la zona. Sabía que era posible cantar en la basílica, pero normalmente lo hacían grupos grandes y consolidados. Aun así lo intentaron. Como el trámite es lento y no siempre sale bien, compraron los billetes de avión y reservaron los hoteles antes de tener la confirmación. “Empezamos a gestionarlo todo por estas fechas”, asegura, “pero no nos dijeron que podríamos cantar en la misa del domingo hasta el 15 de noviembre”. El viaje les costó unos 500 euros a cada uno, que se pagaron de su propio bolsillo.

Despoblación

Aunque han puesto el nombre de Fuentearmegil y de Soria en los medios de comunicación más importantes, no les ha contactado nadie de la administración. Luchan contra la despoblación y la desesperanza a base de cantar, y eso han venido a hacer, así que empiezan con un pequeño y divertido calentamiento. Respiran hondo, levantan los brazos, bajan los brazos, alguno bosteza. “Venga, ahora soltamos esos hombros”, indica Díez, y empiezan a moverse como espaguetis.

Luego mueven un poco las caderas en círculos, hacen ejercicios con la boca. “Venga movemos la lengua, masticando, masticando, dientes arriba, dientes abajo”, manda el director. Luego suena al unísono un 'prrrr' para relajar los músculos bucales. Se acabo, dejan el círculo en el que estaban, se forman en semicírculo, con los hombres atrás, y empiezan a cantar con el entusiasmo de unos niños en la escuela abandonada de Fuentearmegil.

Su actuación en la Santa Sede ha servido para ubicar Fuentearmegil en todo el mundo

Soria, con 8,6 habitantes por kilómetro cuadrados, es la provincia más despoblada de España y del sur de Europa. Este fue uno de los motivos por los que Europa les considera un “desierto demográfico”, una palabra llena de desesperanza. Casi parece que aquí no vive nadie, un desierto.

Vanessa García, del partido político Soria YA, nacido de la frustración con la administración central por la falta de medidas para frenar la despoblación que ha sufrido esta parte de España, asegura que se podrían hacer más cosas. “Soria tiene muchísimas posibilidades. A veces nos acusan de llorones, pero no es así, nosotros solo reclamamos aquello de lo que nos han privado”.

Torrente de voz

El coro está compuesto de auténticos personajes sacados de lo más profundo de la España Vaciada. “No te distraigas, Santos”, dice Díez a uno de los integrantes del coro mientras ensayan. “En cuanto me dejas de mirar te distraes”. Luego recupera el temple y vuelve a emitir esa voz profunda y alargada que parece salir de sus entrañas. Cuando está nervioso se traba mucho con las palabras, pero al cantar, ya sea en esta escuelita de Fuentearmegil o en la basílica de San Pedro, su voz sale como un torrente de agua que baja con fuerza del monte, y no hay quien le pare. “Fue impresionante”, asegura con una sonrisa enorme cuando se le pregunta por el viaje.

El coro es su herramienta contra la desesperanza y la despoblación de Soria

Otro de los integrantes, Rufino García, de 80 años, un señor viejo y delgado, pero con el alma joven, se acerca al periodista y le confiesa: “Es intransmisible con palabras lo que experimentamos allí. Fue un arrobamiento, un éxtasis absoluto”. Luego cuenta historias del viaje, de cuando terminaron de cantar en la basílica y se fueron a tomar una cerveza. Hubo una chica griega que se acercó a ellos y les preguntó si eran los que habían cantado en la misa.

“Sí, le dijimos. Y ella dijo que habían estado llorando ella y su madre de lo emocionante que fue. Fíjate, por la razón que fuera, se emocionó”. En el mismo bar, cuenta Rufino, su amigo Izquierdo se puso a cantar Bella Ciao, la mítica canción italiana de la revolución. “Se puso un italiano a cantar con nosotros. Y ahí nos pusimos todos a cantar. Fue muy emocionante”.

 

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